Actualizado 05 / 12 / 2019

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Un beso mutilado por la injusticia

Un beso mutilado por la injusticia

Fue la segunda vez, motivo por el cual soportaría, hasta el último segundo para no desprender ni una lágrima, pues llorar no me hace bien, pero llegó aquel momento exacto, segundos después de una hora y 50 minutos, las palabras de Lola al decir que nunca lo besó, hicieron que se desbordaran mis ojos.

Ya era mucho, esta vez vi el estreno desde mi casa, sentada sobre aquel sillón, sin entender aun lo que sucedía, me negué todo el tiempo a creer que era verdad, cuando asistí al cine teatro Praga de la ciudad Pinar del Río, hace ya unos meses, allí sí sufrí, era la primera ocasión en que sentía tan de cerca la tristeza, el dolor, la ira, la impotencia.

inocencia

Inocencia no tuvo mejor nombre, fue un filme sobre el arrebato de la vida a ocho jóvenes inocentes, prestos a vivir con el entusiasmo de la edad, y la injusticia primó por encima de lo justo.

Escenas perfectamente logradas, sentimientos expuestos en rostros de actores principiantes y otros no tanto, un largometraje hecho para la historia sobre el horror de aquel año 1871.

En mi mente no cabe el hecho, tenía apenas las enseñanzas de los libros, pero esas, a veces suelen ser frías, sin muchos detalles, pero Alejandro Gil me regaló un fragmento de historia que me obliga a odiar y a sufrir como propias, las angustias de los integrantes de aquel grupo de primer año de la carrera de medicina de la Universidad de La Habana.

inocencia

La insistencia de Fermín Valdés Domínguez por encontrar a sus amigos es traducción de hermandad, al igual que la de aquel padre por encontrar a su hijo, para darle la tumba que merecía, papel encarnado perfectamente por Fernando Echevarría. Sin dejar de destacar a Osvaldo Doimeadiós en su actuar de profesor leal, comprometido con sus alumnos, y a Caleb Casas como abogado defensor, con un discurso intachable, repleto de indignación.

La sangre como consecuencia de un juego al azar, donde un sorteo decidió la vida de un grupo de muchachos habaneros no se despintará jamás de mí. Con 28 años, ya cuando no recibo lecciones académicas sobre la Historia de Cuba, es que vengo a conocer verdaderamente, desde las más dolorosas entrañas, los hechos ocurridos aquel 27 de noviembre.

No quisiera recordar, ni imaginar siquiera que fue real, aunque el dolor más grande es saber que así mismo fue, sin más ni menos drama, fue un acto injusto en el que por las travesías quizás de la niñez, pagaron como si hubieran cometido un asesinato.

Ocho adolescentes se convirtieron en carnada de aquel Grupo de Voluntarios de La Habana, que de nada les valía defender la tierra cubana.

Y allí estaba Lola, de negro al vestir y en el rostro, con el desánimo en la mirada, queriendo tal vez arrepentirse de no haber besado a tiempo a su amado, hubiera sido el único consuelo de aquella doncella que anhelaba casarse con Anacleto Bermúdez y ser feliz para siempre, mas, le cortaron las alas y la vida.

Más allá del canto a La Bayamesa y de aquel oscuro rincón del cementerio de San Antonio Chiquito, el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina quedará impreso, desde anoche, en el imaginario de muchos cubanos que ignoraban este pedacito de memoria.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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