El Che en la burla del diablo
- Escrito por ACN
Un paradigmático colega, Raúl Valdés Vivó, tuvo la osadía de criticar a Luis Carlos García Gutiérrez (Fisín) por no haber publicado antes su libro La otra cara del combate, una conmovedora historia sobre combatientes de la clandestinidad a los que el implacable enemigo no debía reconocer.
Eso es lo único que se le puede reprochar a Fisín, sugiere en el prólogo del texto Valdés Vivó (1912-2013), de vocación desaforada por el periodismo, la diplomacia, como escritor, ensayista, políglota y figura política. Pero, sobre todo, amigo y compañero de lucha del Doctor en Odontología García Gutiérrez (1918 - 2015), quien falleció cuando apenas faltaban unos días para cumplir 97 años de edad, y que llegó a ser jefe de la Dirección Nacional de Identificación y con el grado de Coronel terminó sus funciones en el Ministerio del Interior. Entonces decidió retomar su especialidad estomatológica en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas y otras instituciones y, quizás en su contra, dejar la encomienda del primer Partido Comunista de Cuba de modificar las figuras de luchadores clandestinos cubanos o extranjeros, en lo que constituyó una misión secreta. Cuenta Fisín en su volumen que cuando le encargaron la sorpresiva tarea de “mover” al Comandante Ernesto Che Guevara muy pocas personas conocían su ubicación, pero ni siquiera lo reconoció en el momento en que le presentaron una foto de él, pelado y sin barba. El 24 de diciembre de 1965 salió con varios acompañantes hacia Dar es Salam, capital de Tanzania, donde en la sede de la embajada cubana estaba alojado el Guerrillero Heroico, a fin de enmascararlo y sacarlo de allí. Casi todo lo llegó a prever: un chaleco que debía usar debajo de la camisa para que pareciera una persona gibosa o maletuda, como decimos en Cuba, zapatos arreglados para aumentarle la estatura, espejuelos para ver hacia atrás y una prótesis o sobredentadura. El Che consintió en que no le tiñeran el cabello y hubo que quitarle el pico de viudo del pelo que nace en el centro de la frente, algo muy característico en sus fotos y que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos pudo haber advertido. Una presunción de ese tipo se basa en que después del golpe de Estado en 1954 contra el gobierno de Jacobo Arbenz, en Guatemala, aquel joven médico argentino, que al parecer trató de organizar el último foco de resistencia, “se convirtió en uno de los expedientes globales más gruesos de la CIA”, según Michael Ratner y Michael Steven Smith, autores del libro “Quién mató al Che”. Por razones obvias, también le quitaron el pelo de sus pobladas sienes, aunque esta depilación no es la que aparece en su foto para la entrada en Bolivia, sino que el propio Che la sugirió “para saber el tiempo que demora en salirme el pelo”. Una vez totalmente enmascarado ni sus propios compañeros pudieron identificarlo, hasta llegaron a suponer que se trataba de un intruso y con semejante disfraz salió de África hacia Europa, en compañía de Alberto Fernández Montes de Oca, Pacho o Pachungo, quien entró con el Che a la Paz, Bolivia, el tres de noviembre de 1966. Su “caso” cobró notoriedad nuevamente debido a que regresó a Cuba para la preparación en las montañas de San Andrés, en la occidental provincia de Pinar del Río, de su campaña guerrillera, una vez que Fidel leyó su carta de despedida en el acto, en 1965, de constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Entonces, se le volvió a depilar casi totalmente, bajo anestesia local, que resistió con una entereza a toda prueba, como lo hizo hasta su apresamiento y su caída en combate. Cinco décadas han transcurrido de aquel crimen en un paraje boliviano, donde el hombre que engañó a la CIA resurgió como un modelo para cualquier pueblo de América Latina y del mundo.
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