Eva, Adán y la manzana de la discordia

Sabemos que las relaciones de pareja se relacionan con fantasías de amor, pero el idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por contradicciones, crisis, encantos-desencantos, encuentros-desencuentros, provocando pequeñas y grandes rebeliones. Les ocurrió a Adán y a Eva. Nos pasa a nosotros.

La categoría de género es un camino para comprender estas diferencias, pues existe una construcción simbólica, sociocultural, que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignados a las personas en dependencia de sus designios sexuales. La cultura dicta la presencia de un orden de género binario, diferencial y excluyente: masculino–femenino, dos modos de vida, dos tipos de personas, de atributos eróticos, psicológicos, económicos, sociales, culturales, políticos, dos modos de ser, de sentir y de existir.

Investigaciones indican que este fenómeno varía en la medida en que se acrecienta la autonomía intelectual, económica y sexual de las mujeres,  pero aún no se han producido suficientes cambios culturales como para resolver completamente el sentimiento de dependencia con respecto al hombre, a pesar de las luchas de los movimientos feministas y de las conquistas en las esferas públicas.  

Una pareja es  un espacio particular de poder.  En ella tiene lugar un complejo sistema de relaciones de interdependencia económica, de reproducción e intercambio de relaciones sociales. Tras la intimidad se desarrollan aspiraciones personales, sexuales, de trabajo y de creación. Por ello, cada cual intentará ejercer sus poderes sobre la otra persona: controlar, intervenir, prohibir, decidir. Esta interacción incluye amarse, respetarse y apoyarse, pero también – derivado de la contradicción entre el ejercicio de la masculinidad hegemónica y la educación de la mujer moderna en el tema de género- incluye defenderse, cobrar deudas y deseos de justicia.

Lo peligroso del asunto es que no es problema social, no hay solución desde la política pública, la socialización de los medios, el apoyo del gobierno, el concurso de fuerzas formales de la comunidad. Se trata de la vida en pareja, a puertas cerradas y bajo premisas subjetivamente instaladas como: “entre marido y mujer nadie se puede meter” o “quien más te quiere te hace llorar”.

Existen prácticas interpersonales que se realizan para mantener, reafirmar o recuperar el dominio en la relación de pareja. El investigador argentino Luis Bonino las llama micromachismos, asumiendo la jerarquización que se da a consecuencia del patriarcado: hombres dominantes y mujeres víctimas, a pesar de que la acotación “y viceversa” tiene acomodo en esta interpretación, desde la verdad universal de que toda regla tiene su excepción.

Micromachismos

Los micromachismos más comunes son:

  • Coercitivos: Se usa la fuerza moral, psíquica o económica para doblegar o disminuir la razón de la pareja. Se trata de provocar en la otra persona un sentimiento de derrota, de falta de capacidad para defender sus decisiones o razones.
  • Encubiertos: Son prácticas recurrentes que ocultan el objetivo de dominio, por lo cual son más inadvertidas y efectivas que las anteriores. No se perciben al momento, pero sus efectos se sienten y se expresa en estados de mal humor, tristeza, frialdad o rabia “sin motivo”. 

Los micromachismos se activan en los momentos en que el poder se desequilibra. Algunos pocos ejemplos: mujer que es ascendida en el trabajo y socaba más tiempo de su espacio privado, hombre que por enfermedad o accidente ya no cumple con las asignaciones de género que la cultura patriarcal le impone, proyecto de tener hijos que no es consensuado por las dos partes.

Ante estas realidades cabría preguntarnos: ¿Cómo convivir en comprensión y armonía? ¿Cómo desaprender de nuestros acumulados para situarnos en relación de horizontalidad, construcción colectiva y diálogo con nuestra pareja? ¿Cómo aprendemos el arte de ponernos en el lugar del otro, de acompañarlo para el logro de sus proyectos? ¿Cómo entender que la pareja es un espacio de comunión y encuentro, pero que la conforman individualidades con expectativas y anhelos propios? ¿Cómo logramos comulgar en libertad? ¿Cómo vivir con el otro desde nosotros mismos? ¿Cómo sale Eva sin Adán a remontar vuelo? ¿Cómo apoya Adán a Eva en su sueño de dejar de ser costilla?

Con la fe aprendida de los abuelos de que el amor todo lo puede, los invito a hacer de la vida en pareja un escenario donde bailemos -mujer y hombre- con nuestro propio estilo, pero el mismo paso, al mismo ritmo y tiempo, con la misma música.