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Con las manos llenas de barro

Con las manos llenas de barro

Foto: Januar Valdés Barrios

A Roberto Rodríguez Vásquez, Robertico, le fascinaban esos días en que sus padres lo sacaban de paseo a la ciudad, porque cambiaba por un rato su rutina de niño campesino, habituado a andar descalzo sobre la tierra húmeda o a subirse a las copas de los árboles a arrancarles las frutas maduras.

Una vez lo llevaron a una feria popular en la calle Cuarteles donde se comercializaba todo tipo de alimento, pero también artículos domésticos como jarritos de metal, bisagras de puertas, platos de aluminio, tinajas... Allí realizó un hallazgo que cambiaría su vida definitivamente.

Bajo la sombra de un portal, un alfarero se afanaba dando forma a un jarrón de barro en un torno. Robertico lo miraba hacer, embobado. No conseguía levantar los ojos de aquel trabajo: «¡Qué bonito!», decía para sus adentros. «¿Cómo se verá al final?».

Su curiosidad lo mantuvo estático en el mismo puesto casi por una hora. Al día siguiente salió a buscar arcilla por los alrededores de su casa e improvisó sus primeras piezas.

Digo primeras, porque no incluyo las esferas de barro que modelaba desde antes con sus amigos y que colocaba luego sobre su techo de guano, donde el sol y el aire obraban la magia de endurecerlas.

«Los maestros de la «Primaria» me llamaban la atención porque yo vivía y moría dibujando la parte de atrás de las libretas sin prestar atención a sus clases», me cuenta el artista desde su actual taller en el kilómetro tres de la carretera Luis Lazo.

«Fue por ese tiempo que conocí a la instructora Rosmery Ruvalcaba:‘¿Te gustan mucho las artes plásticas, verdad?; así que nunca dejes de lado esa pasión, pues tú naciste para crear’, me hablaba ella.

«Fue así como en noveno grado decidí abandonar mis estudios y dedicarme de lleno a la cerámica».

Con la cabeza llena de sueños el muchacho ingresó a un colectivo de aficionados que se hacía llamar Movimiento de Aprendices. A través de ellos conoció La Tinajera, un espacio situado en el kilómetro cuatro de la carretera a La Coloma en el cual se potenciaba el arte alfarero.

«Había grandes hornos, estantes, tornos profesionales y mucha actividad aquí y allá. Pasaba el día conversando con los artesanos más viejos, escuchándoles los mejores trucos y observando de cerca su técnica. Me sentía muy a gusto con ellos. Todo era como un juego fascinante para mí, que no sobrepasaba entonces los 14 años», confiesa.

Le fue fácil enamorarse de este oficio, quedarse atado a él para siempre. A veces lo agarran las siete, las ocho de la noche con las manos llenas de barro y todavía no se ha ido a casa a descansar.

«No hay frase más verdadera que la de Martí cuando afirmara que ‘solo el amor convierte en milagro el barro’, un producto tan primario, tan al alcance de cualquiera. Yo agregaría que también el sacrificio es fundamental. La perfección de una pieza está detrás de cientos de intentos», asegura el creador.

«Soy el resultado de los maestros que tuve. ¡Cómo olvidar a Juan Mateo Camejo, Reinaldo López y Humberto Guerra, entre otros extraordinarios artistas que depositaron en mí su sapiencia! Ellos merecen todos los homenajes. Por mi parte trato de honrarlos enseñando a otros lo que sé».

El taller de Robertico consiste en dos naves amplias (solo la primera de ellas techada) que Cultura habilitó hace poco más de un año.

Falta construirle un baño y hacer otros arreglos, pero los miembros del pequeño grupo creativo agradecen contar con este local.

Cada sábado, varios niños de la zona se reúnen aquí para participar de encuentros y acciones recreativas como parte del proyecto Ceralf (Cerámica Alfarera Roja-Blanca).

«Esta iniciativa aspira a dinamizar la vida cultural de una comunidad en la que predomina la tradición del rodeo, espectáculo que no deja de ser hermoso, pero que se sustenta en preceptos un tanto machistas.

«El trabajo con los pequeños no es trabajo, sino deleite. No hay cosa más gratificante que sentir sus risas o ver cómo les brillan los ojos después de vivir el proceso creativo completo.

«Mi esposa Leivys ha sido la artífice fundamental de esta iniciativa. Ella planifica cada detalle con su creatividad inagotable. Admiro su entusiasmo para afrontar la vida y agradezco el impulso que me da para salir adelante.

«Ella es una de las cosas más bellas que me ha dado mi arte. Una vez vino a mí queriendo comprar un jarrón y se quedó para siempre», el artista sonríe mientras evoca esta anécdota.

El sol de la tarde castiga a las fibras del techo de su taller y el vapor que emana arde a su vez sobre quienes permanecemos dentro.

Me ayudo con mi pomo de agua, que se agota rápidamente, mientras que a Roberto parece no molestarle en lo absoluto el calor. Cerca del torno, le observo dar vida a un trozo de barro que se convierte en cuestión de minutos en un objeto hermoso.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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