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 Fidel y “Alberto”  Fidel siempre  A él le debemos la Educación

“Un Dios comunista”

Foto: Pedro Paredes Hernández

Yo nací en marzo del ‘34, saque cuenta, ya tengo 83 años, vivíamos en El Abra, por atrás del valle Ancón y desde chiquitica empecé a trabajar, mudando animales, sembrando viandas, ayudando a mi mamá en la cocina. Tenía que subirme a un banquito porque no alcanzaba y era un fogón de leña”.

Así recuerda Alejandrina Marrero Hernández su infancia, que terminó temprano, pues sin cumplir los 15 ya se “había ido” con Guillermo Amador Pajón, “antes de los 20 ya tenía cuatro muchachos, así era entonces”. Carencias, miserias y desolación se entretejen en las anécdotas, y a la mirada de sus claros ojos, vuelve el dolor. No olvida que los escasos alimentos muchas veces los comieron sin sal; las vejaciones al esposo cuando tenía que ir por un anticipo a casa del dueño de la tierra, soportando hasta las burlas del hijo del propietario, tragándose la dignidad ante la acuciante urgencia de llevar pan a los suyos; niños que no tuvieron pañales y para quienes los culeros fueron patas de pantalones viejos. “La ropa de los muchachos nos la regalaban familiares de Guillermo que vivían en La Habana”. Fue una de esas parientas quien le habló de un hombre que andaba por el monte, allá en Oriente, vestido de verde olivo, no le dio detalles. Tampoco lo hizo el cónyuge, que algunas noches salía con uno de sus hermanos y regresaba tarde en la madrugada, ella los suponía en asuntos de mujeres y hacía reclamos, ahora sabe que formaban parte de los que luchaban en la clandestinidad. En 1959 estuvo entre los curiosos que se arremolinaban alrededor del legendario combatiente cuando visitó el valle Ancón, ya conocía su nombre: Fidel Castro Ruz. “Fidel es como un hijo, un padre, un hermano para los pobres, nos dio todo a los que no teníamos nada”. Entre las riquezas que recibió y tiene en alta estima figura la alfabetización,”no aprendí mucho, había que cuidar a los hijos, pero nos mandaron los maestros a la casa, puedo leer el periódico, pero escribir corrido solo mi firma”. Eso sí, poco tiempo después tomó el beneficio de la escuela en la comunidad, para que su prole se adentrara en el camino del conocimiento y ella encontró ahí su primer empleo, como auxiliar de limpieza; también recogía café en el horario del mediodía e incrementaba los ingresos de la familia. “Con ese dinerito podíamos ir a la tienda y comprar las cosas que traían, comida, ropa, zapatos, ya los muchachos no andaban descalzos”. Como algo especial recuerda cuando les distribuyeron arroz con cáscara, desprecia el esfuerzo que conllevaba limpiarlo porque durante mucho tiempo ese alimento lo consideraron un lujo. “Fidel triunfó y entonces nos dijo luchen ustedes, y eso fue lo que hicimos, al menos en valle Ancón, donde la gente empezó a trabajar. Para mí, él es un Dios”. Al preguntarle sobre las razones para considerarle un ser divino, no titubea: “Fue un Dios que bajó, cambió todo por completo, nos dio creencias, le teníamos fe, hay que ver todos los discursos que él daba y cómo después las cosas pasaban tal y como decía que iban a ser, era un Dios comunista”. Las carestías materiales palidecen ante los rigores de pérdidas mayores: tres de sus 10 hijos ya fallecieron, ese es un dolor grande que apenas le cabe en el pecho, pero ni las penas ni las derrotas ni los achaques que la menguada salud van mellando el cuerpo, han logrado marchitarle la dulzura y menos la fuerza. Esa que usa para sembrar en los jóvenes la admiración por Fidel: “Yo se los digo, que aunque se haya muerto está con nosotros, hay que seguir lo que él hizo, porque ahora mismo yo me siento que soy millonaria. Es verdad que a veces nos faltan algunas cosas, pero nunca como antes”. Y contrae la comisura de los labios en un gesto donde se adivina un intento de olvidar, se inclina en el sillón y sostiene con fuerza la taza de café vacía, ya bebió el líquido humeante que ella misma preparó en una cafetera eléctrica que asegura también le agradece a Fidel: “¿Cómo íbamos a tener corriente si no llega a ser por él?”. Hoy vive junto a una de sus hijas en el pueblo de Viñales; pequeñas labores domésticas como preparar especies, adelantar los preparativos de la comida o hasta hacerla de vez en cuando por sí misma, le ayudan a mantener la vitalidad; aunque es junto a sus plantas que el rostro de Alejandrina, Muñeca, como le dicen casi todos, deja ver un brillo de optimismo, parece que toma desquite de la muerte dando color al patio y a la terraza con la vida vegetal. “Yo digo que Fidel es lo más grande de la vida, fue, es y será. Miro el noticiero para ver las anécdotas que cuentan y para mí sigue vivo. Oía sus discursos, no me perdía ni uno, me acuerdo de cada cosa que dijo, eso es importante, porque siempre era verdad y cada cosa que decía, al tiempo pasaba”. Es frecuente verla llorar. En su cuarto tiene un pequeño altar donde están las fotos de los seres queridos difuntos: el esposo, los retoños, Fidel... Así de íntimo y allegado siente la figura del líder histórico de la Revolución. Durante años atesoró recortes de periódicos, revistas, cualquier cosa donde hubiese imágenes e informaciones sobre su quehacer, con la misma ternura que se guardan retratos, cartas de los hijos u otras piezas de alto valor sentimental. Alejandrina es la típica mujer de pueblo, laboriosa, maternal, pulcra, generosa y hospitalaria; una persona sencilla, cuya historia se parece a la de muchos más, ella fue a las escuelas en el campo con jabas cargadas de comida para sus descendientes cuando eran estudiantes, enfrentó privaciones, alegrías, pero sabe que su vida fue mejor, porque hubo un primero de enero diferente en 1959 y desde entonces tuvo más luz en sus días, y nada ni nadie puede marchitar el recuerdo por el hombre que lo gestó. Así como cada jornada riega sus plantas, ella alimenta en la mente y el corazón el amor, una pasión que expresa como agradecimiento infinito y devoción, la voz de Muñeca nace en su garganta, pero lleva el espíritu de una nación. alejandrinaFoto: Pedro Paredes Hernández alejandrinaFoto: Pedro Paredes Hernández alejandrinaFoto: Pedro Paredes Hernández

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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