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47 instantes desde el box y otras revelaciones

Maximiliano Gutiérrez Martínez

Maximiliano Gutiérrez Martínez

En la entrada de la popular barriada El Cartucho, bautizada de forma oficial como 30 de Noviembre, encontré a Maximiliano Gutiérrez Martínez, y con mucha decisión accedió a la entrevista en la sala de su hogar, ubicado en esa zona de la capital vueltabajera y de donde, además, es natural esta gloria deportiva.

Mientras caminamos hacia su casa, me responde a una interrogante que le pregunté tiempo atrás: « Para mí el Cuba era más difícil, aunque me incluyeron en tres selecciones B, el asunto es que estaba Santiago «Changa» Mederos, y yo podía rendir al máximo, pero era insuficiente, el único de confianza era el capitalino, no había otra opción», aseveró.

El otrora estelar zurdo posee uno de los récords más difíciles de quebrar de la pelota revolucionaria: 47 entradas y un tercio sin permitir carreras. Lo hizo en la temporada 1977-1978, cuando se desarrollaba la XVII Serie Nacional de Béisbol, torneo que, al final, coronó a su equipo Vegueros.

Más allá de esa marca, fue un serpentinero de números respetables y en 10 temporadas archivó 62 triunfos y 47 reveses, con un promedio de limpias de 2.57 y el average en contra de los batea-dores fue de 240. Aunque no sale en libros de estadísticas, su especialidad fue el dominio sobre los hombres de su mano.

¿Tus primeros pasos en la pelota fueron en el barrio?

«Sí, empecé aquí, en piquetes entre vecinos y en la «Loma de la Quinta» hasta que un día me captaron para la Eide. En esa etapa pasó algo curioso, cuando cumplí 13 años, Lacho Rivero se enteró de mi caso y de Juan Carlos Oliva y nos incluyó como cargabates del equipo Pinar del Río. En los juegos de la reserva, los que se desarrollaban por la mañana, nos ponía a lanzar y desde ese entonces comenzamos nuestra formación».

¿En esa parte de la temporada ´77-´78, cuando impusiste la marca en las 47 entradas «en cero» fue el momento clímax de tu carrera?

«La temporada de 1978 fue una de los mejores que tuve en Series Nacionales; sin embargo, te diré que los récords salen, no son cosas que persigues y lo logras, la suerte es imprescindible en ese aspecto; pero sí, ese año estuve muy bien y me preparé antes de iniciar la campaña. El control que alcancé en mis lanzamientos fue magistral.

«Te contaré que antes de que los santiagueros me fastidiaran lo de las entradas consecutivas sin que pisaran el home mis oponentes, tanto José Miguel Pineda como José Joaquín Pando no querían que me enfrentara a los indómitos durante esa jornada y ves lo que sucedió; luego di dos lechadas más frente a Constructores y Mineros, no le hice caso a los mayores y me apuré, la marca pudo haber sido más larga».

Tu velocidad al principio era mayor y luego ¿por qué mermó?

«Cuando era juvenil y en mi primer año en la Nacional llegué a tirar sobre las 90 millas, pero luego tuve un accidente en una de las principales arterias de la ciudad y no pude sobrepasar las 84, en esa ocasión tuve hasta la clavícula partida».

Entonces, ¿cómo te impusiste en una pelota de tanta calidad como la de los años ´70 y ´80?

«Te faltó agregar que el bate era de aluminio, no obstante, sí había mucha calidad en aquel béisbol. Siempre calculé que el control sería mi mayor aliado; también miraba a los bateadores contrarios en las prácticas, me sentaba en las gradas y los estudiaba, y a esto se sumó que aprendí tres lanzamientos.

«El tenedor lo tiraba cuando quería y hasta avisado el bateador fallaba, incorporé el cambio y el knuckleball, mientras que la recta la usaba para las esquinas, como se dice en buen cubano, solo la enseñaba, y analizaba bien el momento en que iba a utilizar cada uno de estos recursos».

¿En esa etapa te costó trabajo hacer el grado a las Selectivas?

