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La grandeza del profe Panchito

Francisco Alonso (Panchito), director de la compañía de teatro lírico Ernesto Lecuona.

Francisco Alonso (Panchito), director de la compañía de teatro lírico Ernesto Lecuona. / Foto: Januar Valdés Barrios.

Al menos una vez en la vida, todas las personas debieran experimentar la sensación tremenda de ser aclamadas en público. Ese sonido de las palmas cuando chocan en señal de aprobación, de afecto, de agradecimiento o de admiración, puede ser de veras reconfortante.

Francisco Alonso (Panchito), director de la compañía de teatro lírico Ernesto Lecuona, ha recibido muchos aplausos a lo largo de su carrera. Unos ganados por su trabajo como cantante tenor, pero la mayoría, han tenido otros destinatarios: sus alumnos.

«Cuando los ovacionan a ellos es como si me ovacionaran también. Al subir a un escenario como intérprete, soy capaz de controlar mis miedos, mis nervios, mi energía y la frustración cuando las cosas salen regular; pero si se trata de los muchachos, el sufrimiento se multiplica.

«Es como repetirme con cada espectáculo en el que se presentan. Soy ellos en ese momento, aunque no pueda hacer más que admirarlos desde mi puesto, como un espectador más», me confesó desde su oficina en la sede del Lírico. Había un silencio inusual en este recinto porque el colectivo estaba de vacaciones. Adentro solo nos hallábamos nosotros y un obrero que pintaba sobre unos andamios de hierro el área de ensayos.

«Estamos dejando todo bonito para comenzar el nuevo curso escolar», comentó con entusiasmo y nuestra conversación se desvió luego por los caminos de su vida.

Describió su infancia en el número 16 de la calle Máximo Gómez, la casa antigua de puntal alto que abrigó sus primeros sueños y los torneos de quimbumbia con los muchachos del barrio, con los que se juntaba a veces para entrar clandestino a los almacenes ubicados en lo que es hoy el mercado Ideal y jugar a las escondidas entre los sacos de arroz.

«Comencé la escuela muy temprano, con cuatro años apenas y todo gracias a Moñita. Era una muchacha amiga de la familia que recién se había graduado de la Escuela Normal para Maestros y a la que le ofrecieron trabajar en un kindergarten en el kilómetro tres de la carretera a Luis Lazo.

–Me llevo al niño conmigo, le dijo a mi madre y esta cedió porque le tenía confianza. Me convertí así en el compañero de viajes de aquella tierna profesora. A los dos meses la trasladaron para la escuela anexa a la Normal de Maestros y para allá fui con ella.

«Me sentaba en el aula e interactuaba con los demás niños, aunque no era matrícula oficial del grupo. Cuando terminó el curso, Moñita habló con los directivos del centro para que me permitieran entrar directo en primer grado, pues informalmente yo había adquirido las habilidades de un alumno de prescolar. Eso permitió que siempre estuviera un año adelantado a mis compañeros».

A los 11 años venció los rigurosos exámenes de ingreso del Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río, sitio donde desató su pasión por el deporte y la cultura.

«Integré los equipos de voleibol y baloncesto y participé en diversos torneos nacionales. Igualmente me mantuve activo dentro del movimiento artístico del bachillerato. Recuerdo que una vez el profesor de Historia organizó una obra de teatro sobre el rescate a Julio Sanguily y a mí me dio el papel de Agramonte».

Panchito soñaba entonces convertirse en doctor y matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana en el curso 1959-1960. Completó dos años y empezó el tercero, pero tuvo que abandonar los estudios para atender a su madre, quien presentó un problema serio de salud.

«Mi hermano, mayor que yo siete años, estaba más adelantado en la carrera de Medicina, por lo que decidimos que él continuara y yo volviera para Pinar.

«La impaciencia de estar sin hacer nada me llevó a buscar trabajo en el Banco Nacional de Cuba, donde ejercí como empleado de departamento y como cajero. En ese tiempo me casé, tuve una niña y poco a poco el sueño de hacerme médico quedó atrás.

«Mi amor hacia el deporte no menguaba e incursioné en el tiro deportivo, disciplina que me reportó importantes logros como un récord nacional en fusil popular».

Pero la búsqueda de Francisco apenas comenzaba. En el año ´69 se presentó a un casting para integrar el grupo de teatro lírico de la provincia y obtuvo un puesto.

«Empecé a estudiar música con seriedad, a tomar clases de canto y solfeo y fui creciendo como profesional. Canté en los coros e interpreté papeles pequeños hasta conquistar mi plaza de solista.

