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Néstor y los ilustradores de sueños

Néstor Montes de Oca

Es uno de esos sábados nublados de octubre. Varios niños dibujan sobre la mesa grande de uno de los salones del centro Hermanos Loynaz. El local es ventilado, pero la luz natural que entra por las puertas parece insuficiente.

Afuera quiere llover, y adentro el maestro de pintura, Néstor Montes de Oca, dramatiza un pasaje de la novela Un rey en el jardín, del escritor cubano Senel Paz. La historia va de una casa antigua, jorobada, repleta de bártulos y recuerdos familiares. Se habla también de un niño que sale a caminar del brazo de su madre:

...Cuando vinimos a ver estábamos frente a un campo de girasoles, y a mamá le gustaron tanto que dijo: '¡Qué belleza!'. Se sacó la blusa y sus dos alas enormes se soltaron. Mamá parecía una paloma... De pronto me alertó:

-¡Niño, mira, el cielo está cogiendo candela!

-No mamá, no es candela, fíjate bien, es una manada de caballos rojos que viene a todo galope.

Y cuando el caballo rojo vio a mamá, se le encendió la crin, relinchó, caracoleó, hizo todo lo más lindo que sabía hacer porque se enamoró de mamá, y la invitó a cabalgar por toda la inmensidad de la sabana.

Néstor imita el relincho del animal, el sonido de los cascos golpeando el suelo; en tanto los niños, se pierden en el relato...

-Profe, ¿debo pintar un caballo con alas?, le pregunta uno de los más chicos, seis años tendrá a lo sumo.

-Bueno, hay un caballo mitológico que tiene alas, se llama Pegaso y lo inventaron los griegos; pero vamos a hacer el caballo cubano, con la crin encendida, echando chispas y enamorado de mamá, responde Néstor.

-¿Sabe algo, profe?, lo interpela una muchachita de ojos expresivos y largo cabello castaño, entonces, como si viniera al caso, cuenta lo que para ella fue un raro suceso:

-Temprano en la mañana, cuando veníamos de camino, aquella niña y yo (señala a una de sus compañeras) vimos a una monja en la calle. La monja nos dijo adiós y se sonrió.

-Tu vivencia es muy interesante, pero ahora nos vamos a concentrar en llevar al papel la historia que les he narrado, le indica el maestro.

-Yo voy a pintar una casa de campo, muchas matas de rosas, y a mamá volando en el caballo por encima de la casa, apunta la misma niña parlanchina.

***
Néstor Montes de OcaLos pequeños se ponen a trabajar y Néstor aprovecha para hablarme de su útil trabajo al frente del taller Ilustrando un sueño, reconocido recientemente como Grupo Representativo Nacional.

“Todo comenzó una mañana, hace ya cinco años. Juan Silvio Cabrera Albert, gestor y líder del proyecto sociocultural comunitario Crearte, me propuso trabajar los fines de semana con los hijos de los profesores de la universidad”, refiere y agrega:

“Al principio dudé, era un proyecto inmaduro todavía y yo llevaba demasiado tiempo alejado de la docencia, pero vi que la idea era hermosa y me lancé”.

El taller se sustenta en una visión humanista de la enseñanza artística. La literatura para niños deviene agente motivador para la ilustración gráfica de cuentos y poemas.

“El libro es, a decir de la investigadora Martha Roja, ese vehículo cultural, íntimo. Otra creadora, Cristina Nostingler, apunta que los libros te pueden ayudar a encontrar qué gritar, por qué luchar, con quiénes asociarte y dónde puedes comenzar a cambiar las cosas.

Ellos te ayudan de una manera tal como no puede nadie más.

“La narración de un cuento permite a los niños expandirse, descifrar, imaginar. Cuando grafican lo que escuchan, entonces hacen suya la historia para siempre. Se trata de una dualidad de aprendizaje, un doble camino que potenciará personas creativas y seguras. Si de grandes estos no llegan a ser pintores, diseñadores o poetas, por lo menos serán mejores hombres”.

¿Qué textos trabaja durante los encuentros?

“Fundamentalmente las obras de autores pinareños. No puedo dejar de mencionar Cuentos de Nato, de Nersys Felipe; Papá de Cartulina, un relato de María Caridad González; Los hijos del vendedor de tinajas, de René Valdés; y Camino del Río Seco, de Alberto Peraza, que trata el tema antológico de la casa de familia. Le tengo especial aprecio a este poemario. Sucede que fue el primer libro que ilustré cuando fungía como diseñador de las colecciones para niños Brujita y Chicuelo del sello editorial Hermanos Loynaz.

“Otro título esencial por su fuerza y lirismo es Maíz desgranado, de Nelson Simón. Su lectura motivó a los talleristas a realizar una pintura mural aquí en el centro Hermanos Loynaz”.

Néstor Montes de Oca ha compartido además sus propios cuentos como La vaca Paca, El pueblo de los sucesos raros y La historia de Pancho Garrancho. Cada sábado revela su histrionismo, ataviado como el payaso Comebolas, o haciéndose acompañar por sus títeres de guante.

Como parte de su quehacer comunitario, Ilustrando un sueño se ha presentado en peñas artísticas y literarias, galas culturales y festejos por la reanimación sociocultural de los parques de la ciudad.

“Gracias a la pujanza y entrega de Juan Silvio, hemos presentado exposiciones colectivas en la sede provincial de la Uneac y en la finca agroecológica Doña Amalia. Tenemos un club de Paisaje que realiza excursiones con fines artístico-educativos a lugares de incuestionable belleza como el Valle de Viñales. Allí, al aire libre, los muchachos trabajan y el resultado es increíble.

“A menudo realizamos también una acción frente a la biblioteca Ramón González Coro que se llama Tizas sobre el asfalto. Es una invitación a crear que hacemos extensiva a todos los espectadores”.

¿Cuánto le reconforta a usted enseñar?

“Desde que el niño, a la edad más temprana, siente la necesidad emocional de manifestarse a través de la creación plástica, ya sea cuando coge un tejo y traza figuras sobre la acera o en esos dibujos espontáneos de los dedos sobre la arena, estamos en presencia de un artista en potencia, y es precisamente ahí que la labor del maestro cobra significado. Es pertinente captarlo, crear un ambiente favorable con materia pictográfica, lápices de dibujo y un soporte material para que vuelque toda su fantasía.

“Educar me hace feliz, es mi modo de devolver lo que otros hicieron por mí. Mis padres fueron mis primeros maestros. Yo era uno de esos pequeños que dibujaba las paredes del hogar y andaba todo el día con la cara salpicaba de pintura.

“Quisiera que me permitieras despedir esta entrevista con una frase de Dulce María Loynaz” –pide el artista–. “Dulce era dueña de una poética natural espontánea acerca de las cosas simples del entorno humano, que me ha permitido encontrarme al dejar dicho: ‘Uno no es uno, sino su amor’”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - Generoso Rodriguez Blanco

    Muy inreresante el trabajo con los niños pues despierta sus capacidades
    Escribo desde mexico
    Felicidades a mi nieto Jose Daniel

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