Actualizado 23 / 08 / 2017

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“Quiero parecerme a mí”

Omar Pérez Arocha

Foto: Januar Valdés

Hace unos días se presentó en la sede de la Uneac el primer título del músico Omar Pérez Arocha: Trovasía, que significa –según el autor–trova más poesía, porque él además de trovador es poeta, hila versos para decir cosas que cree importantes.

Sobre la aventura de su vida, conversamos en la sala de su apartamento, en el reparto Raúl Sánchez (Llamazares). Ya casi al final de nuestra plática sacó su guitarra y me dejó oír una canción que lo retrata:

...Cuesta arriba alma adentro/ voy haciendo lo mejor/ que me permite el oficio de cantor/...Siento voces que se apagan/ por apagar mi razón/ pero hay conmigo cantando un corazón.

...Sigo siendo lo que creo,/ creo lo que hago,/ hago lo que digo./ Digo siempre lo que pienso,/ pienso que por eso,/ no soy bien querido.

...Tanto pronóstico he roto/ por tanta apariencia he sido medido,/ que además de las heridas/ les debo las gracias a mis enemigos.

Omar no descubrió la música, fue al revés: ella se lo topó, niño todavía, con los pies sucios de tierra, encaramado en el framboyán del patio, su único juguete. Las vainas caídas del árbol eran espadas, maracas, tantas cosas...

“Mientras jugaba, oía la radio de mi vecino, que a esas horas sintonizaba religiosamente el programa de Barbarito Diez”, cuenta. “Me aprendí –sin sospecharlo– todas las canciones de la trova tradicional que pasaron por mis oídos. A veces me sorprendo tarareando esos temas que imaginé no saber de memoria.

“Lo primero que cayó en mis manos fue una pequeña filarmónica, tan pequeña como las posibilidades económicas de mis padres lo permitieron un día de reyes. Toda la mañana estuve explorándola. Más tarde fui hasta la casa de un primo mío y llegué tocando Las Mañanitas. Puede parecer exagerado, pero así fue”, dice seguro.

¿Cuándo comenzó a aficionarse por la guitarra?

“Mi hermano alfabetizó en Oriente y le obsequiaron una guitarrita de clavijas de palo que aproveché gustoso. Parecía que tuviese alambres de púa en lugar de cuerdas. La afinaba según como me sonara bien. Jamás tuve maestros. Las notas me llegaban al oído, no sabía sus nombres entonces; pero ellas hablaban conmigo.

“Mi padre no quería que yo fuera músico y metió en mi cabeza el sueño suyo de ser maestro. Me dejé convencer y partí a Minas del Frío, Topes de Collantes y Tarará para formarme como docente. ¡Años enteros lejos de casa estuve!; y apenas ejercí una vez graduado, yo solo pensaba en la música”.

¿Cuál fue la primera canción que compuso?

“A lo mejor decidí olvidarla inconscientemente porque era de esas que uno solo canta a los amigos una noche de descarga en un portal cualquiera. Tomé conciencia de la canción inteligente poco después y empecé a componer temas que son los que recuerdo más. No fui el único. Músicos de toda la Isla, sin ponerse de acuerdo, se volcaron a la creación trovadoresca. Alguien percibió esto y decidió unirnos en el movimiento de la Nueva Trova, del que soy fundador”.

Omar estuvo en Etiopía con la brigada artística Saludos Pinareños, presentando espectáculos para los cubanos de misión. Su guitarra le acompañó también en la guerra de Angola, donde se enroló como soldado.

“Gracias a ella, llevé momentos de paz a mis compañeros extenuados de los rigores del campamento, nostálgicos de su tierra. Allá conocí a otros músicos y conformamos un movimiento artístico que viajaba por las unidades militares diseminadas por el país.

“Un día llegamos muy al sur, no recuerdo el sitio específico, y conocí a un soldadito con una guitarra que me quiso mostrar una canción de su autoría. Terminó de interpretar y le dije: ‘Mira, te equivocaste aquí, y ese acorde lo pusiste mal...’ ‘¡Qué dice, hombre, si el tema es mío!’ , replicó el muchacho, a lo que respondí: ‘No sé cómo llegó tan lejos esta melodía, pero yo la escribí. No sientas pena’, agregué. ‘A mí me alegra que te haya gustado y lo quieras hacer tuya’”.

En diciembre de 1984, el trovador retornó a Cuba y mostró a los suyos las canciones nacidas en África. Conquistó por años consecutivos los premios del concurso de la canción pinareña Pedro Junco. Hace poco, sacaron unas estadísticas de los autores más laureados en la historia del certamen y resultó ser Omar el que encabeza la lista.

