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Un
negro amarillo en la guerrilla del Che
Por
Zenia Regalado / Fotos Daniel Mitjáns
Participó
en la guerrilla del Che en el Congo, pero aún Arsenio Fuentes González
(Pepe) no ha interiorizado que fue un héroe.
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| Arsenio
Fuentes González (Pepe)
es actualmente
miembro de la CPA (Cooperativa de Producción Agropecuaria)
Leoncio Sánchez. El Che le dijo que guardara el secreto de
aquella misión y así lo hizo hasta hace poco. |
Asume
la vida de una forma casi silvestre
a 13 kilómetros de La Palma, en un lugar que se llama Tortugas,
sitio al que por poco no podemos llegar después de las fuertes lluvias
que aquella tarde convirtieron el camino en un lodazal rojizo sobre
el cual el jeep del periódico danzaba amenazando
con volcarse.
Bajo
el agua preguntamos por él
en la bodega. “Ahora mismo salió de aquí para su casa. Fue
a soltar el caballo”, nos dijeron.
Y
comenzó el susto por aquel camino que se precipitaba en toda suerte
de lagunas. Mirábamos al cielo con la esperanza de que dejara de
llover, pero nada, las nubes dejaban caer su carga acumulada durante
días.
Al
fin llegamos a la humildísima casita de madera y guano. Pepe salió
echando humo con su tabaco y un sombrero en la mano. Después de
las presentaciones preguntó con aire de misterio al compañero de
la Asociación de Combatientes: ¿Puedo hablar?
“Sí,
desde luego, de todas estas cosas se han publicado libros. Ellos
vienen a saber de tus experiencias en la guerrilla porque se enteraron
que eres un “palo periodístico”, que nadie te ha entrevistado”,
le dijo el funcionario.
“Bueno,
si usted lo dice...”
Se
sentó en un viejo sillón de madera y se dispuso a contestar nuestras
preguntas.
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¿Cómo entró usted a la guerrilla del Che?
“Aquí
en Tortugas se hicieron las captaciones pa´ la Asociación de Jóvenes
Rebeldes. Vinieron un buen día a la bodega y hablaron y yo me incorporé.
“Hicieron
una columna con nosotros y estuvimos movilizados aquí en Pinar y
en Minas del Frío. Después estuve en la lucha contra bandidos y
en La Mulata, en la captura
de aquel alzao´ que se llamaba Cara Linda.
“Estaba
movilizado en el campamento de Managua, en La Habana, y el teniente
seleccionó los mejores soldados de su unidad. Éramos cuatro negros
prietos, yo era uno de los más amarillos y eso no estaba a mi favor.
“Después
Fidel en las lomas de Soroa dijo: ‘pero yo mandé a buscar negros
prietos y éste es amarillo’.
“Pasamos
una escuela para hablar lengua congo. Todos éramos negros. Los únicos
blancos eran el Che y el médico.
“Estuvimos
como cuatro meses entrenando en las lomas de Soroa, dimos tremendas
caminatas. Fidel fue un día a ver cómo estaba la cosa, y cuando
le explicaron cómo nos preparábamos en aquellas largas jornadas
exclamó : ‘el que quede después de esto queda loco’. Más tarde fuimos
para Minas del Frío.
“El
Comandante explicó todo: ‘No se sabe si alguno de ustedes regrese,
puede que ninguno lo haga porque es una misión muy riesgosa. Piénsenlo
bien’’’, nos dijo.
“
Con 22 ó 23 años lo pensé porque tenía una noviecita, pero me decidí
y partí. Caí en un grupo de ocho del que yo era el jefe porque era
sargento cuando aquello. Un buen día llegó un compañero que nos
llevó a arrreglarnos los dientes, y nos volvió a decir: ‘ustedes
no van a virar’.
“Partimos
como estudiantes, con traje y sombrero de paño. Estábamos muy elegantes.
Un capitán me dijo que yo volaría de Cuba a la
ex Unión Soviética, después al Cairo y de allí a Tanzania.
Otros se fueron en barco.
“Al
llegar a Tanzania nos vestimos de verde olivo y nos dieron cien
dólares a cada uno y Víctor Dreke nos dijo que el Che ya estaba
en el Congo, allí nos esperaba junto a Kabila que era el jefe de
los congoleses.
