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Barbera y la pelota

Se agolpan los recuerdos de niñez y juventud. El más popular, en las Minas de Matahambre, fue Manuel Pérez Barrios, quien hace años dijo adiós de entre los vivos por cuenta propia. Conspicuo, determinado y a veces tierno, dependía de cómo tuviera el día. Nadie, ni de su propia familia, lo recuerda por el nombre; fue y es Barbera. Lo buscábamos frente al cine, en el parque o cerca del antiguo cuartel. Los guardias batistianos jugaban con él y alguna que otra vez hasta le dieron inmerecidos castigos, como aquella tarde en la Comisaría, cuando chapeaba el patio y, a los gritos de dolor, salió al rescate de un revolucionario: “Dejen a ese hombre, el que puso la bomba fui yo”. Otras le llenaban el estómago con bistecs; desmayos por susto de tripas. Sus cabales no siempre estuvieron bien. Frente al cine narraba películas del oeste, mejor que verlas en la pantalla. Luis Mayor, el dueño, le dio vía libre, porque la gente no entraba por verlo a él actuar. En la instalación seguía haciéndolo cual John Wayne, Burt Lancaster o Gary Cooper. Con voz de trueno disparaba cuanto tiro cabía en un revólver y mataba ni se sabe cuánta gente, la mayoría indios. Se ponía a vender postales y cerámicas de santos: “Compre, compre su virgencita, dicen que hace milagros. A mí no me ha hecho ninguno y ando con el fondillo ‘repela'o’, pero cómprela, que quizás tenga más suerte...”. Un día se le cayeron por no se sabe qué diablura. Todos, menos San Lázaro, se destrozaron. Mirada penetrante: “Y tú que miras, cojo...”. Lo lanzó tan lejos como pudo su poderoso brazo. Así fue, impredecible, genuino. Cuando comenzaron las escaseces criticó a su manera. Gritaba y cantaba a viva voz: “Esto sí es pan, no la mierda aquella que hacían los americanos, que me embarraba la camisa...”. Iba con el suyo bajo el brazo, sudado y dándole mordidas. No lo recuerdo mucho de la pelota. Algunas veces lo vi sentado en las gradas con la camisa abierta, en silencio o al costado de la cafetería. Dejaba el show para los peloteros; competencia demasiado dura. Lo suyo iba después, con mezcla de jugadores de todos los confines para utilizar sus favoritos. Imaginación neorrealista y mágica, al estilo de García Márquez, lo mismo ponía a Mickey Mantle en el terreno de las Minas, que a René Melo en el Yankee Stadium. Una mañana, Alias Barbera y Pantaleón, como se autoproclamaba, plantó con micrófono imaginario en mano e imitó a Bobby Salamanca: “Noveno inning, Florentino está encendido, nadie le ha sacado la bola del cuadro, va a dar un juego perfecto contra Camagüey. Rolling por tercera, acepta José Shueg, tira a primera y out”. Acto seguido: “Strike, strike y strike, ponchado, out 26. Al bate Miguel Cuevas, el gran jonronero...”. Hizo silencio, pensó más de una vez lo que iba a narrar y tras la penosa situación, decidió por el ídolo. “Se impulsa Florentino, ahí viene el lanzamiento. Cuevas le tira y da un gran batazo, la bola se va elevando y la bola se fue de jonrón. Adiós Lolita de mi vida, se fue a bolina el papalote. Ganó Camagüey una por cero”. Dilema mayor decidir por el agramontino, pero no tuvo otra opción. Nunca más los enfrentó. Cuando a Florentino González le hicieron el cuento, rió a carcajadas. “Ése es Barbera”, sentenció. Otro de sus grandes fue Raúl Martínez. Frente al cine se enfrascó Alias Barbera y Pan-taleón, “el hombre por el que Nixon daba más de 100 americanos rubios, fuertes y jóvenes a Cuba y no lo cambiaban, porque era imprescindible”, en un partido de leyenda: Cuba–Estados Unidos. Las cosas no iban bien para la Isla. Se decidía un Mundial. “Noveno inning, dos outs. Línea de hit al jardín derecho. Viene el segundo hombre en turno, gana Cuba por la mínima. Se impulsa Vinent, el hombre hace swing y la pelota se mete en el right field. Tocan la bola y el pitcher se enreda. Bases llenas. Entra Servio Borges, le pide la pelota y trae a Raúl Martínez”. Se le acercó un funcionario, y con semblante serio jaraneó: “Yo voy a ver cómo tú resuelves esto, porque Cuba no puede perder con los americanos”. Alto y fuerte como el roble, con cejas mirando al sudeste, continuó: “Se impulsa Raúl, bola bajita. Ahí viene el segundo lanzamiento, strike, se lo dejó cantar. Otra bola y otra. El mánager vuelve al box, pelea con Raúl. Hace el wind up y Ted Williams conecta un batazo largo que se va, que no se va”. Miró fijo al funcionario y concluyó: “Salta Tomás Valido sobre la cerca y atrapó la pelota con una jugada sensacional, anótenla con doble signos de admiración. ¡Cuba Campeón Mundial!...”. Algunos le dijeron cobarde, otros lo animaron. Solo respondió que su vecino Raúl Martínez no podía perder contra los yanquis. Ahí radicó el aporte fantástico. Ni Ted Williams, ni Raúl ni Valido estuvieron en encuentros Cuba-USA, ni decidieron contra los americanos. Había que ganar aquel juego y tenía que ser su héroe dominical. Hoy se yergue una foto de Barbera frente a la iglesia del pueblo. Bonito homenaje a quien tantos ratos felices nos ofreció.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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