«El Instituto Superior de Arte lanzó una convocatoria y me aventuré a estudiar en sus predios, pero casi desisto, ya que debía mantener a mi familia en Pinar y me era imposible cumplir con mis deberes como estudiante.

«El barítono Ramón Calzadilla era el jefe del departamento de Canto y nos unían lazos de amistad. Habíamos cantado juntos en conciertos y giras e insistió en que me quedara en la escuela. Tuve la facilidad de diseñar mi propio calendario de clases, jugando con los horarios del curso regular diurno y del curso por encuentros y así pude vencer la carrera».

Panchito asumió poco después la dirección del Conjunto de Teatro Lírico y ocupó responsabilidades como la presidencia de la Uneac y del Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Igualmente incursionó en la docencia en el Centro de Superación Profesional para Artistas.

En el año 2000, durante una plenaria de la Uneac, le comunicó al ministro de Cultura Abel Prieto su preocupación por el estado decadente del teatro musical en la nación. Los elencos envejecidos no atraían ya al público como solían hacerlo en los años de esplendor de este género.

-¿Qué propones tú?, le preguntó Abel.

-Podríamos crear una unidad docente con un plan de estudio bien definido que permita a los estudiantes graduarse de nivel medio profesional en la especialidad de Canto Lírico, además de recibir su diploma de 12 grado, respondió Panchito.

«Al principio tuvimos que batirnos duro con el Centro Nacional de Escuelas de Arte hasta que aprobó la iniciativa.

«Organizamos un prestigioso claustro de profesores y empezamos a andar de manera experimental hasta convertirnos en el proyecto que somos hoy: una compañía sólida en la cual los más experimentados aprendemos del ímpetu de los jóvenes y estos a su vez aprenden a respetar la experiencia de los que ya peinamos canas.

«Los estudiantes se integran a las puestas en escena, lo que desarrolla su sentido de pertenencia con la agrupación.

«Pudiera hablarte de la presencia de la compañía en lugares que ni te puedes imaginar, en sitios de difícil acceso en la montaña, en enviadas pesqueras en las plataformas de la Isla. Montamos en el barco y vamos de punto pesquero en punto pesquero, esta noche en un lugar, mañana en otro y pasado en otro, conviviendo con los pescadores, viéndoles los ojos brillosos después de atestiguar algo que jamás pensaron ver en su vida. Qué mayor recompensa para un artista que descubrir ese brillo en la mirada de la gente», concluyó.

Su labor ha sido primordial para revitalizar el Teatro Lírico, no solo en Pinar del Río, sino en la nación, pues la idea de su unidad docente se replicó luego en Holguín y La Habana.

Mucho hay que agradecer al profe Pancho, eso piensan sus queridos alumnos. Así lo expresó la cantante Silenia Ponjuán:

«Cuando terminaba mi primer año en el Lírico, había una gira para las provincias del centro de Cuba y unos cuantos compañeros y yo no podíamos ir porque no teníamos experiencia, pero nunca faltamos a los ensayos en nuestras supuestas vacaciones y recuerdo que algunos artistas sí faltaron y Panchito nos preguntó si nos sabíamos toda la obra, con coros, coreografías y libreto, y la verdad que sí, nos la sabíamos y nos dijo: `Ustedes van`. Fue mi primera vez como profesional en un escenario y todo por el voto de confianza que puso el profe en unos adolescentes de tan solo 14 años.

«También confió en mi para impartir clases de Canto y de Historia del Teatro y de la Música a estudiantes de mi misma edad. Prestó oídos a las inquietudes artísticas que teníamos y a los deseos de hacer cosas diferentes

«Nunca ha cesado en su afán de renovar un género que es tradición cubana y que prácticamente estaba perdido. Aunque ya es veterano en esta vida sigue con los mismos deseos de trabajar y de dar oportunidades y posibilidades a los artistas.

«Más allá de ser un director y deberle respeto, es amigo y compañero. Luchó duro para que el grupo Yamiré formara parte de nuestra compañía y se evaluaran, ya que llevaban años sin poder clasificarse o encontrar el modo de hacerlo.

«En casos muy particulares promovió giras internacionales, incluso usando su propio dinero para que los muchachos pudieran salir y ver otras realidades y promover de este modo el arte.

«Nada será suficiente para agradecer al profe Pancho por toda la grandeza que ha sembrado».

Puestas en escena de la Compañía de Teatro Lírico Ernesto Lecuona.Puestas en escena de la Compañía de Teatro Lírico Ernesto Lecuona.

puesta en escena compania ernesto lecuona 1

puesta en escena compania ernesto lecuona 1

puesta en escena compania ernesto lecuona 1

Obra de teatro Parece blanca

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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