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El hombre entero

Ernesto Che Guevara

Nació en Argentina pero fue hijo de América. Era un hombre de espíritu indomable e incuestionable virtud. ¿Cómo puede una persona convertirse en ícono mundial? Esa cualidad –casi divina– le pertenece solo a unos pocos.

Tenía yo muy corta edad cuando me contaron que el Che era un héroe. Todavía mi definición de héroe era tan breve como mi estatura; se resumía a dos palabras: grande y valiente. Su perfil lo asociaba a una estrella, por aquellos versos que sabía de memoria: “...dos goticas de agua clara…” y que declamaba en matutinos. En clase, miraba su retrato cerca del pizarrón y parecía que la estrella irradiaba.

La dimensión simbólica del Che maduró en mi inconsciente con el trascurso de los años. Hablo en primera persona, pero sé que referencio el sentir de muchos, los de mi generación y varias anteriores a la mía. Aprendí no solo sobre el héroe, sino sobre el hombre, el amigo, el padre, el esposo.

Supe, por ejemplo, que tras su rectitud también habitaba un profundo romántico. Antes de partir a Bolivia, Ernesto dejó en una cinta grabados con voz propia unos poemas de Neruda dedicados a su esposa Aleida; así ella podría escucharlos en su ausencia cuando la embistiera la soledad y el desvelo.

También le escribió un poema con el que cualquier mujer sollozaría. Mi única en el mundo decía (…) Salgo a edificar las primaveras de sangre y argamasa/ y dejo en el hueco de mi ausencia,/ este beso sin domicilio conocido… Adiós, mi única,/ no tiembles ante el hambre de los lobos/ ni en el frío estepario de la ausencia;/ del lado del corazón te llevo/ y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume.

¿Con qué palabras se despide de sus hijos un padre amoroso? Solo alguien valeroso podría enhebrar renglones en circunstancias semejantes. El Che lo hizo. Escribió a sus hijos los mejores consejos para que crecieran en su ausencia como “personas de bien”.

Guevara era un hombre entero, en el que se resumían fuerzas paradójicas; el idealismo y la combatividad. Poseía una mirada insondable que conquistó el lente del fotógrafo Alberto Korda en 1960 y que convirtió su retrato en la fotografía más famosa del siglo XX.

Hoy día esa imagen la portan muchos en prendas de vestir. Otros prefieren tatuarla sobre la piel, como emblema y credo. Todos la llevan con orgullo, porque el Guerrillero Heroico es una doctrina. Y ser como el Che significa ser honrado, laborioso, altruista, justo y leal a la tierra latinoamericana y a su gente.

Sobre el Autor

Yanetsy Ariste

Yanetsy Ariste

Licenciada en Historia del Arte. Especialista de Comunicación externa de Radio Guamá.

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