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Camilo
Por donde pasó el de
la sonrisa amplia
Por Daima Cardoso
Valdés
Cuando se cuenta la historia
de la Revolución Cubana indiscutiblemente hay que referirse a la eminencia gris
del proceso revolucionario en su última etapa. ¿Quién adquirió tal definición
y en qué condiciones podemos sustentar lo anterior?
Hablando en términos psicológicos
es aquella persona en la que el líder se apoya buscando consenso.
Vendrás del sol. Y en la
brisa al ir del trueno a las rosas, un vuelo de mariposas evocará tu sonrisa
En el contexto cubano es Camilo
Cienfuegos la eminencia gris. Vale la pena recordar el 8 de enero de 1959 cuando
el Ejército Rebelde, comandado por Fidel Castro, entraba en La Habana. Era el
octavo día de victoria.
Ese día Fidel le habló al pueblo
en el polígono del campamento militar de Columbia. La pequeña tribuna se estremecía
al clamor de las masas. Una paloma se posó en el hombro del jefe revolucionario
acentuando su leyenda de paz.
Su
discurso fue extenso. Los aplausos perennes. Esbozó la injusticia de siglos,
la sangre derramada y el futuro a forjar en la nueva Patria. En una pausa, le
pregunta:
-
¡¿ Voy bien, Camilo?!...
Y la pregunta, corta, se quedó
en la historia. Fidel se afirmaba en Camilo para saber cómo marchaba su oratoria.
Si brújula de tu pecho
para mis pasos tuviera, por los caminos que fui, por esos mismos volviera.
¿Quién era este hombre que
significa tanto para los cubanos?
¿Qué vínculos lo unían con
el Che?
¿Cómo era su amistad con el
Guerrillero Heroico?
Camilo procede de los estratos
más humildes de la nación cubana, tuvo que trabajar para ganarse el pan para
vivir. Se enroló directamente con el Movimiento 26 de Julio y fue el último
expedicionario del Yate Granma.
Sentía una gran admiración
por Martí y no pocas fueron las veces que llevó a sus soldados a Dos Ríos para
rendirle homenaje.
Entre Camilo y Che surgió una
amistad que con el paso del tiempo llegó a convertirse en epopeya.
Se hacían bromas y se "tomaban
el pelo" entre ellos. Lograron una identificación plena que era imposible
separarlos.
Luchó como cuando
niño atacaba a los gigantes con la escopeta de palo.
Muchas son las anécdotas que
reflejan el nivel de amistad que se profesaban:
En cierta ocasión el Che sorprendió
a Camilo durmiendo a pierna suelta y sospechando que fuera un enemigo, lo despertó
a punta de fusil. Un tiempo después, el Che salió imprudentemente del campamento
a explorar el terreno, regresó por un claro del bosque frente a la posición
de Camilo y con un casco militar puesto.
Camilo cogió el fusil de un
compañero y le mandó rápido el primer fogonazo, sobre todo para dar la alarma.
El Che tuvo que sacar un pañuelo
blanco y gritar que no disparara.
Luego, riéndose, Camilo le
decía:
"¡Cabrón! Tú me cogiste
prisionero dormido, pero yo te obligué a rendirte".
Si Prometeo se robó
el fuego para dárselo al hombre, Camilo se robó su propio nombre para dárselo
a la Revolución.
Su imaginación era fructífera
y se le ocurrían juicios muy bonitos. Cuando la reacción trató de enfrentar
a los cristianos y revolucionarios, tuvo una idea original. Al cura Sardiñas,
que había estado alzado con los revolucionarios, lo vistió con una sotana verde
olivo y estrellas de comandante de la Revolución.
Era un cura de la estirpe de
Hidalgo y Morelos. El padre Sardiñas llevó con mucha dignidad hasta el fin de
sus días aquella sotana verde olivo, símbolo de nuestro pueblo uniformado.
Camilo y Che se cruzaban bromas
de manera continua. Hubo un día en que el Che se cayó de la hamaca y dio cuatro
vueltas de carnera loma abajo. Cuando vio a Camilo riéndose se dio cuenta que
le había zafado la soga. Buscó el desquite. Una noche le fue a zafar la soga
de la hamaca y no pudo desenredar el nudo gordiano que hacía Camilo, perdió
la paciencia y le cortó la soga con el cuchillo.
Camilo era así: bromista, pero
responsable; cumplía con su deber y sabía tomar partido por la justicia.
Jamás fue dueño de
su sonrisa, nunca se cansó de repartirla.
Se cuenta que el Che castigaba,
pero lo hacía con justeza. No dictaba sanción sin antes averiguar para no cometer
una injusticia.
Una vez Camilo le manda a un
muchacho carne de gato pero el que se la lleva parece que temía que no se lo
comiera, y le dijo que era jutía.
Cuando regresa, Camilo le pregunta
que si le había gustado el gato. "¿Gato?", dice el muchacho. "¿No
era jutía?". Talvés la cosa se hubiese quedado así, pero estaba el Che
y dice: "¿Metiendo mentiras?" "Póngale un día de castigo por
no decir la verdad".
Otra anécdota es: El Che visitaba
la zona de Yaguajay para discutir con Camilo los pasos a seguir. La presencia
del guerrillero argentino provocó la lógica curiosidad y muchos pobladores del
lugar se acercaron para verlo; se asomaban por todos lados.
En medio de la conversación,
antes de iniciar la reunión que sería privada, Camilo, al notar la curiosidad
de los campesinos, le comentó al Che:
-
Ya sé a lo que me voy a dedicar cuando triunfemos. Te voy a meter en
una jaulita y recorrer el país cobrando cinco kilos la entrada para verte. ¡Me
hago rico!.
Era un hombre que parecía trivial
pero en la inmediatez del relámpago siempre entregaba- dijo Efigenio Ameijeiras-
su héroe humano.
Para Vilma Espín era la historia
pura. Solo hay que leer su nombre: Camilo Cienfuegos. Fue un héroe de cien fuegos.
Buscó el horizonte
en el ánima del fusil, el beso en los ojos de las mujeres, como el que va a
morir temprano.
Cuando el desleal Hubert Matos
atentó contra la Revolución y hubo de frenársele, hasta allá fue Camilo y sin
armas en las manos detuvo al traidor. Habló al pueblo. De regreso a la capital
del país, su avión desapareció y nos vimos privados de la sonrisa amplia, del
sombrero alón, de un hombre que salió del pueblo. Pero como dijo Fidel: "En
el pueblo hay muchos Camilo".
Cuando
los traidores entraron en el templo, parsimonioso entre los conjurados sacudió
el polvo de los fusiles.
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