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Ernestito
Por
Anyce Figueroa Oñate
En
Argentina los sectores del nacionalismo derechista lo han visto
como un caballero rezagado del siglo XIX. La ancha zona del liberalismo
sostiene que era un romántico. Los que practican la filosofía tecnológica
lo interpretan como un empecinado que no supo entender las bondades
del desarrollo. Pero ninguno de ellos ha dicho que la palabra che,
un vocativo familiar algo prestigioso, hizo una consigna decisiva para América Latina, que con su vida instauró un modelo inédito
como conjuro de la miseria y la humillación.
Refiriéndose
a este apodo el propio Guevara diría: "Para mí Che significa
lo más importante, lo más querido de mi propia vida. ¿Cómo podría
no gustarme? Todo lo anterior, el nombre y el apellido, son cosas
pequeñas, personales, insignificantes. Por el contrario, me gusta
mucho que me digan Che".
No
obstante a lo que él diga, desde antes de ser Che, cuando todavía
era apenas Ernestito, ya el niño tenía dentro de sí en embrión el
heroico guerrillero que sería y no perdió oportunidad de mostrar
a todos su solidaridad y humanismo inmenso, así como su temple de
acero.
La
intransigencia revolucionaria y la perseverancia parecieran haber
existido desde siempre en él. En una ocasión su madre le envío a
casa de la abuela a buscar mate. Como en el camino había una zanja
y ya de vuelta traía las manos ocupadas, cayó al no poder impulsarse.
El suceso causó risa en los familiares, pero Ernestito serio se
puso de pie, y fue a buscar mate una y otra vez en los día que siguieron
hasta que logró saltar la zanjita sin caer.
Una
tarde su abuela anunció una sorpresa para la comida que resultó
ser unos pichones de paloma, los mismos que Ernestito y su hermana
habían secretamente alimentado y cuidado. Con los lagrimones asomando
al rostro dijo "pobrecitas las palomas" y se negó a comer.
Tenía
problemas de salud, pero nunca fueron limitaciones. A lo largo de
su vida la perseverancia pudo más que el asma. Cuando de joven el
profesor de educación física no quiso integrarlo al equipo de baloncesto,
argumentando que su salud no le permitía realizar algunas actividades;
Ernesto pidió que lo pusiera a prueba. El profesor seguro de haber
encontrado un obstáculo bien difícil de
vencer, le amarró las manos y le puso una silla delante para
que él saltara sobre ella, si podía. Guevara haciendo uso de su
fuerza de voluntad, saltó de un lado a otro de la silla, aunque
su caída fue bastante mala, se puso de pie y volvió a saltar, esto
lo hizo hasta que el profesor preocupado, y a la vez impresionado
por semejante actitud, le pidió que parara dándole la bienvenida
al equipo.
De
esta forma creció Ernestito que más tarde desenvocó en el ejemplo
de hombre nuevo, quien desde antes de conocer a Martí, parecía ya
tener la frente plena de estrellas insurrectas martianas.
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