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En
Cuba hay muchos Che
Por:
Ana María Sabat González
Hoy
estoy leyendo anécdotas de su vida y cada día estoy más segura de que hombres
como él nunca mueren.
Es
un libro para niños, para que conozcan quién en realidad fue el que todos conocemos
con solo mencionar una sílaba: Che. Y sin embargo he aprendido cosas que parecen
insignificantes, pero no lo son.
El
humanismo, la caballerosidad, le vinieron desde la niñez, cuando allá en al
patio de Villa Nidia se reunían los amiguitos y amiguitas y Ernestito, como
le decían, no dejaba que maltrataran a las hembras. Esta era una ley. Tal vez
la antecesora de tantas justas que él quiso para los pueblos de América.
Aprendió
con la abuela Ana a ser laborioso y lo ponía de manifiesto cuando la ayudaba
a hacer las grandes cantidades de dulces de manzanas o duraznos, que hacía para
toda la familia.
Hoy
lo estoy viendo en una foto, tan pequeño y con una mirada inteligentísima, y
me lo imagino con toda la familia en casa de la abuela Ana, donde se llenaban
los once dormitorios del hogar. Así, en este ambiente aprendió el niño y más
tarde el joven Ernesto a amar la tierra.
Por
eso en estas anécdotas afirman que años más tarde cuando el
Comandante Guevara se encontraba cortando cañas un domingo en la mañana
y el polvo de la paja, la tierra le habían hecho daño a su salud, pues padecía
de asma, no dejaba de trabajar.
Cuando
concluyó, soltó despacio la mocha, "la camisa de guerrillero está empapada,
por debajo de la boina negra sale el sudor. En su boca, en sus ojos, en toda
su cara, una sonrisa grande dice a todos que se siente satisfecho. Seguramente,
antes de tomar agua, antes de utilizar la medicina que siempre tiene que llevar
consigo , recuerda a abuela Ana y parte de su sonrisa es para ella."
A
trabajar aprendió temprano y a odiar la injusticia también. Pidió permiso a
su padre, para él y su hermano Roberto cosechar uvas y les pagaban 40 centavos
al día. Habían laborado varias jornadas cuando Ernesto se enfermó y tuvieron
que abandonar el empeño. El dueño solo les pagó la mitad y esto provocó su genio,
su ira. Muy pronto conoció de lo que es capaz un explotador.
Corría
el año 1936, fecha en que comenzó la guerra española y la familia Guevara se
solidarizó con el pueblo y Ernestico también. Por aquellos días en el patio
de la Villa Nidia se dejó de jugar a la rayuela, a los cocinaditos, al fútbol...el
niño había inventado un juego que casi no lo era.
Se
dedicaron a abrir trincheras y los gritos que se oían eran bien serios! Adelante,
milicianos! !Viva la República Española! Avanzaban de trinchera en trinchera,
los niños pensaban que estaban allí, junto a los guerrilleros de verdad y tal
vez ese fue el antecedente del afán del Che de luchar para que todos los pueblos
de su América fueran libres.
Lo
miro pequeño y lo veo en cada uno de nuestros niños que han aprendido a amarlo.
En Cuba hay muchos Che.
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