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Eduardo, el doctor avileño cuenta de sus experiencias en Brasil

Eduardo, el doctor avileño cuenta de sus experiencias en Brasil

Los más pobres habitantes de Recife, capital del estado de Pernambuco, al noreste de Brasil, encontraron refugio, crecieron y vivieron felices junto a Eduardo Artiles Pardo, quien estuvo allí de 2013 a 2016 para instaurar, tipo arrecife submarino, una increíble existencia a los nativos, llena de colores, formas y tramas diversas.


Y es que el hoy director del policlínico Belkis Sotomayor, en Ciego de Ávila, especialista de primer grado en Higiene y Epidemiología, en Medicina General Integral y máster en enfermedades infecciosas, se fue al gigante suramericano con su esposa Saraí González, también especialista de primer grado en Medicina General Integral y máster en
enfermedades infecciosas, a confirmar los principios solidarios y humanistas que guían la cooperación médica cubana.


Detrás quedaban, a la salvaguarda de sus abuelos maternos, dos niñas, una de dos años de edad y otra de 12, situación difícil que puso a prueba la solidaridad del cubano, el compromiso de los de esta pequeña porción de tierra antillana.
- Doctor, ¿cómo fue el recibimiento en Brasil?
- Formé parte del primer grupo de colaboradores cubanos que entró a esa nación en 2013, en los inicios del Programa Más Médicos, por lo que no tuvimos otra posibilidad que enfrentar el rechazo total por parte del Colegio Médico Brasileño.


En los aeropuertos donde llegábamos estaban los opositores, con sus medios de comunicación, y las personas que defendían el Programa, estos últimos fueron muy afables y, en todo momento, ayudaron a afrontar cualquier tipo de ofensa; también el pueblo
humilde brasileño nos acogió con cariño.


Hubo historias de maltrato verbal a médicos cubanos, hasta que, poco a poco, nos fuimos ganando a la población con ética, profesionalidad, sentido humano.
- ¿Dónde radicó?
- Primeramente estuvimos en el estado del Espírito Santo, donde en 21 días recibimos un curso intensivo sobre portugués, interactuamos con personalidades brasileñas, conocimos de la cultura de Brasil, aunque ya habíamos tenido un buen adiestramiento en Cuba.


Donde primero trabajé, en Amauri de Medeiros, Recife, hacía más de cinco años que no había un médico brasileño para atender la población de la zona.


Era raro verlos en partes intrincadas, frente a frente con la violencia, la droga, la prostitución, en tanto, los cubanos sí asumimos esa tarea con mucho sentido de humanidad, como es
característico dentro de nuestra formación y práctica en la Isla.


Luego, fui trasladado para el centro de Recife, igualmente plagado de violencia, insalubridad, desinformación con respecto a la Antilla Mayor y su Revolución.
 Allí, en la unidad de salud, había una doctora brasileña de 62 años, con mucho tiempo sin personal médico de apoyo, no obstante, fui acogido con cierto recelo.


Lo curioso fue que, al terminar la primera semana de trabajo, ya podíamos percibir el cariño de la gente, de los humildes, de los necesitados.
- Cuente sobre el quehacer médico.
- Cuando se regó lo del médico cubano en la zona, profesional, preparado y sobre todo muy humano, se hacían inmensas filas del pueblo recifense para ser asistidos.


También, como galeno cubano al fin, acostumbrado a consultar muchas personas, atendía unos 40 pacientes en el día.
 El otro equipo, con la homóloga brasileña de 62 años al frente, siempre estaba “arriba de mí”, diciéndome: oye doctor, no puedes ver tantos enfermos, pues la doctora solo marca 16 en la jornada.

Me era imposible cumplir un número de asistencias marcado, era incapaz de dejar a alguien para después si requería de atención.


Hacía labores de terreno dos veces en la semana, orientado por promotores de salud brasileños. Apenas llegaba a las casas me invitaban a pasar, traían familiares que no pertenecían al distrito pero demandaban mis servicios, previamente recomendados.


Llegábamos a unas cuarterías casi sin fin, donde consumían drogas, se palpaba la miseria, pero se sentía la nobleza e ingenuidad de la gente común.
 Creé un grupo llamado Hiperdía, para atender a pacientes hipertensos y diabéticos, con más de 30 miembros, a los que se les mejoró considerablemente la salud.


