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Pequeños sorbos para mitigar ausencias

Pequeños sorbos para mitigar ausencias

La primera vez no hay pompa, ni expectativas cumplidas, solo un vacío que reafirma la separación, una sensación de abandono que te inunda y una tristeza que ahoga las esperanzas de volver a ser la familia que eran. La primera vez que regresan después de emigrar es la confirmación definitiva de que ya sus vidas están bifurcadas por mares y fronteras y que pasará mucho, antes de que esos caminos vuelvan a estar unidos.

Esa es la verdadera partida, cuando perciben realmente que ya sus destinos son otros y solo vendrán de “visita” a la casa de familia, porque la cotidianidad, el emprender en otras partes del mundo, solo les deja espacio para unas cortas vacaciones al lado de quienes aman.

La migración es el más duro sendero a transitar. Sería mucho más cómodo vivir con lo que tenemos y no abandonar el ambiente de confort que nos hace sentir seguros, pero no; esa sigue siendo la primera opción por más dolorosa que resulte una vez concretada.

Hay quien ansía equipajes llenos de todo cuanto pudiera suplir carencias, todo útil y bello, pero cuántos detalles y momentos perdidos de ambas partes. No hay intención de juzgar razones personales, solo el ánimo de reflexionar sobre las distancias físicas y emocionales que nos separan.

Casi todas las familias tienen un álbum de recuerdos, más añejos, más modernos; donde las fotos amarillentas de los abuelos se entrecruzan con las del hijo ausente en playas lejanas, con su añorada presencia y una sonrisa que denota lo incompleta que es su felicidad, rodeado de todo en un país extraño, muchas veces con su profesión abandonada y a la espera de la compleción de algún proceso, que parece atrasar eternamente la posibilidad de compartir la abundancia con quienes de veras importan, de compartir lo que de veras importa, que es el calor de los seres queridos.

La casa se vuelve hogar cuando todos están juntos otra vez, aunque sea solo por unas jornadas y luego, cuando el recuento acaba, los abrazos son más fuertes como si uno quisiera que duraran todo el año que estará sin verse. Y volvemos a la frialdad de las video llamadas que acortan distancias, y nos sentimos afortunados de tener al menos eso para compartir el día a día, sabernos una familia de otro tipo, “adaptada a la separación”, conforme con tener al menos imágenes de uno y otro lado para consolar las soledades que nos abordan.

Atrás quedan los dulces de la abuela, los manteles nuevos, la pintura fresca. Todo vuelve a la normalidad, aquellos a su rutina, nosotros a la nuestra que no es sino una misma, la de luchar de una y otra parte para llegar a la próxima fecha, para reunirnos la próxima vez y experimentar el júbilo de estar juntos, aunque sea efímero.

Es cierto, la primera vez no hay pompa, ni expectativas cumplidas. Tampoco lo habrá la segunda, ni la tercera, nadie se adapta ni se conforma con ausencias, solo las mitigamos con un amor capaz de sobrepasar cualquier frontera.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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