Actualizado 22 / 05 / 2019

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Twitter Youtube  Rss 

22ºC
33ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

Del cinematógrafo a la gran pantalla en Cuba

Vampiros en La Habana, de Juan Padrón, rompió el récord de taquilla en su estreno y está considerada internacionalmente como un excelente filme de animación.

Vampiros en La Habana, de Juan Padrón, rompió el récord de taquilla en su estreno y está considerada internacionalmente como un excelente filme de animación.

Con motivo del aniversario 60 del Icaic, Guerrillero aborda algunos apuntes de la historia del cine cubano.

Recién iniciaba el año 1987 y un francés de nombre Gabriel Veyre desembarcaba en Cuba con un especial equipaje. Imagine a este hombre, vestido según la usanza de finales del siglo XIX, presentando cerca del teatro Tacón en La Habana un invento que estaba revolucionando el mundo. Se trataba del cinematógrafo Lumiére. El señor Veyre fue el primero en mostrarlo dentro del territorio insular.

Por aquellos años, Cuba vivía la conmoción independentista de la Guerra Necesaria. España se aferraba en mantener su ya menguante imperio sobre la isla. Por eso, no resulta extraño que la metrópoli accediese a que el francés mostrara al público habanero el invento, si podía sacar ventajas publicitarias del suceso. De hecho, el programa de las presentaciones incluía materiales como La Puerta del Sol en Madrid, La artillería española en combate o Desfile de una caballería mora.

Aunque Gabriel Veyre permaneció en Cuba solo hasta mayo de ese año, aprovechó e hizo –a petición de la actriz española María Tobau, simpatizante de la regenta– la filmación de Simulacro de incendio, corto en el que participarían los Bomberos del Comercio de La Habana, quienes eran incondicionales a la Corona.

Aunque fue el primer corto filmado en la isla, Simulacro de incendio no fue realizado por un cubano. Ese mérito le corresponde al actor Jesús Esteban Casasús, quien filmó en 1898 el material publicitario El brujo desaparecido, que promocionaba una casa productora de cerveza… Así que desde la introducción del cinematógrafo en la isla y hasta que comenzamos a emplearlo en nuestro beneficio, transcurrió solo un breve plazo.

Lo interesante es que, desde aquellos tiempos, quizás por la propia situación política del país, ya se vislumbraba el nacionalismo en los materiales cinematográficos. Sin embargo, la mayoría de las personas piensan que eso es un fenómeno adjudicable solo al cine cubano luego de 1959, teoría que algunos autores como Juan Antonio García Borrero desmintieron.

Para el documentalista, “el nacionalismo se expresa en el abordaje de temáticas que se aproximan a los sucesos acaecidos en la isla, ya sean derivados de las prácticas sociales o como legitimación del orden político dominante”.

El mejor ejemplo de realizador prerrevolucionario abocado a los presupuestos de la nación fue Enrique Díaz Quesada, pionero en la industria cinematográfica cubana.

Con solo 20 años fundó The Moving Pictures Co., para ofrecer funciones en los teatros Martí y Albisu; donde también presentó las noticias locales, que él mismo rodaba bajo el nombre Cuba al día. Su filmografía revela títulos como El capitán mambí (1914), La manigua o La mujer cubana (1915) y El rescate del brigadier Sanguily (1917).

Emmanuel Vincenot contaba que durante la guerra hispano cubana norteamericana, empresas estadounidenses como Edison o Biograph filmaron numerosos documentales. Luego, el fin de la ofensiva no fijó la terminación de los rodajes, todo lo contrario.

En los años que siguieron al conflicto muchas empresas de Nueva York enviaron sus equipos a la isla para filmar a sus habitantes y sus paisajes. Cuba experimentaba un boom económico seductor. Los primeros filmes realizados después de la guerra fueron documentales y parecen haber tenido un contenido esencialmente turístico, argumentaba.

Vincenot precisó, además: “Las ventajas que ofrecía Cuba como lugar de rodaje eran dobles: primero había un factor climático (filmar en Cuba en invierno no planteaba ninguna dificultad); luego intervinieron argumentos económicos (aumentaba el costo de producción, pero el atractivo paisajístico de Cuba permitía anticipar éxitos de taquilla).

