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Amigos
de corazón
Por
Ana María Sabat González
La
amistad es un sentimiento que todo hombre honesto debe honrar y venerar. Por
eso es tan normal que entre dos personas como Camilo y Che haya brotado, cual
manantial, un afecto tan sincero.
Cuentan
que Che era muy serio y que Camilo solía hacerle bromas, y que aunque aparentemente
refunfuñaba, nunca, nunca, se puso bravo.
Pero
esta amistad surgió de corazones iguales. Aún en escenarios diferentes y siendo
aún niños, Che y Camilo comenzaron a luchar por un mismo ideal: La independencia
de España.
Mientras
en Argentina, - año 1936- en el
patio de la Villa Nidia, el pequeño Ernesto de solo ocho años, había inventado
un juego en el que él y sus amigos abrían trincheras y gritaban a toda voz:
¡Adelante milicianos! ¡Viva la República Española!; en Cuba, Camilo,
más joven aún, recorría las calles de San Francisco, en La Habana, pidiendo
dinero y ropas para mandar a los niños españoles.
Tenían
que amarse y ser grandes amigos, uno y otro aprendieron de sus padres, Emilia
y Ramón, Celia y Ernesto, que las causas justas se defienden hasta el final
y que los verdaderos amigos se siembran y se cultivan.
Su
amistad nació, como puede hacerlo otra cualquiera, solo que esta resultó duradera
y se consolidó más aún en la lucha de guerrilla y con el respeto mutuo que ambos
sentían por el otro.
Cuenta
el Che que en los primeros años de la lucha en Cuba, él había perdido su mochila,
solo pudo salvar la frazada y que era ley no escrita en la guerrilla que el
que extraviara sus pertenencias debía arreglárselas como pudiera.
Al
llegar la noche y al ver Camilo que Che no tenía nada que comer compartió su
única lata de leche entre los dos. De este gesto de camaradería y desprendimiento
nació una amistad que duró aún después de la muerte.
Ambos
con epítetos que los inmortaliza, el Guerrillero Heroico y el Héroe de Yaguajay,
son un ejemplo para el mundo no solo de revolucionarios intachables, sino de
lealtad, fidelidad y de hermandad.
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