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Venezuela en el corazón, con España y Cuba, y otros pueblos

«Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo». / Foto: Sputnik

«Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo». / Foto: Sputnik

No es casual que se haya apreciado una relación significativa entre Venezuela y la Segunda República Española, y ambas puedan verse a la luz de la experiencia de Cuba, que el próximo 19 de abril celebrará el aniversario 58 de su triunfo sobre la invasión mercenaria en Playa Girón. Lo hará proclamando su segunda Constitución socialista, continuadora de la aprobada en 1976, también mediante un referendo verdaderamente democrático.

En cuanto a la historia de la República Española, a abril lo marcan su proclamación, en 1931, y su criminal derrocamiento, en 1939. Con respecto a Venezuela, no solo para su mayoría bolivariana –porque el imperio no se anda con distinciones en su práctica de sembrar destrucción y muerte: Irak y Libia son dos de los muchos ejemplos– resulta difícil vaticinar qué estará sucediendo en el abril que se avecina. Pero de antemano se debe contar con la dignidad y la decisión de lucha que ese pueblo hermano heredó de Simón Bolívar, abonada por Hugo Chávez en un camino que incluyó, también en abril, el de 2002, un golpe de estado en su contra.

La victoria cubana en Girón ratificó la voluntad de la patria de José Martí de no volver a perder la independencia que el imperialismo estadounidense le arrebató en 1898, con lo que de paso humilló a la España colonialista. Girón no fue un resarcimiento solamente para Cuba, sino también para otros afanes emancipadores.

Aquella victoria, afirmó Fidel Castro, permitió que los pueblos de nuestra América fueran un poco más libres, y en su novela La consagración de la primavera Alejo Carpentier plasmó su significado con respecto a la República española. Un combatiente cubano que también luchó por esa República junto a más de mil compatriotas integrantes de las Brigadas Internacionales, afirma en Girón: «Esta nos desquita de otras que hemos perdido allá […] En la guerra revolucionaria, que es una sola en el mundo, lo importante está en ganar batallas en alguna parte».

Los pueblos de España están llamados a recuperar plenamente para su memoria histórica y moral el legado de su República, que no es allí objeto de conmemoraciones oficiales. Las tiene sí, por exponentes de las grandezas asociadas al espíritu propio de lo que el extraordinario poeta Antonio Machado, republicano, vio como una «España que nace», frente a otra «inferior que ora y bosteza».

Rendir honores a la República asesinada es un modo de repudiar la insoluble contradicción de una «democracia con monarquía», fraguada para prolongar la España que desaprobó Machado: lo planeó el mayor asesino de la República, Francisco Franco, para sucesión del cruento régimen que él encabezó hasta su muerte.

La historia de aquella República constitucional y democrática –que, con la Revolución Mexicana y la Cubana, fue una de las grandes siembras de justicia en el siglo XX, no solo para el ámbito hispanófono– corroboró que la ingenuidad política se paga caro. Del lado de la causa republicana brilló uno de los más nobles exponentes del pensamiento y el quehacer revolucionarios de la época: las ya aludidas Brigadas Internacionales, formadas por combatientes de distintos países, y el gobierno republicano estimó que desmovilizarlas coadyuvaría a lograr la paz.

Pero tal desmovilización, llevada a cabo en 1938, la capitalizó el fascismo vernáculo, con el apoyo de la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, y la complicidad de otros gobiernos. Ello dio a la Guerra Civil un rumbo ventajoso para el mal llamado Bando Nacional, avieso apelativo que serviría para tildar de enemiga de la nación a la República que se propuso dignificarla.

Defendida por su pueblo, la Revolución Cubana sigue en pie a pesar de los brutales intentos de aplastarla, porque no ha flaqueado ni ha hecho concesiones a sus enemigos. De lo contrario, no habría sobrevivido a la incesante y feroz hostilidad de que ha sido objeto, incluso cuando un césar astuto declaró que había llegado la hora de replantear la política del imperio hacia Cuba, porque no había dado los frutos que la potencia imperial no deja de buscar.

Que, no obstante el enorme daño causado a Cuba por un bloqueo que dura ya seis décadas, aquel césar hiciera tal declaración, confírma lo que el imperio ha pretendido: derrocar a la Revolución que desde este país ha sido estímulo para los ímpetus de liberación entre los pueblos del continente, y fuera de él. De ahí que –como sus homólogos antes y después de él– el mismo pérfido césar que en público intentaba edulcorar la imagen del imperio, promoviera en las fuerzas neoliberales aliadas suyas en la región un reforzamiento que hoy llega a grados todavía mayores.

