Actualizado 19 / 07 / 2019

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El barredor de tristezas

Silvio Rodríguez

Silvio Rodríguez. / Foto: Kaloian Santos Cabrera.

Cuando lo escuchaba por televisión y nos reuníamos todos en casa para tararear sus letras; y cuando veía a mi padre disimular las lágrimas que “El Necio” traía a sus ojos, imaginaba tan lejos la posibilidad de ser yo una de las tantas personas que aprovechan el intervalo entre una canción y otra para gritarle: ¡te quiero!

Llevaba varias semanas planificando el encuentro. Sabía que a este no podía faltar. Jesús del Monte, luego del desastre y en medio de la recuperación, estaba de anfitrión. El ángel venía con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amores. “La gira interminable”, después de nueve años, celebraba su concierto número 100 apartando piedras de aquí y basura de allá.

Como de costumbre, haciendo su labor, el enanito llegaría hasta las personas, hasta todo el pueblo, hasta el universo y juntos, seguidores de todas las nacionalidades, compartirían en una de las zonas de la capital más destruidas tras el paso del tornado que impactara a la ciudad a inicios de año. Llegué junto a los típicos capitalinos, indiferentes y adaptados a presenciar eventos de este tipo. Pero no, yo era la típica guajirita pinareña, nerviosa e incapaz de creer que al fin, el gigante feliz hecho leyenda cantaría para mí.

Después de buscarlo desesperada entre la gente, lo encontré poniéndose el suéter, tomando su guitarra y ubicando los audífonos. Ahora sí…llegó el enanito hasta el salón principal, donde siempre hace su tarea mejor. Pero esta vez el enanito era mucho más grande, cantaba como la primera persona natural privilegiada al recibir el sello Aniversario 500 de La Habana.

La bandera cubana, como de costumbre en sus conciertos, adornaba el escenario. Junto al protagonista, sus fieles escuderos, entre ellos esa mujer clara que lo ama sin pedir nada, o casi nada. Tampoco faltó el agradecimiento a los “invisibles imprescindibles”, los principales encargados de llegar oreja adentro, con afán risueño, para enmendar lo roto.

Cuando acaba el silencio y aparece el trino, surge de entre la gente una petición de matrimonio que acompañada por la poesía y la música de Silvio, no pudo tener otra respuesta más que un apasionado sí. Ángel para un final, La Era está pariendo un corazón, América, La Maza, Ojalá y Oleo de mujer con sombrero, barrieron las tristezas del reparto capitalino, en boca de quienes hace solo unas semanas no tenían muchos motivos para cantar.

“¡Qué lindo sonríe!”, comenta una muchacha mientras canta la letra y tararea el ritmo de la música de todas las canciones, incluso, las menos conocidas por la mayoría del público. Yo no pude evitar coincidir y pensar en que ojalá nada apague su palabra precisa y su sonrisa perfecta.

Después de tres horas de concierto entre gritos de fanáticas enamoradas, peticiones de una u otra canción y coros que se escuchaban en los barrios por donde el trovador había dejado ya su poesía, se marchó esa personita feliz, el reparador de sueños.

Pero Silvio Rodríguez y su público se despidieron con la certeza de “contar hasta cien y luego seguir…” seguir construyendo herramientas para llegar al motor donde está la luz y, como en Jesús del Monte, continuar trocando lo sucio en oro.

Sobre el Autor

Lianet Suárez Reyes

Lianet Suárez Reyes

Estudiante de Periodismo.

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