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Hacia una verdadera mirada crítica

No existe la crítica teatral en Pinar del Río

No existe la crítica teatral en Pinar del Río

No puedo disimular mi sorpresa ante el reclamo unánime del gremio teatral pinareño de hacer públicas mis consideraciones respecto al papel y función de la crítica, ese eslabón ¿perdido? dentro de nuestro quehacer artístico.

No sé hasta qué punto puedan resultar útiles los criterios de un joven estudiante de Teatrología que aún intenta captar desde las aulas de la Facultad de Arte Teatral, la esencia de un oficio que se adquiere solo con la práctica de los años, el estudio de la herencia teatral precedente, el seguimiento pausado de las prácticas escénicas contemporáneas y, sobre todo, la recepción plural de un sinnúmero de espectáculos de diversa naturaleza. precisamente, ahí radica una condición ineludible del crítico teatral: ser un incansable devorador de teatro, no solo del que se gesta en su radio más inmediato, sino del que se produce a escalas geográficas de mayor alcance. Pero volviendo al inicio, ¿cuál fue el detonante que motivó a los creadores, esos cuya relación con la crítica ha sido históricamente tensa, a formar un bloque compacto de indignación? Nada más y nada menos que la publicación de una reseña que cuestiona los supuestos deslices artísticos de una reciente puesta en escena, firmado por un cronista cuyo nombre me reservo en nombre de la ética. Advierto que no pretendo iniciar una bronca intelectual al mejor estilo piñeriano, más bien intento servir de mediador para apaciguar las aguas y de cierta manera, poner ciertos puntos sobre ciertas íes. Y es que los artistas no son para nada santos. Cuando aparece una reseña que favorece el espectáculo la recortan gustosos con vistas a preparar impecables dossiers. Pero si la crítica va en sentido contrario, el reclamo no se hace esperar. Nuestra provincia carece de una cultura del debate y aunque en los últimos años han surgido iniciativas como el taller itinerante de la crítica, la ausencia de espacios de diálogo fecundo es cada vez más palpable. No contamos con un solo teatrólogo que haya inclinado su perfil hacia la crítica en tanto género, y los pocos que se mantienen activos se han dedicado a la labor de asesoría en el seno de los grupos. Las publicaciones especializadas, en franco desfasaje con los espectáculos en cartelera, no sirven para aconsejar la curiosidad de algún aficionado interesado en asistir a las salas teatrales. Hace años que ningún crítico tiene una sección en las páginas de Guerrillero, labor meritoria que llevó hasta su muerte Aldo Martínez Malo, pero que en la actualidad han tenido que asumir con mayor o menor suerte los propios periodistas, cuyos conocimientos apreciativos resultan obviamente demasiado generales. Esto explica tal desconcierto. finalmente aparece un artículo que procura descomponer un espectáculo y no tardan en sonar las alarmas, actitud que debe ser revertida procurando encuentros y estrategias de diálogo entre la crítica y los creadores, en aras de la comprensión mutua. Pero veamos ahora la otra parte. ¿De qué crítica estamos hablando?, ¿existe acaso tras su escritura una voz autorizada para formular juicios tan categóricos? Partamos de un principio contundente: el autor de la reseña en cuestión no tiene un vínculo directo con el universo teatral, así que el calificativo de “opinión especializada” es cuestionable. En Cuba, la crítica es una carrera que se estudia en las aulas de la Universidad de las Artes (ISA). Su metodología se aleja del concepto tradicional de juez de los espectáculos, exigiéndoles a los estudiantes un vínculo directo con el magma de la creación. En la medida en que el crítico se desempeñe como asesor, investigador, gestor de prácticas escénicas, repertorista, historiador o docente, contará con un abanico más amplio de perspectivas y conocimientos del oficio que en última instancia lo capaciten para analizar. No dudo que el cronista al que me refiero tenga alguna que otra lectura teatral, pero en el fondo carece de profundidad y conocimiento técnico de la especialidad. La adjetivación exagerada, la colocación de juicios con un retoricismo de difícil comprensión, la brusquedad con que enuncia aspectos negativos sin una argumentación sólida que los sustente, son detalles que denotan superficialidad. Es cierto que hablamos de una reseña periodística y que los requerimientos de espacio impiden una evaluación profunda del producto que se juzga, pero con singular maestría lo hicieron en épocas anteriores Rine Leal, Luis Amado Blanco y Amado del Pino, cuyo poder de síntesis nunca enturbió la hondura de sus valoraciones. No estoy en contra de que un colega perteneciente a otro campo artístico realice un juicio a partir de sus gustos personales, en definitiva es su derecho como espectador. Lo inquietante es que ese gusto personal y ajeno se convierta en canon al ser publicado en las páginas de un periódico de amplia tirada. Un canon que no tuvo en cuenta otros valores, otros elementos; el proceso de montaje, el momento creativo por el que transcurre la agrupación, la inserción del espectáculo en el contexto cultural en que se produce, su evolución o involución artística respecto a un repertorio existente, etcétera. Una mirada que no se conforme con interpretar los aciertos y desaciertos de la puesta en sí, sino que intente insertarla en un marco cultural más amplio. En estos años he aprendido a desentrañar un ideal de crítica que mi profesora Vivian Martínez Tabares ha inculcado sabiamente en sus clases, “esa que intenta traducir la lectura que el espectáculo propone sobre la vida, el ser humano y su inserción en el mundo desde las circunstancias culturales, sociales y políticas en las que se inscribe”. En un lenguaje más llano: ir siempre más allá de lo aparente. Debo agradecerle al reseñista su intención de perpetuar con la escritura el acto efímero de la representación y la valentía con que expresa sus criterios. También el hecho de haber desatado necesarios demonios en una provincia carente de polémicas en el ámbito teatral. Sin embargo, recomiendo para futuros intentos artículos menos impresionistas y más acabados. Miradas que lejos de parecer miopes en su visión, demuestren un azaroso aprendizaje en su pupila.

Sobre el Autor

Aliocha Pérez Vargas

Aliocha Pérez Vargas

Estudiante de Teatrología. Mención especialdel premio de crítica Tablas 2016

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