El béisbol que jugó Cuba

El obligado paro deportivo en que se encuentra el mundo, y nuestro país como parte de este, obligó a los canales dedicados a la difusión de este tipo de materiales a buscar en sus archivos documentos que muchos consideraban desaparecidos.

Por Tele Rebelde hemos disfrutado de juegos antológicos, como este último domingo, cuando se transmitió el primer encuentro entre Cuba y Orioles de Baltimore, en 1999, fecha en que nuestro béisbol tenía un panorama opuesto radicalmente al que presenta en la actualidad.

También se proyectaron encuentros de la representación nacional en el primer Clásico Mundial, en el 2006, la actuación de mayor relevancia de la pelota revolucionaria, porque, entre otros aspectos, los rivales superados pertenecían a ligas profesionales como la Gran Carpa norteamericana o el poderoso circuito nipón.

La revisión de estas historias ha provocado un debate en la afición sobre cómo involucionó el deporte nacional, fenómeno que se acentuó, principalmente, en la década recién culminada; no pocos se arriesgan y enumeran las causas que llevaron a esta decadencia.

Entre sentimientos encontrados –nostalgia, alegría y tristeza–, los seguidores de la pelota revivieron aquella agresiva forma de jugar de los conjuntos nacionales, donde talento, deseos y respeto eran lemas de cada jugador que vestía las cuatro letras.

Peloteros había de sobra en esta Isla, e incluso, la transición de la generación de los Linares, Pacheco, Germán, Kindelán y otros más por los Yulieski, Michel Enríquez, Cepeda, Tabares no fue algo traumático ni para la Serie Nacional ni para el equipo Cuba.

 La calidad siguió como característica unos años más y a la selección nacional se le valoraba con gran estima en todos los continentes; sin embargo, algo falló en la continuidad de esa tendencia, y a partir de 2015 se ha evidenciado un declive cualitativo, expuesto en los resultados y en la forma de jugar de los diferentes conjuntos cubanos en eventos internacionales.

Quienes somos jóvenes en la actualidad quizás nunca disfrutaremos el privilegio de contar brillantes historias de nuestros contemporáneos en un diamante, defendiendo el uniforme de Cuba ante una novena japonesa o estadounidense, eso parece reservado solo a los que peinan canas en estos tiempos.

El juego cubano está cada día más alejado de aquel que lo hizo reinar en dos olimpiadas o fracasar a lo grande, como ese extrainning ante el poderoso Baltimore o ante el disciplinado Japón en San Diego, en el 2006, durante aquel novedoso torneo contra atletas rentados.

Hoy en día, y es una realidad dolorosa, está en riesgo la presencia antillana en la aplazada Olimpiada de Tokio. Esa papeleta debe costar bien caro para los criollos, nadie lo debe dudar, y si no ocurre un cambio de actitud en los propios peloteros, esa cita estival se alejará cada vez más.