El mejor regalo

Este segundo domingo de mayo el Día de las Madres será muy diferente del tradicional: no habrá encuentros familiares, ni grandes cenas alrededor de las mesas, no se mezclarán varias generaciones de un mismo apellido con el pretexto del festejo; serán menos los regalos, donde los haya; faltarán besos, abrazos, flores; pero bajo ninguna circunstancia dejemos que las progenitoras sientan que carecen del afecto de su prole.

Y menos en un tiempo en que se han crecido como chefs para satisfacer la demanda de alimentos de los suyos, más auxiliadas por ingenio que por recursos; cuando el cierre de escuelas y círculos infantiles las han convertido en maestras y compañeras de juego; costureras ante la urgencia de cubrir los rostros; epidemiólogas en el afán de proteger… y tantas cosas más como requieran las circunstancias.

Algunas lo hacen desde el hogar, otras sin dejar de cumplir con sus funciones laborales, porque son imprescindibles para la sociedad; las que se circunscriben a las cuatro paredes de la casa, limpian sobre lo limpio, porque es la mejor manera de cuidar la familia a riesgo de la propia.

Todas salen a la calle en busca de provisiones, saben dónde aquel dejó la toalla, el otro los audífonos, no se les olvida el horario del medicamento del abuelo, ni de las teleclases; en fin, que se desdoblan en roles diversos, porque no hay pandemia que las haga bajar los brazos y menos dejar de luchar por los suyos.

Si de dar batalla hablamos, las palmas para esas que cada día van a trabajar y añaden doble carga en ambas jornadas, pendientes del detalle en sus puestos y en casa; especialmente para las que lo hacen en los centros de aislamiento o instituciones de la Salud: muchas ni siquiera estarán en casa, ya sea porque se encuentren en atención a pacientes o cumpliendo con el periodo de aislamiento, para volver al hogar, con la certeza de ir sanas.

Tampoco habrá visitas al cementerio para rendir homenaje a las progenitoras arrebatadas por la muerte, pero no hay mayor templo que la mente y el corazón.

En estos tiempos de pandemia hemos aprendido qué es lo verdaderamente indispensable, pasamos más tiempo juntos con la familia y aunque abunden los chistes sobre el tema y los votos para que todo vuelva a la normalidad, sin duda se han fortalecido lazos afectivos, paradójico que ocurra ahora que estamos más lejos, pero es que los cariños no siempre necesitan de besos y abrazos.

Solía decir mi abuela que no hace falta decir te quiero, quien lo siente lo expresa en preocupación y ocupación por el ser a quien ama y especialmente a través de la consideración.

Pues tal vez no haya nunca otro momento más propicio para librar a mamá de la carga excesiva de trabajo; ella no requiere suntuosos regalos, solo saber que engendró hombres y mujeres de bien, agradecidos y capaces de poner el hombro para ayudarla a llevar el peso de la vida cotidiana, que no es poco.

Una sonrisa, palabras dulces, algún gesto, pueden obrar el milagro de la felicidad; y por estos días lo hace también la certeza de conductas responsables para prevenir contagios.

La mayoría de los cubanos cada día trata de mantenerse al tanto de cómo marcha la situación con el virus SARS- Cov 2 y habrá quienes por esa causa no tendrán el próximo domingo una madre a la cual felicitar, esa podría ser también la tragedia tuya o la mía.

Si pensamos más allá de la habitación donde estamos y los que nos rodean, entenderemos que de nuestro modo de obrar dependen vecinos y desconocidos, como ellos también repercuten ahora sobre la de otros, donde podemos estar o no incluidos.

Dejemos a un lado las majaderías y valoremos la fortuna de ver cada amanecer como la mayor dicha.

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No es época propicia para hacer fincas o parcelas: asumamos que los habitantes de la isla toda somos solo uno, venidos de la misma madre: Cuba y regalémosle este segundo domingo de mayo la certeza de que haremos el aporte necesario para superar la COVID-19 y entonces, a pesar de las distancias, estaremos celebrando alrededor de la mesa materna y dando el mejor de los obsequios a cualquier mujer de vientre fecundo: la confianza del porvenir en manos de su descendencia.