Actualizado 15 / 11 / 2018

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Por festejos populares más creativos

Fiestas Populares 2018 en Pinar del Río. / Foto: Susana Rodríguez Ortega

Fiestas Populares 2018 en Pinar del Río. / Foto: Susana Rodríguez Ortega

Mucha gente odia las fiestas populares por el ambiente de marginalidad que aflora en las calles, por la bullaranga, las aglomeraciones, los conflictos, en fin… tantos y tantos motivos. Yo en especial las disfruto bastante y las asocio a otros significados más alentadores, como el de compartir tiempo en familia.

Mi mamá, empeñada en que mi hermana y yo perdiéramos la timidez a toda costa, nos apuntó de niñas como bailarinas en la carroza infantil del Combinado, que dirigía por entonces la coreógrafa Yamila. Fue un sueño subirse arriba de aquel tractor, lanzar caramelos a los espectadores y bailar mal que bien, al ritmo de aquel tema discotequero de los `90 con su pegajoso estribillo: “Tumba la casa, tumba la casa”. Poco nos importaba sudar a mares dentro de nuestros disfraces. No podíamos ser más felices.

Cada año, durante los festejos populares, revivo en mi cabeza aquellos días de la infancia. Creo que la recién finalizada edición fue superior a otras en cuanto a organización y estética.

Me sorprendió el cuidado puesto en el diseño y pintura de los quioscos y el acabado de las carrozas. Por cinco pesos tan solo pude disfrutar, desde mi palco, de todo el paseo.

A muchos les disgustó que se eligiera de nuevo como escenario de la celebración el Vial Colón, alegando su lejanía; sin embargo, considero más atinado el uso de este espacio, amplio para el montaje de palcos y puestos de venta que no podrían instalarse en la avenida principal con igual éxito. Trasladar de sede el jolgorio constituye también una forma de preservar los valores patrimoniales de la avenida José Martí. Quizás debiera diseñarse para próximas ocasiones un sistema de transportación mejor pensado que garantice, sobre todo, el retorno hacia los barrios apartados de la ciudad.

Otra cuestión negativa fue el costo de las ofertas de los cuentapropistas. Según me contó una colega, el acceso a los aparatos infantiles de diversión aumentó en cinco pesos en relación con el año precedente. ¿Acaso no se pueden topar estos precios?
Las carrozas de Bejucal, por su parte, impresionaron al público. Dentro de sus bases ahuecadas, se escondían paneles y más paneles que iban ascendiendo de a poco, hasta alcanzar los 20 metros de altura. Los artistas, allá arriba, se movían plenos de luces y de alegría. Hubo danza, música, teatro y artes plásticas en un mismo espectáculo.

Las charangas de Bejucal tienen su origen en la época de los esclavos. El poblado, situado en la actual provincia Mayabeque, se agrupó más tarde en dos bandos: La musicanga, integrado por mulatos y negros, y Los Malayos, compuesto por españoles y criollos lacayos de la corona. Esos bandos se llamarían luego La ceiba de plata y La espina de oro, respectivamente. La gente de estos lares se divide todavía en sendos grupos, para ver quien logra el mejor decorado y cuenta, a través del baile, la historia más genial.

Los pinareños deberíamos considerar este referente: aprender de los mejores maestros. No se trata de imitarlos, pero sí de mirarnos hacia dentro y pensar unas fiestas populares cada vez más parecidas a nosotros, en el que el protagonismo lo cobre el arte en lugar de la cerveza dispensada. La tradición ha de pulsar más fuerte sobre las plataformas de nuestras carrozas. No debemos limitarnos a interpretar año tras año las canciones del momento. El objetivo estriba en diseñar espectáculos integradores. Imaginemos más.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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