¿Cómo define usted la creación?

“Es un momento de necesidad de decir algo, que viene, y que te agrede con caricias”.

¿Qué disfruta más de su profesión?

“El placer de dar. El trovador regala de sí en cada presentación”.

Muchos músicos se apegan a un instrumento en específico mientras dura su carrera. ¿Le ocurre igual a usted? o ¿se adapta con facilidad al cuerpo de cualquier guitarra?

“Guitarras: todas parecen iguales. Por mucho tiempo anduve con una chatarra y escribí cartas a la Empresa de la Música para que la sustituyeran, pero no recibí respuesta. Un día mi amigo Jesusín Cruz, escuchó por teléfono, –con su aguzado oído de ciego– un tema que yo acababa de componer y me dijo: ‘chico, tú no tienes guitarra, esa suena tan raro. Voy a regalarte una mía’. Así me hice de esta que es bastante buena”, y repasa las cuerdas para que yo escuche el sonido limpio de su instrumento.

“En las manos de Jesusín esta guitarra hizo discos con Alejandro Sanz, Pancho Céspedes... tantos grandes artistas que tuvieron la dicha de tenerlo. Extraterrestre musical, le digo yo, pues toca como virtuoso lo mismo el acordeón que la trompeta...”.

Hábleme de su familia.

“Para mí es la mejor del mundo. Somos tan unidos porque nos hicimos en la incertidumbre, en el hambre, en el afán de vencer las necesidades juntos. Tengo dos hijos: Omar, pintor, y Anaira, cantante lírica.

“También en la familia incluyo desde hace un buen tiempo a una persona que está conmigo en los buenos y malos momentos, Rosa María. Ella no es la madre de mis hijos, pero es la mamá de una hija mía, Martita, a quien conocí cuando pionera en una actividad que di por las escuelas hace mucho. Me pidieron que acompañara con la guitarra a una pequeña y yo supuse que cantaría Barquito de papel, esas canciones típicas de la infancia; pero me pidió Hombre que vas creciendo y la interpretó angelicalmente. Años más tarde la rencontré hecha una mujer y me acerqué a su mamá”.

Rosa María le sirve a Omar un vaso con una infusión de sábila que él bebe por la mitad, medio protestón. Luego la mujer me muestra un cuchillo de pesca submarina confeccionado por su compañero con un viejo manubrio de bicicleta y una hoja de acero inoxidable que se encontró tirada en la tierra.

“¡ Mira qué creativo es!”, dice ella.

¿Usted pesca desde hace mucho?, le pregunto a él.

“Desde hace 50 años. Al principio tuve miedo de la mar, luego empecé a entenderla, a enamorarme de su azul. Me siento tan a gusto allá abajo que me atrevo asegurar que hay más peligro aquí, donde estamos sentados que en las profundidades. Pasa que en las películas y documentales muestran a los pobres animalitos como diablos. He escuchado a personas decir: ‘La picúa cuando se berrea te va para arriba’. ¡Oye eso!, se berrea, se pone brava, es humana”, se ríe de su ocurrencia.

El humor siempre ha estado en la obra de este creador, aunque es un hombre formal que con seriedad se expresa y con dulces maneras. Cuenta que antes solía participar en los talleres literarios coordinados por el escritor Raúl Tortosa, donde una vez se debatió el tema de la identidad en los poetas.

El trovador desatendió el diálogo y se puso a componer unas cuantas décimas. Pidió la palabra para hacer pública su creación y Tortosa lo regañó: “Eso no se hace, chico. Vamos a ser profesionales y traer cosas previamente elaboradas y revisadas con cuidado”.

El resto de los talleristas leyó sus obras y cuando llegó el turno de Omar, expuso el mismo trabajo.

“Ya tú ves, eso es otra cosa”, le dijo Tortosa, sin sospechar que el pillo lo había engañado.

Dice la primera décima: Quiero ser como Crusoe/ que sobrevivió por listo/ ser tan noble como Cristo/ tan suave como el aloe/ tenaz comején que roe/ la dureza del jiquí/ tan loco como Dalí/ mordaz como Quasimodo/pero primero que todo/ quiero parecerme a mí.

El poeta aún no determina si es “del Pinar o del Río” o de ambos, sus canciones son abrazos en los que ofrenda su piel, para “demostrar que es fiel” y es que Omar, ante todo, se parece a sí mismo.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - fernando leiva

    Mis respeto a Ud y su aporte a la musica en P.inar del Rio.por su virtuosismo y la poesia que siempre nos trae un mensaje de Amor y amistad.un abrazo desde Toronto Canada

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