“El
Che nos pidió que le diéramos una muda de ropa a los congoleses
y nos quedamos con la que llevábamos puesta. Días después nos enviaron
otra”.
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¿Usted participó en combates?
“En
varios, entre ellos el de Katenga, en el que nos mataron a varios
compañeros.
“El
Che nos daba clases de lucha guerrillera y nos decía que en el combate
no nos podíamos apurar,
que la calma era fundamental. Nos habían matado al teniente Ballester
y al capitán Binajera”.
·
¿No sentía miedo?
“No,
no tenía miedo a morirme. Cuando empezaba el tiroteo me decía: hay
que fajarse, me jodí y pal´carajo. El Che estaba loco por ser el
primero en tirar, pero la escolta no lo dejaba, él tenía que cuidarse,
era el cerebro.
·
¿Cómo era la vida en aquella selva?
“Dormíamos
en hamacas en los palos evitando a las serpientes. También usábamos
botas altas. Una vez me
pasó una muy cerca y mordió a un cabo al que hubo que traer para
Cuba porque se puso muy enfermo, parecía un monstruo.
·
¿Y el Che?
“Pedía
disciplina, pero era muy humano. Una vez me cogió a mí y a otro
de Camagüey que lo vigilábamos cuando él botaba un cabo. Nos llamó,
cogió un tabaco y lo partió en dos. Todos recibíamos tres tabacos,
pero él los ahorraba más que nadie, los apagaba y los enganchaba
en los palos.
“Una
vez vimos un elefante y le dieron 20 tiros de fusil;
no tiré ninguno, pero sí comí. Había dos cocineros cubanos
y dos del Congo, y estos últimos le echaron al Che tres pedazos
y dos a Kabila.¡Cómo se puso de bravo por aquella diferencia!, y
no quiso la carne de más.
“Cuando
le daba el asma se echaba hasta cinco días así, por eso andaba con
su chupetica. Allá, que yo sepa, le dio unas cuatro veces, y había
que rodear la cueva porque se quedaba como muerto.
·
¿Se arrepiente de haber ido a aquella misión que encontró
en el Congo diferencias tribales y falta de formación ideológica?
“No
me arrepiento de nada, fue una misión junto al Che que cumplí con
mucho orgullo y si tuviera que ir a otra en los tiempos actuales,
también lo haría. Vi lo mal que vivían allí las gentes. Las jovencitas
se ponían sayas con hojitas de yuca, las ensartaban con hilo y les
duraban tres días y cuando se secaban
se les caían.
“Una
vez el Che nos dijo: ustedes ven a esas mujeres que andan sin ropa
a la vista de todos, cuidado con ellas porque el prestigio de Cuba
nada lo puede manchar”, recuerda mientras sus ojos se pierden en
un punto indefinido.
En
el aniversario 35 del regreso de aquellos combatientes que cumplieron
misión en el Congo, Raúl y Harry
Villegas se reunieron con ellos, pero a Arsenio ( el negro
amarillo) no pudieron localizarlo a tiempo, pero los dos luchadores
le enviaron el libro “Pasajes de la guerra revolucionaria. Diario
del Che en el Congo”, título que se encuentra también en la biblioteca provincial Ramón González Coro.
La
dedicatoria del libro de Arsenio dice: “Ustedes con su participación
con el Che en El Congo Leopoldville e integrando el batallón
Patricio Lumumba fueron pioneros en esta grandiosa gesta que expresó
desprendimiento y espíritu de solidaridad y un alto sentimiento
de identificación con las grandes masas oprimidas del mundo”.
Este
batallón de revolucionarios llegó al Congo después del asesinato
del presidente Lumumba, para ayudar a Kabila y a otros dirigentes
del movimiento de liberación africana que combatían al dictador
impuesto por las potencias coloniales.
“El
presidente de Tanzania - recuerda Arsenio- cuando se decidió que
regresaríamos a Cuba, nos envió dos lanchas para salir en el primer
tramo de allá. El Che se paró en la popa de una lancha, yo venía
en la otra, y nos dijo: Me despido porque no puedo ir con ustedes,
quizás nos veamos en otra lucha. Y no lo volví a ver jamás”.
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¿ Se acuerda de la noticia de su muerte?
“!Como
no, me dio mucha tristeza. Me habían puesto como nombre congo Karatase
y siempre me acuerdo de su voz cuando me llamaba ¡Karatase!, ¡ Karatase!...
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