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El trovador trashumante

Varias generaciones de pinareños corearon junto a Frank Delgado sus canciones. / Foto: Januar Valdés Barrios.

Varias generaciones de pinareños corearon junto a Frank Delgado sus canciones. / Foto: Januar Valdés Barrios.

El reconocido cantautor Frank Delgado, ofreció un concierto único en el “Milanés” el pasado día seis, durante el VI encuentro de trovadores Trovasí, auspiciado por la AHS en Pinar del Río.

Esperé su llegada en el teatro que el pasado siglo fuera escenario de La Bella de la Alhambra. Afuera caía un torrente de agua y tronaba. Entrevistarlo era deuda con los lectores de Guerrillero, pues es uno de “los grandes” de la nueva trova cubana y sé que tiene vínculos de sangre con nuestra tierra.

Venía directo del fiestón de Cienfuegos (o festival de música alternativa Ciudad del Mar), pero el largo trayecto no menguó su entrega a la música. Accedió a mi entrevista y entre descansos en la prueba de audio, satisfizo las interrogantes.

Cuenta que nació en La Habana, pero lo inscribieron en el registro civil de Consolación del Sur y vivió hasta cerca de los cuatro años en Minas de Matahambre. Su familia materna es de Consolación y su padre era del municipio de La Palma. Él y su tío Oscar trabajaban en las Minas como pagadores y por el año 1963 lo trasladaron al Ministerio de Industrias y le dieron casa en La Habana. Así llegó Frank a la capital.

No obstante, “venía a ver a mi abuela en Consolación cada domingo. Vomité en cada pueblo de la Carretera Central porque me hacían desayunar por las mañanas y me mareaba. Teníamos carro y salíamos temprano, luego regresábamos a eso de las seis de la tarde. Era un viaje de más de tres horas; yo llegaba dormido.... Eso fue hasta los años `70 que mi abuela se mudó a La Habana también.

“A mí me sueltan en Consolación del Sur y me sé el pueblo de memoria. Allí vive una prima hermana mía, están enterrados mis abuelos y las cenizas de mi papá.

“Un día quisiera comprar la casa de mis abuelos, donde vivió mi mamá; ese es un sueño que tengo. Me parecía una casa grandísima cuando era niño, pero es chiquitica. La última vez que la vi estaba hecha pelota, pero aun así me gustaría comprarla”. Me explica que está ubicada en la calle Martí, es un duplex y aparenta un carácter mágico por su techo altísimo de tejas y los cables tensados en su exterior.

La música surgió en él. No provino necesariamente de la familia, aunque su tío Néstor Pinelo Cruz escribió la canción Me voy a Pinar del Río, y otro de sus tíos, César Mas, fue cantante en el Rancho Club, el único cabaré que existía en Consolación del Sur.

Dice que tenía buen oído y cantaba desde niño. Cuando llegó a La Habana ya se sabía todas las canciones de la radio y la televisión. “Tenía una vitrola y era una cotorra que repetía lo que oía, sin entenderlo. Siempre tuve mucho filin con la música.

“En la escuela militar Camilo Cienfuegos me empecé a enganchar con la guitarra tocando algunos acordes. Me inicié haciendo parodias; me di cuenta que podía combinar la armonía de una canción con la de otra, para que no fuera robo tan descara´o y ponerles mi letra… Compongo desde los 15 años, canciones de amor, panfleteras.

“Al principio era un juego para enamorar a las muchachas. No era bonito, pero sabía decir cosas que otros no, a veces eso te daba ventajas y otras, ni así te hacían caso. Llegado el momento empecé a elaborar un poco más las canciones y sin querer hice algunas bastante originales.

“Un día me dijeron que hacían evaluaciones para la trova. Fui. Toqué. Me hicieron dos audiciones y me aceptaron en el Movimiento de la Nueva Trova. Este 29 de julio se cumplirán 40 años de que canté oficialmente como uno de los integrantes del movimiento en el festival del Caribe, Carifesta '79.

“Realmente ahí comencé a hacer canciones con toda la gente que orbitaba en el mismo mundo, profundicé en la armonía, la melodía, los movimientos artísticos y en los ritmos de otros países”.

Alberto Guerra Naranjo expresó en una entrevista publicada en Letras Cubanas en 1999 sobre usted: “Es un trovador singular (…) que tiene la realidad de su país atravesada en su propia piel”.

¿Qué tan singular son sus canciones en la elección de sus temas respecto a las de otros artistas de la conocida Generación de los Topos?

“Es muy feo decir cuan singular, porque hay una pila de ´caraguaguas´ que dicen: `mi estilo es posmoderno industrial, industrial…` nunca me he preocupado por eso. Yo escribo canciones. Las primeras eran unas copias descaradas de las canciones de Silvio, de rock and roll... No estudié música, no soy un trovador de generación espontánea. Aprendí haciendo un pastiche con lo que robaba a todo el mundo y quien te diga que se le ocurrió por un sueño es un mentiroso. Todos los trovadores viven de los demás trovadores.

