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“Un hombre que sueña es un hombre vivo”

Orestes Padrón.

Orestes Padrón.

Cuando era apenas un bulto diminuto en el vientre de su madre, ya estaba escrito que Orestes Padrón sería cantante. Sus primeros recuerdos están asociados a la música, al tres que pulsaba su padre en las tardes, para espantar la fatiga de todo un día de laboreo en el campo.

Los fines de semana, en su casa se juntaban los tíos. Traían sus rústicos instrumentos de percusión y armaban un conjunto para amenizar las noches guajiras de Hoyo `Colorao`, en el condado rural de Sumidero en Minas de Matahambre.

“Los veía ensayar y me volvía loco por tocar con ellos. Quiero decirte que yo aprendí primero a tocar el tres que a leer”, relata Orestes.

En tercer grado lo captaron para la Escuela Vocacional de Arte, pero su padre se opuso a que estudiara música. El muchacho debía ayudar en el trabajo de la vega y lo otro era, según el campesino, una pérdida de tiempo.

“Años más tarde, me mudé por mis propios medios para Piloto y eso fue una bendición para mi vida, pues allí me vinculé con el movimiento de artistas aficionados y encaucé mi carrera de músico.

“Me uní como cantante al grupo Versión, dirigido por mi gran amigo “El Prida”. Compré además mi primera guitarra y aprendí a dominar este bello instrumento.

“Fueron tiempos muy lindos. Tocábamos en los carnavales de Minas, Los Palacios, San Cristóbal… Íbamos de pueblo en pueblo regalando nuestro arte y la gente llenaba los locales para vernos.

“Eso era en las noches, porque por el día yo trabajaba en las granjas locales y en una CPA cultivando tabaco”.

También se ocupaba de las tierras colindantes a su vivienda. Mientras aguijaba a los bueyes para que araran el suelo, Orestes cantaba y un día como otro cualquiera, alguien se detuvo a escucharle. Era un señor en bicicleta.

“La bicicleta tenía un cajón y sospeché que aquel hombre estaba interesado en los mangos nuestros, pero en cambio me dijo lo siguiente:

`Oye, tú cantas muy bien. Llevo unos minutos aquí a la escucha y me ha gustado tu voz. Mi nombre es Amparo y soy el director de la orquesta Hermanos Palacios`, se presentó. Acto seguido me dijo: `Queremos hacer próximamente un show en el cabaré Rancho Club de Consolación y andamos buscando cantantes. ¿Por qué no te animas y audicionas? `”

Orestes no cabía en sí de tanta dicha y agradecido, llenó de mangos el cajón de aquel músico que dios había puesto en su camino.

“El martes por la mañana me puse mi mejor camisa y me presenté a las audiciones en el cabaré Rancho Club. Allí estaba Amparo con su orquesta y me preguntó qué temas conocía.

“Le dije que me sabía Son de la loma, Lágrimas negras, Negra Tomasa y “Guayabita del Pinar. Canté esta última y parece que les gustó mi interpretación porque enseguida me contrataron.

“Ese mismo día vendí el arado y el resto de aperos de labranza y me volqué completo en la música.

“Aquel primer espectáculo se llamó Soy Guajiro y mira que gracioso, desde entonces Consolación me bautizó como Orestes el Guajiro.

“15 años estuve cantando con los Hermanos Palacios. Mucho tengo que agradecer a esta agrupación por todas las enseñanzas que dejó en mí. Luego decidí hacerme solista y empecé a presentarme en el polo turístico de Viñales.

“A veces uno, inmerso en la rutina de ganar el pan de cada día, suele conformarse con el lugar a donde ha escalado. Entonces llega alguien lleno de energía y te ofrece su mano amiga para que avances unos peldaños más; y eso fue justamente lo que me sucedió con Eloína Márquez, poetisa consolareña a la que conocí por casualidad en una fiesta familiar.

“Ella radica desde hace muchos años en Nueva York pero nunca ha olvidado sus raíces y viene a la Isla cada vez que tiene oportunidad para refugiarse en el calor de su gente amada.

“Elo me mostró su libro El sentir de una mujer cubana y me propuso musicalizar algunos poemas. Desde entonces hemos trabajado de conjunto en la conformación de dos discos independientes Buscando suerte y Al fin llegó, que actualmente están siendo radiados por Radio Rebelde, Radio Progreso y Radio Cadena Habana.

“Pensé que a mis 50 años había llegado todo lo lejos que podía como profesional y ya ves. Ahora tengo la cabeza llena de proyectos y voy contento por la vida, porque no hay nada que ayude más a una persona que soñar. Un hombre que sueña es un hombre vivo”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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