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Una ventana al mar desde el arte pinareño

Obra de Humberto Hernández. / Foto tomada de Internet

Obra de Humberto Hernández. / Foto tomada de Internet

A propósito que hoy es el Día Internacional de los Océanos, quisiera referirme al mar como tema abordado dentro del arte pinareño. Los ejemplos han llegado haciendo uso de memoria o a través del comentario de algún conocido. No creo representen el total de los exponentes, aunque bastarán para ofrecer un panorama temático en torno a la música, la pintura y la literatura.

Cuando se define la identidad pinareña se piensa en las vegas de tabaco, en los prehistóricos mogotes, en la guayabita del pinar… ¿y en el mar?... Exacto. Éste queda rezagado en la lista imaginaria. Sin embargo, perfila cada roca de nuestra geografía.

El mar es más que una gran extensión de agua, con sus costas, cayos y bahías. La Patria nos percibe como “criaturas de isla”. Estamos “curtidos de azul y sal” al interior del torrente sanguíneo.

Por esa razón, muchos de los artistas de esta tierra lo han evocado en sus composiciones. Cada uno desde un lente particular, con distinta significación.

En el caso de la música,  Pedro Junco, uno de los más internacionales compositores de la provincia (y también de los más enamorados), le dedicó espacio en el bolero Me lo dijo el mar: “(…) que tú me querías y hoy en la memoria surge aquella historia hecha de emoción”, dedicado a la matancera Rosa América Cohalla, 11 años mayor que él.

También quedó plasmado con nostalgia en su letra de Llanto, luna y mar, canción musicalizada por el artemiseño Luis César Núñez González. En ella Pedro expresa: “(…) son para mi amor, como las estrellas para el cielo son, penas de un vivir, triste sollozar, lágrimas de un alma que quiso recordar”. Por tanto, para el artista, el mar estaba incuestionablemente ligado al amor.

Otro grande de la melodía, el compositor y pianista Julio César Estupiñan, creó e interpretó la pieza instrumental Cerca del mar para el disco Luna franca. Maestra ejecución de ritmo ágil que sugiere el gozo, la lozanía con la que se descubre el agua; y traslada al oyente a una imagen jubilosa bajo el sol.

Si de pintura se trata, podemos mencionar los lienzos de Raúl Fernández Morejón, Humberto Hernández Martínez (El Negro) y Margarita Fernández Cruz.
 
Raúl referencia la vida portuaria en La Coloma. En su obra subyace el elemento humano y social. Le interesa el paso del tiempo, la acción inconmensurable de la naturaleza sobre lo creado por la mano del individuo y lo manifiesta a través de la corrosión del casco naviero. Sus barcos  parecen varados sobre el espejo líquido; en un ambiente colorido que rememora los últimos minutos del alba o los primeros del ocaso.

Humberto, nacido en Puerto Esperanza, proviene de brisa salobre. El mar está tácito en su obra: tras una atmósfera tormentosa que azota los bohíos del litoral. El agua, la tierra, el trueno (sugerido) reflejan los orichas; la formación ética y religiosa legada por sus ancestros.

Margarita asume el paisaje marino como hogar de seres legendarios (sirenas y tritones). Su acercamiento es mediante la fantasía. Aunque podría entenderse a sus personajes como híbridos entre el género humano y los peces; porque la autora nos siente parte indisoluble de los océanos y viceversa.

No obstante, es en la literatura en la que se ha abordado el tema con mayor frecuencia. Dentro del género poético vienen a mi mente los textos Levanta tus manos sobre el mar: digo y La catedral marina, de José H. Garrido Pérez y José Álvarez Baragaño, respectivamente, poetas “malditos” a quienes la muerte les llegó temprano, a pesar del vasto talento.

En la contemporaneidad Evelyn Calzada en su Marinas con elefantes blancos, lo asume como símbolo de separación y desarraigo. Mariene Lufriú lo hace desde una perspectiva confidente: “Le dije (…) que te fuiste y él tampoco se acostumbra”, en su poema de amor Le dije al mar.

Respecto el género narrativo, podría mencionar a Luis Remedios con su libro Cuentos de La Coloma, cuando lo pondera como elemento vitalicio para el desarrollo de la comunidad y sus leyendas. Jorge Luis Lufriú, sin embargo, en el cuento La naranja plástica lo plantea como alegoría de la emigración: “Al frente, el mar, mudo, inmenso y unos pedazos de color naranja flotando en el agua”, relata en el cierre de la narración, y el lector siente que el mar le arrancó hasta la esperanza.

Lo cierto es que frente al hondo añil de la costa una persona podría encontrarse a sí misma. No vamos a él solo para relajarnos sino también para inspirarnos, para conseguir fuerzas que nos permitan combatir el hastío cotidiano. El mar es el sustento material y espiritual de muchos.
 
Plasmarlo en el arte es solo una forma de recordar que existe para engrandecer la vida.

Sobre el Autor

Yanetsy Ariste

Yanetsy Ariste

Licenciada en Historia del Arte. Especialista de Comunicación externa de Radio Guamá.

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