«En la Serie Nacional lanzaba cada cuatro días, pero cuando se reunían los dos conjuntos de la provincia, en la Selectiva, el pitcheo era más profundo y me tenían para lanzarle a los zurdos y por eso me utilizaban con menos frecuencia y casi siempre de relevo, como tenía ese rol y le era útil al equipo no me fue difícil integrar esos conjuntos, pero para otros era complicado ir a ese tipo de eventos».

¿De los triunfos en el béisbol, recuerdas alguno en específico que te caló hondo?

«Precisamente, en 1978 frente a Villa Clara, cuando estábamos a solo dos victorias de ganar la Nacional, y ese jueves me dieron la pelota de relevo y le gané una por cero. Esos villareños eran, para mí, la novena más fuerte de aquellos años con Cheíto Rodríguez, Muñoz, Lourdes Gourriel y Héctor Olivera. Bueno, al final, obtuvimos ese primer título nacional y mi contribución fue importante».

Sé que coincidiste con Emilio Salgado, a quien muchos consideraron el mejor lanzador de la pelota cubana a principios de la década del ´70. ¿Qué opinión tienes en cuanto a ese desaparecido serpentinero?

«No exagero si afirmo que, como atleta, creo que no han desfilado tres pitchers de su calidad en nuestros clásicos nacionales. Yo lo comparo con las grandes estrellas que vinieron después y lo veo superior, fíjate que ganaba 10 y 12 juegos con aquellos equipos sotaneros de Pinar del Río. Su velocidad y su diversidad de lanzamientos lo hicieron integrar el Cuba cuando eran solo siete lanzadores.

«Te voy a adicionar otro monstruo de esa época y quien me ayudó en mi carrera deportiva: Mario Negrete. Este me enseñó el tenedor, en parte, gracias a él, me convertí en un estelar».

Las señas desde el banco, ¿solución o un mal del béisbol cubano?

«Cuando se dirige el pitcheo por los entrenadores, el lanzador se convierte en un robot y lo más lamentable es que en algunas ocasiones el que te indica cuál recurso usar, nunca se paró encima del box. A los pitchers hay que dejarlos pensar y tienen que saber en qué momentos usar cada una de las herramientas de su repertorio. En mi etapa de jugador activo ese fenómeno nunca se dio».

¿Qué otras dificultades notas en el área del pitcheo en el béisbol actual?

«No entiendo cómo en dos strikes sin bolas a casi todos se la dan contra la cerca: esa es una deficiencia que deriva de que no hay pensamiento técnico- táctico y eso acaba con los lanzadores, pero los entrenadores tienen que hablar con ellos y analizar a los contrarios antes del juego o seguirá pasando que te dicen te toca mañana y nada más.

«Lo otro preocupante es el mal trabajo físico: salen de los juveniles y lanzan dos años en la Serie Nacional y se lesionan. Eso no tiene otro nombre que mala preparación. Por ejemplo, ya no se entrena en las lomas ni se hacen gradas y la parte inferior del cuerpo del lanzador es fundamental.

«Hay lanzadores que no saben caer, en otras palabras, no dominan el movimiento y eso influye en la defensa, son incapaces de coger un roletazo por el box, el fildeo es algo doloroso, entonces el control es malísimo. Los del bullpen no saben a quiénes le van a trabajar, no estudian a sus contrarios y los traen cuando el abridor está con la soga al cuello.

«Sinceramente, creo que son los atletas quienes tienen que lanzar en las prácticas de bateo y no los entrenadores, como sucede en estos tiempos, porque lo que más se parece a un juego de pelota es ese entrenamiento».

Tu generación le debe mucho a José Joaquín Pando.

«Pando era empírico, pero sin duda, uno de los mejores entrenadores de pitcheo de la historia de la pelota revolucionaria, lo demuestran los números de quienes fuimos sus alumnos».

¿El retiro, por qué tan joven?

«Aunque tenía 32 años, la hoja de servicios era extensa, gran cantidad de innings acumulados, y la bursitis me atacó. Entonces tenía que inyectarme con hidrocortisona y creo que ese medicamento ataca el corazón, por eso decidí irme en el año ´83».

Sobre el Autor

Luis Alberto Blanco Pila

Luis Alberto Blanco Pila

Periodista deportivo del Periódico Guerrillero

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