“Los primeros años de la Nueva Trova estuvimos muy influenciados por el folk, después por la música brasileña, el jazz, el blues americano, la música flamenca, los ritmos sudamericanos… el truco es que cuando armes la canción nadie sepa de donde te la robaste. ¡Pero eso lo hizo todo el mundo!”.

Su sombrero cubre una mente brillante y sus ojos no pierden detalle, al tanto de la entrevista y de la prueba de audio al mismo tiempo. Mientras el equipo técnico del teatro monta los dispositivos para el concierto, él, en una de las butacas aterciopeladas del “Milanés” relata:

“Decían que Sindo Garay era místico por haber hecho El huracán y la palma a principios de siglos. Un musicólogo descubrió que como le gustaban mucho las óperas de Wagner, el tipo había metido en su tema unas armonías que se había llevado de la ópera Tannhäuser. ¡Eso es válido!.

“Nosotros, los trovadores, somos poetas, músicos, cantantes y no somos buenos en ninguna de las tres cosas, solo en el equilibrio de las tres es que pueden ser interesantes las canciones. También tenemos bastante de comunicador, de juglares, de aedas de la antigüedad…

“Homero tenía una lira de un solo tono (mayor) y con ella cantaba. Supongo que para echarse la Ilíada tenía que estar tres semanas cantando (tararea lo que puede ser una representación de la época)”. Frank tiene un humor natural, a ratos cínico o mordaz.

“Supongo que había partes narradas –continúa– los juglares también combinaban arte circense, hacían prestidigitación y al menos yo, tengo esa influencia. La canción es una parte de todo lo que uno tiene que decir, a veces se dice hablando a veces con música. Este oficio nunca ha estado de moda, pero siempre han existido los trovadores.

“Hay una palabra que la aprendí de Silvio: ‘trashumante’ y ¡me encantaba! Después la descubrí en una canción de Serrat, en un verso que dice ‘donde no crece una flor ni trashuma un pastor’, y quiere decir andar por ahí, itinerar, errante”.

Muchas de sus canciones son crónicas de nuestro contexto, por ello, ¿ha experimentado la censura?

“Sí, como no, aunque no de manera fuerte. Por ejemplo, yo hice Cuando se vaya la luz mi negra en los `90 y no me sorprendió que no la pusieran por la radio. Ahora parece una canción infantil.

“Uno asume las consecuencias por esos temas. No te van a invitar a ciertos lugares y festivales buenos, esos son para gente que se portan bien. Ellos tienen un montón de trabajos. Yo respeto los temas de cada uno, pienso que lo sustancial es hacerlos bien y ser sinceros. Creo que los que hacen esa música –llamémosla ‘oficial’– lo están haciendo con sinceridad. Yo hago otra cosa y cuando la hago sé que no me van a dar un carro ni una casa ni un afiche, pero no importa.

“En un momento del periodo especial, vivía de hacer vino seco. ¡Tremendos vinos secos hacía yo! y no me faltó nada…De hecho, digo que soy trovador aficionado. Soy Dj en la discoteca El Sauce, con Luis Alberto García, y trabajamos para 400, 500 personas los domingos. También hago mis bodas y mis cumpleaños. De eso vivimos, la música es un extra”.

Su música trasciende de generación en generación y tiene innumerables adeptos en la comunidad universitaria. Confiesa que trabaja mejor por encargo que por musa, porque el encargo facilita el tema y lo encauza. “Soy vago. Hago canciones cuando tengo ganas de tocar la guitarra. Estoy que casi ni compongo; lo que sí tengo son nuevos parlamentos…Yo pensé que iba a vivir de la leyenda a esta edad”, ríe.

¿Luego de sus ocho discos, tiene otro en proyecto?

“No hago discos temáticos sino por periodos, por eso hice uno ahora que se llama Archivos descalcificados que compila 10 canciones a guitarra, de los años `80 y `90 que nunca cayeron en ningún fonograma.

“Poseo como 15 temas que no he terminado, y luego haré el último álbum. Uno más y ya, porque tengo 60 años y pienso vivir de las canciones que hice – ríe de nuevo– ¡Yo en realidad quiero ser novelista!”.

Cuando Frank tiene algo qué decir dudo que la hipocresía lo acompañe. Es un hombre ocurrente y perspicaz, por eso no envejecen sus canciones. Antes que la música, dominó la palabra y no todos los artistas –aedas o juglares– logran conquistar con el verbo a su público.

Sobre el Autor

Yanetsy Ariste

Yanetsy Ariste

Licenciada en Historia del Arte. Periodista del Periódico Guerrillero

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