Cuando llegué a Recife, los diabéticos estaban muy descompensados, con la glucemia en 20, con serias complicaciones como dolores en los miembros inferiores, pérdida de la visión, problemas renales; los hipertensos sufrían infartos y accidentes cerebro vasculares.


Sin dudas, era una población muy necesitada, que dependía de la alimentación más barata y perjudicial como los dulces, por no poder adquirir otros comestibles más saludables.


Por suerte, a las consultas de Hiperdía logré sumar a especialistas en odontología, trabajadores sociales, enfermeros, médicos, pues era necesario ver al ser humano asistido como un todo, tal y como nos enseñó la medicina cubana.
- Historias que quedan...
- Dentro de los sucesos que marcaron mi estancia en Brasil, sobresale la historia de un matrimonio que asistía a las consultas de Hiperdía, y que de repente dejó de ir.


Como médico cubano al fin, me preocupé por ellos, fui a su casa y los encontré con el mal de Alzheimer, que lamentablemente les evolucionó rapidísimo.
 Igualmente, asistí a una familia que ya había perdido tres hijos.

Un día llevaron a la consulta al único que les quedaba y me dijeron: “Mire doctor este tiene la misma sintomatología de todos los que han muerto, y los médicos brasileños me mandan a hacer esto y aquello y no
dan con lo que es”.
 Después de varios estudios, resultó que el pequeño, al igual que los hermanos fallecidos, tenía una glomerulonefritis que con penicilina se curó.


A decenas de anécdotas se suma una paciente casi en un estatus asmático, cianótica, que no le estaban poniendo el medicamento que requería, se le cambió e inmediatamente se salvó.
 No examinan ni diagnostican como es debido, es el principal problema que existe.
- ¿Qué enfermedades apreció en la zona atendida?
- Tratamos con dolencias que sí estudiamos en Cuba, pero no las vemos acá con esa frecuencia ni magnitud.


La schistosomiasis, enfermedad ocasionada por lombrices parasitarias de agua dulce que se encuentran en ciertos países tropicales y subtropicales, así como también la tuberculosis, lepra, el dengue y zika, estaban en todos lados.
 Y vuelven los médicos cubanos a hacer cosas inusuales, jamás vistas por un lugareño, como hacerle todo el procedimiento necesario, de principio a fin.


Vale destacar que los habitantes de Recife padecían serios problemas psicológicos, debido a la violencia dentro y fuera del hogar.
 Entonces, los recifenses al ver que los especialistas nuestros saben escuchar, examinar, aconsejar, dedican tiempo a dialogar, se sentían como bendecidos.
- ¿Herencia dejada a los brasileños?
- No es en dinero, sino en valores.

El humanismo, principal característica de la medicina cubana, hizo que fuéramos aceptados rápidamente. Destaco el cariño y la admiración que llegaron a sentir por mí.


Cuando arribé a Recife había criterios errados por completo sobre Cuba y, desde que sintieron la profesionalidad, los ideales revolucionarios, la dedicación de los cubanos, cómo defendíamos nuestra Patria, cambiaron sus apreciaciones.


Fíjese que pedían que les enseñara fotos de Cuba por Internet, lugares bonitos, históricos, paisajes, pueblos, que les explicara cómo se movilizaba un pueblo entero el Primero de Mayo, el 26 de julio.
 Nunca podré olvidar la despedida que me hicieron, llena de regalos, frases, palabras, dedicatorias, de los que guardo un plato y una jarra con mi imagen serigrafiada.


Es innegable, haga lo que haga y diga lo que diga Jair Bolsonaro, que el reconocimiento de los valores y esa natural cotidianeidad en cualquier país, convierte a nuestros galenos en dignos promotores del mensaje de unidad revolucionaria de Cuba hacia el mundo entero.
 Y repaso a José Martí, quien destaca la ética que debe presidir la actitud de los profesionales de la salud ante el dolor ajeno, al decir que “la medicina pasa al médico, que ya por serlo cura, y con su sonrisa suele abatir la fiebre”.

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