De la historia, la Venezuela bolivariana tiene ante sí las lecciones de la asesinada República española y, de la actualidad, el ejemplo de la resistencia cubana frente a las agresiones y las calumnias imperialistas. Ocurra lo que ocurra, también Venezuela debe seguir firme en su camino, sin ceder a las groseras presiones que violan cada vez más su soberanía y el derecho internacional.

Contra la Revolución Cubana la invasión mercenaria por Girón pretendía instaurar un gobierno provisional que «legitimase» las agresiones imperialistas. En Venezuela, Estados Unidos trata de revertir los frutos de las elecciones, limpias, que reiteradamente han probado el apoyo mayoritario con que el proyecto bolivariano cuenta. Ignorando la legitimidad y el carácter constitucional de ese proyecto, la voraz potencia fabrica un lacayo autoproclamado presidente, para que le sirva en los planes de todo tipo orquestados contra la patria de Bolívar y Chávez, sin descartar la guerra.

En la correlación de fuerzas marcada por el apogeo de la derecha y el desconcierto de las izquierdas, Estados Unidos no ha conseguido todo el apoyo internacional que le han buscado al falso presidente, pero sí alguno, mayor incluso que el de 2002 para el golpe de estado que llegó al apresamiento de Chávez. Pero el ímpetu bolivariano salió fortalecido de tal maniobra, y el pretenso presidente golpista de entonces no conquistó más que el título de Pedro el Breve y la espuria banda presidencial regalada por el gobierno español de José María Aznar.

Ahora, bajo presiones estadounidenses, el gobierno de España–no ya del Partido que infama el nombre Popular, sino del que ultraja los calificativos Socialista y Obrero– se suma a la treta montada por el gendarme imperial. A despecho de la alarma que el canciller de aquel estado monárquico ha expresado ante el despliegue de fuerzas en las fronteras de Colombia con Venezuela, el PSOE y el PP se confabulan y, con honrosas excepciones, el Congreso español ratifica el reconocimiento al títere venezolano, quien, con la única «autoridad» que tiene –la que le da el imperio que lo usa– anuncia que avalará la intervención militar contra su pueblo.

No solo a Venezuela se le debe pedir que aparte de nosotros tan pavoroso cáliz. En ese empeño, necesario para salvar la dignidad del mundo, urge el apoyo de todas las personas de buena voluntad del planeta, incluidas las estadounidenses, para que, como ha logrado Cuba, también en Venezuela se haga realidad un reclamo incumplido en la República española: ¡No pasarán!

Así como aquellos fascistas pasaron por encima del pueblo español y desataron la tragedia cuyas secuelas perduran, si los imperialistas –concreción mayor del fascismo hoy– pasaran por encima del pueblo venezolano y le robasen su soberanía y sus recursos naturales, darían un duro golpe a toda nuestra América. Y el crimen consumado tendría funestas implicaciones para el mundo entero.

Puesto que del imperio no cabe esperar racionalidad ni decencia alguna, y menos en su actual decadencia, todas las fuerzas capaces de oponérsele deben plantearse impedir la agresión programada contra Venezuela y, en caso de no lograrlo, respaldar al pueblo venezolano para que no se reitere allí un crimen como el sufrido por el pueblo de Chile.

Allí se aplicó un guion similar al que se ha estrellado contra Cuba y hoy se enfila contra Venezuela: bloqueo, desabastecimiento, calumnias, satanización, golpe, masacre. El gobierno venezolano, legítimo y constitucional, con Nicolás Maduro a la cabeza, tiene esencial afinidad política y moral con el que personificó el digno presidente Salvador Allende, aunque haya quienes intenten negarlo y le hagan el juego al fantasma de Augusto Pinochet.

Ni el imperialismo es una invención de la izquierda, ni lo es el antimperialismo, expresión de justicia que representa la necesidad de los pueblos de defenderse contra el gobierno estadounidense y sus secuaces. Urge impedir que se apoderen de la Venezuela amada por Martí. Como él en su momento, exclamen las personas decentes y sensatas del mundo: «Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo» –o una hija–, y cumplan lo prometido.

Sobre el Autor

Granma

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Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

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