El sueño de la democracia beisbolera

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Es ley, en el mundo del espectáculo, garantizar la audiencia. Sin la gente, en directo o vía satélite, no tienen sentido los shows. En primer lugar, los fanáticos se desentienden y se resienten las recaudaciones. Con excepción de Cuba y algún otro país, sucede en todo el mundo. Los miramien­tos espirituales que sostienen el honor han pasado a un segundo plano, en busca de fortunas.

Corren los mercaderes insaciables que invierten y vuelven a invertir, siempre que obtengan ganancias, en el movimiento ininterrumpido del capital. Pero acorde al sistema social, hay que garantizar el espectáculo, que no es patrimonio absoluto del profesionalismo ni mucho menos.

Algunas teorías sustentan el show enajenante, criterio que no compartimos. Es cierto que el boxeo profesional nada tiene que ver con el deporte, se acerca a los gladiadores romanos que ofrendaban su vida al emperador y lo hacían obligados, peleando a veces contra sus amigos.

No es el caso de la pelota. Claro, no siempre las cosas son como deben ser. Se han visto deformaciones. Tiene que ver con la forma de hacer dinero y las apuestas, con las que se vende el alma al mejor postor. Los castigos han sido drásticos y deben serlo más contra tales vicios, lo mismo dentro que fuera de fronteras.

Hace unos meses que estamos esperanzados con las nuevas medidas, derivadas de la nueva dirección del béisbol, porque anteriormente se han tomado otras impopulares, como aquella de retirar en plenitud de facultades a jugadores estelares. Vimos con buenos ojos que las decisiones importantes han sido consultadas con especialistas de todo el país y se ven los resultados.

Los conservadores y ultraconservadores no lo entenderán, porque no son demócratas y andan cercenando voluntades. Los centristas esperarán las decisiones finales para ponerse al lado del vencedor. Y los liberales, entre los que me cuento, levantaremos las dos manos por la democracia.   

Me gustaría ejercer el voto en mi circunscripción. Si alguna vez me lo hubieran consultado, como aficionado y hombre de la pelota, hubiera ejercido el sufragio en contra de algunas medidas beisboleras. Hoy disfrutaría de las series selectivas y hubiera admirado varios años más a los que tan felices nos hicieron en el terreno. De allí brotaron celebridades.

No debemos confundir los términos. Se trata de universalizar las decisiones que afectan a los aficionados y a los peloteros. No vamos a exigir que Alexander Urquiola tenga que pre­guntarle al público en el “Capitán San Luis” si debe o no indicar tocar la bola, o poner un emergente a Saavedra.

Las cosas cotidianas, gústennos o no, hay que asimilarlas en el ejercicio del mando centralizado. De otra forma, los juegos serían interminables y no pudiera ocurrírsenos un disparate mayor. Urquiola y Anglada, en calidad de mentores, han sabido lo que tienen que hacer en cada momento. Aprendieron entre yerros y dolores, como buenos capitanes de navíos.

Sé lo que van a decir. Que a quién se le ocurre pensar que la Comisión Nacional va a preguntarle al pueblo si Industriales y Pinar del Río deben estar en un presunto regreso de las selectivas, o reforzar los equipos con los jugadores perdedores que tienen calidad suficiente, una decisión que me encanta. O que el director del Cuba debe salir de los que ejercen el cargo en la Serie Nacional.

De eso trata este sueño. Alcanzar el cielo democrático de la pelota. Y la gente será más feliz.