Lo especial de un periodo
- Escrito por Yolanda Molina Pérez
Ilustración de Osval.
Para algunos es un recuerdo, para otros solo una referencia, pero en la Cuba de hoy la mayoría tememos a esa sombra que se esconde en el pasado y no acaba de deshacerse, es como si recogiera retazos de quebrantos para reinventar su agujereado rostro y volver a salir a la palestra: el periodo especial.
Desde el Presidente hasta los ministros ofrecen argumentos para explicar las razones que lo mantendrán alejado, pero el imaginario popular lo revive y quien puede acapara: «Hasta los jabones caros se están vendiendo cantidad, la gente tiene miedo a que se acaben, y el aceite y la leche es para guardar porque la cosa está mala». La dependienta da énfasis a sus últimas palabras y las acompaña de una elocuente mueca.
Arnaldo, tiene otra visión del asunto. Él va a tratar de guardar dinero: «Puedes comprar lo que quieras, si esto se pone como en el ´93, nada te va a alcanzar y lo que hace falta es billete, con 20 pesos en el bolsillo, salvas la jugada».
A los que vivimos aquellos años de carencias no nos hacen falta ejemplos; a los jóvenes a veces les parece exagerado cualquier anécdota que les remonte a esa época y hasta increíble que con tan poco siguiésemos adelante. Hubo un costo y en mi opinión todavía hoy se paga: la sociedad cubana no ha vuelto a ser la misma, hubo una pérdida de pureza y lo peor fue que aprendimos a mirar con tolerancia conductas que hasta entonces llevaban la condena pública.
Las crisis económicas menoscaban los valores, lo sabemos. Como también hay certeza de que en esos momentos comprendidos en la década del 90 del pasado siglo hubo vecinos que juntaron recursos para cocinar y alimentar a sus familias; los adultos renunciaron al pan en aras del desayuno y la merienda de los infantes; se compartieron velas, fósforos, jabones…
Madres y abuelas desafiaron el tesón de las arañas y reciclaron cuánta tela quedaba en casa para renovar roperos; secaron las lágrimas de sus caras y encasquetaron sonrisas a la hora de poner la mesa frugal a oscuras. Se daba al amigo y hasta al desconocido la última pastilla de un medicamento codiciado.
No son remembranzas idealizadas, son realidades que cualquiera que supere los 40 años puede contar como vivencias propias; enfrentamos carencias, pero seguimos siendo capaces de reírnos, enamorarnos, estudiar, investigar y mucho más.
Como norma andábamos mal vestidos y peor calzados, no había tiendas en divisas, ni ventas de privados que atenuaran la escasez de las redes comerciales, el trueque volvió a ser una transacción frecuente; los salarios eran un aporte casi nulo a la satisfacción de necesidades, que crecían solo a la par de la insolvencia; sin embargo, seguía viva la esperanza. Hubo quienes se aferraron la idea de retornar al pasado, otros apostaron al futuro, más o menos luminoso, pero propio.
Aumentó el número de los que salieron hacia tierras foráneas para buscar prosperidad y también de los que dentro de fronteras vendieron cuerpo y alma al mejor postor. Elecciones personales, cada individuo tras ellas sabe qué lo condujo a las mismas.
Fueron más –y no exclusivamente por falta de alternativas– los cubanos que pusieron empeño, sortearon dificultades y con sus menguadas fuerzas, unidas, impulsaron la nave grande que llamamos país y sentimos como nación.
Este pueblo sabe de solidaridad, de la que se lleva a otros lares, de la que se teje entre familias, comunidades, amigos o simplemente semejantes. La historia nos ha forjado también en una cultura de resistencia, ante los avatares de natura o políticas inhumanas como la reconcentración de Weyler.
La experiencia cuenta y hay que ser autocríticos, nos falta constancia; cuando el agua sube al cuello retomamos estrategias eficientes, aumentamos exigencia y descubrimos que el despilfarro es práctica común. No podemos controlar las acciones ajenas que se empeñan en trastabillarnos el paso, pero sí aprender de nuestros errores y enmendarlos.
Nos encontramos en medio de una situación complicada con la disponibilidad de combustible, es cierto, como lo es el hecho de que se mantiene la vitalidad de la mayoría de los servicios, hay carros circulando, mercancías en movimiento y la máxima dirección del país ha estado ofreciendo información pormenorizada, a la par convocando a que cada ciudadano haga su aporte, con conductas responsables de ahorro y solidaridad.
El periodo especial no es algo que inventamos, lo vivimos; en aquel entonces hubo otras frases de carga política a cuyo amparo se hicieron heroicidades, al pasar el tiempo y mirar hacia atrás la mayoría adoptó por convicción el llamado a la batalla y no hubo claudicación, tampoco ahora: «Aquí, no se rinde nadie».




