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¡Bravoooo!...

Los herederos, de la compañía lírica Ernesto Lecuona.

Bravoooo!... Desde la luneta así grité varias veces como sucedía en los buenos tiempos de cualquier teatro capitalino, pero junto a mí muchas, muchas otras voces se alzaron la noche de la première del pasado viernes en la sala del teatro Milanés. De regreso a casa, solo 40 minutos después, ya estaba teclado en mano, y tuve muy a bien escribir estas líneas cuando todavía la emoción se adueñaba de mi psiquis.

No será el crítico literario quien comente, será el espectador común que quiere agradecer un resultado bien logrado. Me refiero a la puesta en escena de Los herederos, a cargo de la compañía lírica Ernesto Lecuona, que acaba de confirmar lo que desde ya hace un tiempo atrás ha venido prometiendo: es posible y hasta necesario –sin traicionar el género lírico– ensanchar el repertorio, ganarse nuevamente un público, para luego ir graduando o si se quiere dosificando las ofertas que vayan in crescendo a fijar la parada.

Esa ha sido la estrategia inteligente del experimentado director general Francisco Alonso y ya hoy se consigue una sala llena de público de todas las edades. En esta ocasión se trata, nada más y nada menos, que de una comedia musical, con todos los consabidos desafíos que ella implica. Comedia musical sin comediantes musicales, pero sí con un grupo de actores en desarrollo a los que cada día se les pide más porque talento y potencialidades tienen. Se trata, me decían ellos mismos, de un trabajo en equipo, aunque sé que sobresale la pericia de Dunieski Jo como responsable del texto y la puesta misma, así como la dirección actoral del respetado profesor Julio César Pérez.

Los herederos de la compañía lírica Ernesto Lecuona.

Se alcanzó –y que conste, era la primera noche de viernes– un sorprendente estado empático entre artistas y público. Todo salió bien: montajes coreográficos, transiciones entre parlamentos y canciones, luces, sonido… Un vestuario lleno de colorido y funcionalidad reforzó la atractiva escenografía. Me parecía por momentos estar viendo estampas del bufo o del teatro costumbrista más ortodoxo, con una cubanidad y una picardía que nunca rozó con la más mínima concesión vulgar, ni siquiera en el personaje más popular del afeminado Yoyo, quien merece una mención especial.

La selección musical fue –a mi modo de ver– muy atinada, y sirvió para subrayar ese sabor de lo nuestro que junto al tono satírico han acompañado los momentos más felices de la historia del teatro cubano.

Estoy seguro de que segunda y tercera noches de este pasado fin de semana pudieron pulir cualquier desliz técnico, pero sobre todo doy fe de que es una estupenda propuesta para disfrutar, para pasarla bien.

No sé cuánto pudiera mantenerse en cartelera, pero sí sé que los pinareños no debieran perder esta oportunidad que nos confirma el magnífico estado de salud de esta compañía. De nuevo aplausos y bravoooooooooooooooooos.

Sobre el Autor

Luis Pérez González

Luis Pérez González

Miembro de la Uneac

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