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Pinar del Río: el verdadero hogar de Chicuelo

Libro de cuentos

Corría el año 1921, cuando el actor, guionista y director de cine Charles Chaplin estrenó, junto al pequeño Jackie Coogan, su película Chicuelo, uno de los clásicos del cine silente que aún cautiva a los espectadores.

En ese primer Chicuelo, una madre abandona a su hijo no deseado en un automóvil, allí lo encuentra un alegre, despreocupado e inocente vagabundo. En varias ocasiones dicho vagabundo intenta deshacerse del bebé debido a la pobreza extrema en que vive, pero siempre se compadece de él y decide asumir su crianza hasta que alcanza cinco años. A pesar de su extrema pobreza, ambos sobreviven tranquilos y felices.

Años más tarde la madre, convertida en una actriz famosa, se dedica, para aliviar su cargo de conciencia, a repartir juguetes entre los niños pobres, sin imaginar que entre esos niños se encuentra su hijo. Hasta que un día lo descubre y vuelven a vivir juntos, con ellos se llevan a ese alegre, despreocupado e inocente vagabundo que a fuerza de cariño se había convertido en el padre del Chicuelo.

Cuando Teresita Fernández escribía “A las cosas que son feas, ponles un poco de amor y verás que la tristeza va cambiando de color”, uno de las imágenes más logradas de la cancionística infantil cubana, resumiría el sentido de aquella película que, más allá de una excelente realización, sobresale por una historia en donde el amor de un padre trasmuta en colores alegres todo el gris del contexto donde crece el pequeño.

El propio Chaplin no sabría entonces que con su Chicuelo estaría brindándole al mundo una imagen que simbolizaba el optimismo, la concreción de lo supuestamente utópico, la derrota de lo material por lo espiritual, la fe del hombre en el hombre mismo.

Reconociendo quizás la importancia de este Chicuelo como símbolo que incide en la formación de las jóvenes generaciones de cubanos, el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz, creó para su sello editorial: Ediciones Loynaz, la colección de libros para niños que lleva dicho nombre, y más tarde un concurso provincial homónimo de cuentos para niños, adolescentes y jóvenes, cuyo fin sería tributar obras a dicha colección.

En este 2016, a noventa y cinco años de estrenado el filme de Chaplin y a los diecisiete de haberse publicado el primer libro en la colección, se edita este conjunto de textos, los premiados en el concurso, bajo el nombre de Cuentos de Chicuelo y aunque está firmada por José Raúl Fraguela y Vivian M. González, prefiero jugarle una trampa al tiempo y pensar que estas historias, manuscritas, fueron las mismas que, hace casi un siglo, le leía el vagabundo a su Chicuelo. Prefiero creer que cada una influyó en la personalidad de aquel niño ocurrente, travieso y bondadoso y que ahora, como conjunto, serán leídos a los niños cubanos para influir de la misma forma en ellos.

Dieciséis cuentos de doce autores pinareños integran esta selección que viene siendo, además, un panorama del movimiento literario dedicado a los niños, adolescentes y jóvenes en la provincia, ya que algunas de sus principales voces están publicadas aquí; voces que, al unirse, consolidan uno de los oasis más refrescantes del género en la Isla.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, a pesar de los encuentros, lecturas y antologías que cada año se propician entre autores de las diferentes provincias, los autores pinareños no se contaminan, y alejados de modas e imposiciones, mantienen su propio estilo —influenciado, por supuesto, por la vida y obra de Nersys Felipe— que les ha permitido consolidarse como grupo.

La referencia constante a su Pinar, lleno de animales de corral, palmas, casas de tejas y gente sencilla, pero feliz como es la gente del campo, aparece en cada una de estas historias. En ocasiones los autores lo tratan de disfrazar y hablan de “Pueblopintado”, “Pueblo Chico”, o “El pueblo de los sucesos raros”, pero en todos se descubre la añoranza por un lugar que, con los años, se aleja cada vez más de los cocales, las pomarrosas o los riachuelos, aquel sitio que motivó a Dora Alonso a escogerlo como sitio de reposo.

“¿Y nosotros ¿qué haremos sin el verdor de las lomas, las puestas de sol, sin la fragancia de flores y frutas?”, se preguntan los habitantes de una de estas historias y uno siente que esa interrogante salta detrás de cada una de las páginas del libro, dejando al descubierto el miedo de que se convierta su Pinar en la típica y aburrida gran ciudad, llena de carros, tiendas, humo y luces.

Otro elemento que aúna a estos Chicuelo, es la herencia del folclor campesino. Tal como aparece en El Valle de la Pájara Pinta, de Dora Alonso, o en Román Elé, de Nersys Felipe, los protagonistas aquí rebosan cubanía, una identidad de colores vivos, de sonidos onomatopéyicos, de frases típicas; orgullo de sentirse, primero cubanos y después, descendientes de la región más occidental de Cuba.

Sin dudas, el hecho de haber podido adueñarse de lo mejor de la tradición de la literatura infantil cubana ha propiciado también que a través de estas historias se respire cubanía. El valor de la garza roja, de la rana Saltarina y del niño que visitó el augur, es legado de los personajes de Onelio Jorge Cardoso. Las descripciones de Néstor Montes de Oca, Bárbara María Vento y José Antonio Linares, recuerdan el colorido de los textos de Dora Alonso. El culto a la familia como espacio sagrado, notable en los cuentos de Eduardo Martínez-Malo y Damián Navarro, deja entrever que los autores compartieron las lecturas de Nersys Felipe.

Maquetauri, Nicoco y Olú del Monte son personajes que, tanto por la sonoridad de sus nombres como por la música que deja escuchar cada una de las imágenes que los acompañan, recuerdan el concierto en que Mirta Aguirre convirtió Juegos y otros poemas.

Y Martí, el Martí humano, amante de la naturaleza y de los hombres, el Martí de la imagen limpia, transparente, despejada de rimbombancias y falsos artilugios, está en cada uno de ellos, pero sobre todo en los textos de Blanca Nieves González, en donde uno descubre que ella también quiere enseñar desde la sensibilidad y el respeto.

Esto es un muestrario de lo que sucede en una provincia que, como a muchos, se me parece a Cenicienta, no porque esté distante, olvidada, huérfana, sino porque puede convertirse ella misma en princesa y generar historias como estas.

Estoy seguro de que, donde quiera que esté, Chaplin estará orgulloso de que su Chicuelo haya encontrado, entre los pinares de este territorio, su verdadero hogar.

Sobre el Autor

Eldys Baratute

Eldys Baratute

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