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“Adorada Amalia mía”

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte.

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte.

Todo comenzó en el verano de 1866, posiblemente en una de esas tertulias frecuentadas por los ricos criollos en la ciudad de Puerto Príncipe; o puede que, a cientos de kilómetros de allí, durante un festejo en la mansión habanera de Francisco Álvarez-Calderón.

Lo cierto es que los ojos negros de Amalia Simoni se encontraron un instante con los de Ignacio Agramonte y algo cambió de súbito dentro de él. Desde entonces no pudo dejar de pensar en la voz deliciosa de la muchacha, en su cabello oscuro y abundante recogido en un moño por detrás del cuello altivo, en aquellas manos de diosa sacando música del piano.

Al principio, el doctor José Ramón Simoni, padre de ella, se opuso al noviazgo, pero terminó cediendo cuando descubrió los valores de aquel muchacho delgado y esbelto, que recién se había titulado de licenciado en Derecho Civil y Canónico y cursaba un doctorado en la Universidad de La Habana.

Cuentan que Simoni le quiso luego como a un hijo. Admiró la elocuencia, la humildad de su yerno, que se ruborizaba como niño cuando le elogiaban en público.

Ignacio culminó sus estudios y se estableció por un tiempo en la capital, donde trabajó para el bufete de Antonio González de Mendoza y fue nombrado juez de paz del barrio de Guadalupe. Entre tanto, el romance con su camagüeyana crecía en la distancia, avivado por cartas como esta del 23 de septiembre de 1867, en la que se permite juguetear un poco con su amada:

“...Siento que por estar mal y no parecerse a ti el retrato que te has hecho últimamente, no lo hayas enviado. ¿Olvidas que soy ambicioso tratándose de retratos tuyos? Los quiero buenos o malos: tendré los unos constantemente a la vista, pero los otros también me hablarán de ti. Si has recibido los malos, bueno hubiera sido que me dieras uno… No te de cuidado que en él no estés bien: tú me has dicho que tengo mal gusto, que siempre he sido inclinado a lo feo, y, por lo tanto, si así fuere el retrato, más me enamoraría, caso que cupiera más amor del que te profeso… ningún retrato puede presentarte sino bella, muy bella; de lo contrario no sería retrato ni se parecería a ti…”.

Más adelante expresa nostálgico:

“…Mientras te escribo estos renglones oigo un piano que tocan en una de las casas vecinas. ¡Cómo me hace recordar a mi paloma arrulladora! Oír un piano y no oír tu voz, y no poderte pedir que cantes, y pensar que estás lejos. ¡Qué tormento, Amalia mía!...”.

El cuatro de julio de 1868, el abogado volvió a su natal Puerto Príncipe. Llevaba en la maleta el traje de boda de su Amalia. Un mes más tarde se casarían en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad.

La convivencia de la pareja en la casa 19 de la calle San Juan duró solo tres meses. El 11 de noviembre de 1868 el marido se lanzó a la insurrección contra el régimen colonial español. Llevaba una camisa roja de delgadas rayas negras.   

El 26 de noviembre, en la reunión del paradero de Las Minas, Ignacio polemizó con Napoleón Arango, promotor de una capitulación con España a cambio de reformas políticas.  

 “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas”, así, la voz vibrante de Agramonte se dejó oír en el alma de los congregados.

En lo adelante “…aquel que, sin más ciencia militar que el genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos, y se vale de su renombre para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso, con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla”, describió José Martí en su artículo Céspedes y Agramonte publicado en El Avisador Cubano de Nueva York.
 
El escritor relata además el romance bello de aquel guerrero “que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo”.

Ernesto, “el mambisito”, había nacido en la manigua redentora. El rancho rústico de tres piezas donde vivía con su madre se camuflaba bien entre los árboles de la Sierra de Cubitas, pero fue descubierto y desmantelado por los españoles el 26 de mayo de 1870, día del primer cumpleaños del pequeño. Amalia y el niño fueron hechos prisioneros y llevados por la fuerza a la ciudad.

Meses después, en el exilio, la patriota daría a luz a Herminia: una hermosa niña que el jefe insurrecto no conoció.
 
“…A Ernesto y Herminia háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos a semejanza del tuyo; que cuando encuentre en ellos tu retrato y tu alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrán límites. Dales un millón de besos. ¡Quién viera a nuestros ángeles!...”, escribió Agramonte a su esposa en carta fechada del 19 de noviembre de 1872.

A continuación, apunta: “Cada día se robustece más mi fe en el triunfo, a pesar de todas las dificultades. Ni un momento he dudado jamás que nuestra separación terminará, y volverá nuestra suprema felicidad con la completa libertad de Cuba”.

El 11 de mayo de 1873 cayó en Jimaguayú el Mayor General Agramonte. Algunas versiones sobre su muerte dan fe de que los españoles exhibieron el cadáver en la plaza de San Juan de Dios, donde un hombre desalmado hirió con un látigo aquel rostro exánime.

Cuando Amalia supo la noticia fatal se sintió desfallecer. Ignacio le dolió en todo el cuerpo: en los ojos negros que ya no lo verían sonreír, en las manos que nunca más estrecharían las de él, en los muslos donde el héroe solía reposar su cabeza.

Se levantó lo mejor que pudo de su pena y crio a sus dos hijos con dignidad. De México se mudó a Estados Unidos, donde apoyó la gestión de los clubes patrióticos. Participó además en temporadas teatrales y actuó como soprano en funciones benéficas.

Al finalizar la Guerra del ‘95 retornó definitivamente a Cuba. El gobierno seudorepublicano le ofreció ayuda económica por ser la viuda del Mayor; pero ella la rechazó con determinación: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”.

En la noche del 23 de enero de 1918 murió en su casa habanera de entonces. Tenía 73 años cumplidos: “Herminia, tócame el Movimiento Perpetuo de Chopin ¿quieres? Quizás sea lo último que te pida”, rogó a su hija.

El piano cantó su himno de muerte y se abrió como una caja del tiempo que la devolvió joven y hermosa a la casa de su infancia en Puerto Príncipe, a la habitación donde se encerraba para leer a solas estas líneas de su gran amor:
 
“…Adorada Amalia mía… ¡Si tú supieras como el corazón te adora, como mi pecho se abrasa y arde por ti, sólo por ti, siempre por ti!...”.

Referencias Bibliográficas

Cento Gómez E. 2016. Ignacio y Amalia, el dilema del amor y el deber. Cubadebate (archivo digital).

Fabelo Pinares M. 2012. Amalia Simoni, viuda del amor y de la Patria. Radio Rebelde (archivo digital).

Jiménez Pastrana J. 1974. Ignacio Agramonte, documentos. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

Comentarios   

oscar alvares
0 # maravillosooscar alvares 11-07-2018 00:19
MARAVILLOSO tu trabajo sobre Ignacio agramonte,Me gustaria, q realices un trabajo referente a su tesis que defendio para recibir el titulo de abogado.SI no pude hacerlo,al menos, te sugiero que la leas y veras cuanta riqueza politica encontrars en ella.
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