Actualizado 05 / 12 / 2019

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¿Por qué no rescatar las mejores costumbres y los hábitos correctos?

Caricatura Alfredo Martirena Hernández.

Caricatura Alfredo Martirena Hernández.

En Cuba últimamente muchos jóvenes y también adultos enarbolan los gestos y modales chabacanos como bandera de lo supuestamente moderno, sin darse cuenta de que están agrediendo ellos mismos su postura ante la sociedad.

Vale concientizar la necesidad de transmitir a nuestros hijos mediante el ejemplo personal y diario valores éticos, enseñarles a preservar tradiciones, lo cual se traduce en identidad, cubanía, raíces patrióticas, sentido de pertenencia, amor a lo auténticamente nacional.

No debemos conformarnos con ser simples espectadores de cómo perecen los buenos modales a los pies de la chabacanería, porque entonces estaremos siendo cómplices también de esas formas de manifestaciones vulgares, del lenguaje soez, de la falta de respeto a quienes nos rodean.

Resulta necesario llamar a la reflexión sobre ese tipo de comportamiento y acerca de algunos hábitos en el vestir y en los accesorios. El buen gusto tiene mucho de gusto bueno; es decir: no es espontáneo sino cultural y hay que aprenderlo.

¿Por qué no rescatar las mejores costumbres, los hábitos correctos en la mesa, el respeto a las personas adultas y a los de mayor jerarquía en el trabajo, en los centros educacionales, en la comunidad?

Constituyen, sin dudas, retos imprescindibles si queremos demostrar la validez de principios éticos ante la crisis de valores.

Cuba forma parte de un mundo globalizado que no está exento de un buen número de lastres, pero no por ello se deben aceptar con resignación las indisciplinas, transgresiones del orden, la descortesía, la vulgaridad.

Al contrario, se requiere acondicionar pilares estructurales de la sociedad como la educación, la cultura y la economía.

Antes era muy común escuchar al referirse a una persona: “Es de buena familia” y no porque tuviera recursos ni confort, sino porque daba gusto escucharla, departir con ella, tenerla como amiga, tal era el enriquecimiento espiritual que transmitía.

La escuela tiene su rol, es cierto, pero resulta imprescindible la otra contraparte, la del hogar, a las cuales deberá sumarse el mensaje de los medios de comunicación, con sistematicidad y llamando a las cosas por su nombre. Cada día habrá que realizar acciones educativas para ir salvando a la sociedad de ese marasmo y no pensemos que caerán en saco roto, porque algún que otro oído receptor las irá asimilando.

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