Aquellos filmes creaban estereotipos de los habitantes de la Isla y recreaban el país como un espacio romántico. Aunque es inobjetable que esa producción superó la local, al menos en los primeros años del siglo XX y prueba que, en efecto, la época del cine mudo en Cuba estuvo marcada por una intensa actividad cinematográfica de origen norteamericano.

Por desgracia, la casi totalidad de aquellos materiales silentes (de origen nacional y extranjero) se perdieron y poco puede conjeturarse de la estética de la época. Sí se conoce que los actores que intervinieron en los repartos de las películas provenían del ambiente teatral y de la radio. No obstante, la escena cubana contó con destacadas vedettes, entre las más populares podrían citarse Blanquita Amaro, María de los Ángeles Santana y Rosita Fornés.

El primer largometraje parlante de la cinematografía nacional fue La serpiente roja (1937) de Ernesto Caparrós, inspirada en una popular serie radial escrita por Félix B. Caignet sobre el detective chino Chan Li Po.

Reynaldo González la definió como una rareza. “Una historia policíaca en un país sin tradición literaria de este tipo. Su anécdota no ocurría en Cuba, cuando la reciente República vivía un auge de nacionalismo tan sufrido como ritual (…) pero fue un taquillazo y no hubo diferencias de clases sociales en las colas para acceder a las lunetas”.

De 1940 hasta la caída de Batista, según el profesor y periodista José Manuel Valdés-Rodríguez, no hay un filme merecedor de atención como expresión de lo nuestro. “Fuera de Siete muertes a plazo fijo (1950), que estuvo bien realizada cinematográficamente dentro del género del crimen y misterio, pero carente de singularidad nacional, y Casta de roble (1954) que pretende tratar el problema de la tierra y la explotación campesina y queda en mero pintoresquismo vacío y sin pretensiones”, alega como excepciones.

En marzo de 1959 se funda el Instituto del Arte y la Industria Cinematográfico (Icaic). En su acta fundacional quedaba sentado que “el cine constituye por virtud de sus características un instrumento de opinión y formación de la conciencia individual y colectiva (…) un llamado a la conciencia a contribuir a liquidar la ignorancia, a dilucidar problemas, a formular soluciones y a plantear dramática y contemporáneamente los grandes conflictos del hombre y la humanidad”.

Desde entonces su labor –al decir por Marta Díaz y Joel del Río en su libro Los cien caminos del cine cubano– “ha constituido en su diálogo incesante con las instancias gubernamentales, en tratar de demostrar que tiene tanta o mayor relevancia artística y social un cine anticonformista, que devele, critique y denuncie, como el destinado a propagar y suscribir las bondades del sistema imperante”.

Los estudiosos coinciden en que los dos grandes temas del cine cubano entre 1959 y principios de los años `80 fueron el subdesarrollo y la historia nacional, al margen de la genérica típica de Hollywood.

El periodo especial que palmó nuestra economía y la emigración, como consecuencia, marcaron los temas de los argumentos de las películas en los `90. Por suerte, en ese tiempo se fundan un mayor número de casas productoras de video para responder a la necesidad de au-diovisuales.

Ya en el siglo XXI florece el cine independiente, apoyado en las nuevas tecnologías, junto al relevantemecanismo de las coproducciones. Muy importante: el Icaic emprendió la restauración y digitalización del patrimonio cinematográfico, excelente praxis que resguarda nuestra identidad.

De Veyre a Díaz Quesada, y de él a Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás; o de ellos a Pavel Giroud o Fernando Pérez, el cine cubano ha evolucionado sin duda, a través de los contextos históricos y sus circunstancias.

No somos los mismos espectadores de 1897, sorprendidos por cortos sobre estampas cotidianas. Hoy estamos permeados por múltiples tendencias foráneas y tecnológicas. Somos cada día más exigentes, pero la gracia particular, el choteo, el jolgorio de nuestra cultura continúan en la filmografía actual; con nuevas formas de decir y otros recursos técnicos, aún presentes.

Sobre el Autor

Yanetsy Ariste

Yanetsy Ariste

Licenciada en Historia del Arte. Periodista del Periódico Guerrillero

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero