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El hombre que nunca perdió la ternura

Camilo Cienfuegos

El seis de febrero de 1932, nació en el barrio habanero de Lawton, Camilo Cienfuegos Gorriarán. Cuentan que de niño le apasionaba el béisbol, pero era tan mal jugador, que nadie lo quería en su equipo. Su temperamento no era el de alguien que se rinde fácil, así que entrenó duro para igualar a sus compañeros en el terreno.

También adoraba pintar. Con 17 años ingresó a la Academia de San Alejandro, a donde solo pudo asistir un semestre por problemas económicos.
Luego aprendió el oficio de sastre en la tienda “El Arte” y esos conocimientos le fueron de mucha utilidad durante el tiempo que vivió en los Estados Unidos. También en la Sierra Maestra le serían de provecho. Dicen que una vez, en casa de unos campesinos, se pasó la noche en vela cosiendo uniformes para sus compañeros.

De su coraje y jovialidad mucho saben los cubanos, que lo llamaron agradecidos “Señor de la vanguardia” y “Héroe de Yaguajay”.

Miles de anécdotas refieren quienes lo conocieron y en todas aparece Camilo como un hombre muy ocurrente y gracioso.

Su padre Ramón Cienfuegos solía contar el siguiente suceso: “Recuerdo ahora que, al poco tiempo del 10 de marzo de 1952, del golpe de Estado que diera el dictador Fulgencio Batista, se apareció en casa un perrito. Llegó por la madrugada, de eso estoy seguro, porque Camilo, asociando la llegada del animalito con la entrada de Batista por la posta seis en una madrugada, le puso Fulgencio.

“Cuando se fue, quisimos disimular y le decíamos Negrito. Una vez le escribimos mandándole una foto y él contestó: “Quedó muy bien Fulgencio.

“Cuando nos hacen un registro, ven la carta y me preguntan por Fulgencio y cuando le digo que Fulgencio es el perro, ¡cómo se puso el guardia!”*

Otro relato realizado por Walfrido Pérez, guerrillero invasor de la Columna No. 2, lo muestra bondadoso y buen amigo:

“Nosotros dormíamos siempre juntos. Camilo colgaba la hamaca en el segundo piso porque él era quien traía un nailon chiquitico y entonces amarraba arriba, bien arriba para que en el primer piso Víctor Mora también se beneficiara con el nailito. Yo como no tenía nada, me acurrucaba debajo del árbol, a la sombra de la hamaca como un lechoncito y así estábamos los tres tapados por el nailon de Camilo”**.

A pesar de sus grados militares y de las glorias alcanzadas en combate, nunca se envaneció, ni humilló a ningún compañero, ni olvidó las preocupaciones de la gente humilde que conoció en las montañas de Oriente. Su vida efímera, dejó huellas imborrables en el alma del pueblo al que tanto se entregó.

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*, **: Fragmentos del libro Camilo Cienfuegos: El hombre de las mil anécdotas de Guillermo Cabrera Álvarez.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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