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En Ceja del Negro, la muerte también vino del cielo

Una pelotón de soldados españoles defendía en la mañana del cuatro de octubre de 1896 una fortificación en un lugar conocido como El Guao, en Ceja del Negro, cerca del camino entre Viñales y Pinar del Río, cuando la muerte les vino del cielo en la parábola de un largo proyectil amarillo metálico cargado con alrededor de un kilógramo de dinamita que detonó en el centro de la tropa, liquidando la unidad y convirtiendo la posición en un amasijo de cadáveres y de restos ensangrentados de la trinchera.

La Batalla de Ceja del Negro entraba en su mayor apogeo. Las tropas mambisas de alrededor de mil hombres, dirigidas por el Lugarteniente General Antonio Maceo, ese día contaban con una relativa superioridad técnica con la moderna pieza de artillería y con parque suficiente, gracias a una expedición de patriotas llegada por la Caleta de María la Gorda el ocho de septiembre del propio año en el vapor Three Friends, bajo el mando del general de brigada Juan Rius Rivera.

En el contingente venía José Ramón Villalón Sánchez, ingeniero de 32 años de edad y graduado en Estados Unidos, quien había emigrado a ese país desde el inicio de la contienda y se había dedicado en una fábrica norteamericana de armamentos a perfeccionar la pieza de artillería que trajo consigo: un cañón neumático Simms-Dudley, de 100 milímetros, en cuyo diseño, fabricación y prueba había intervenido.

Fue la primera arma de su clase fabricada en el mundo que impulsaba el proyectil con aire comprimido provocado por una pequeña explosión de pólvora sin humo, que la hacía ligera y de fácil transportación, utilizada probablemente por primera vez en combate en Cuba y que en Ceja del Negro operó personalmente Villalón, con una precisión mortífera sobre las posiciones enemigas.

En esa jornada, las fuerzas cubanas, junto al mencionado cañón, ocuparon un macizo elevado coronado de pinos y encinas llamado Ceja del Negro, contra la cual avanzaban columnas de las tres armas procedentes de la ciudad de Pinar del Río y los pueblos de Viñales y La Palma, que superaban ampliamente a las huestes insurrectas y estaban dirigidas por el general español Francisco Bernal y el teniente coronel Marcelino Granados.

La misión del contingente colonialista era cercar a los mambises y dar muerte al Titán de Bronce, como era la obsesión del recién nombrado capitán general Valeriano Weyler, quien no obstante se cuidó de dirigir personalmente sus tropas contra el jefe mambí.

Antonio Maceo llegó a los dominios pinareños combatiendo hasta el lugar más occidental en Mantua, donde culminó el 22 de enero de 1896 la invasión iniciada el 22 de octubre de 1895 en Mangos de Baragua, Oriente.

La estrategia del líder revolucionario en Vueltabajo era hacer inexpugnables sus bases de apoyo y campamentos en las serranías, paralizar la economía que nutria las arcas españolas y la de sus adeptos, y decidir el momento y el lugar más favorables para atacar a las columnas peninsulares que se trasladaban por los llanos y solo dominaban los pueblos.

En el momento más empeñado de la batalla, cuando parecía que las vanguardias hispanas remontarían las posiciones cubanas, Maceo se presentó en los lugares más peligrosos y reinstauró el orden de combate, lo que hizo a los colonialistas atacar a la impedimenta mambisa donde se encontraba refugiada en una cañada junto a mujeres, niños, enfermos y ancianos, muchos de los cuales murieron bajo las balas españolas.

La artillería ibérica que hostigaba el centro de las posiciones de los criollos fue investida por combatientes dirigidos por el coronel Vidal Ducasse, quien puso en huida a los servidores de las piezas que se salvaron aunque abandonaron las posiciones junto a las cureñas de los cañones.

También la posición del cañón mambí resultó duramente castigada, cayó la mayoría de sus guardianes, los mulos para su traslado fueron muertos y la pieza solo se pudo salvar por la intervención personal de Villalón Sánchez, quien por sus desempeños en este enfrentamiento y en otros alcanzaría los grados de Teniente Coronel y pudo sobrevivir a la guerra.

Mientras, la infantería con parque en abundancia fulminaba con disparos certeros a los atacantes españoles desde posiciones camufladas en la espesa vegetación de Ceja del Negro durante casi todo el día; solo al final de la tarde los hispanos decidieron iniciar su retirada dejando a sus muertos, pertrechos, fusiles, mulas cargadas con víveres y municiones, para llegar a la ciudad de Pinar del Río, Viñales y poblaciones fortificadas.

Sus bajas fueron alrededor de 500, entre caídos y heridos. Según versiones trasladadas por vecinos de la época de la zona de los combates a sus descendientes durante las jornadas posteriores, el ejército de la metrópoli tuvo que cargar en carretas las decenas de cadáveres recogidos por todo el campo de batalla.

Los cubanos sufrieron 200 bajas entre heridos y muertos, muchos de estos últimos fueron civiles de la impedimenta.

La Batalla de Ceja del Negro está considerada la más sangrienta de la guerra de independencia por la cantidad de pérdidas entre los contendientes, pero también fue una gran victoria de las tropas cubanas dirigidas por el Titán de Bronce y una de sus últimas hazañas militares antes de caer el siete de diciembre del propio año, en San Pedro, sin que fuera derrotado ni una sola vez, por los fallidos planes del General Weyler.

Este Capitán General gustaba presumir con un casco prusiano terminado en punta quizás para disimular su baja estatura, media 1.60, y durante sus casi dos años de mando en la Isla tuvo éxito indiscutible en hacer morir de hambre, enfermedades o por disparos a 300 mil cubanos en campos de concentración, la mayoría mujeres, niños y ancianos, el 20 por ciento de la población en aquella época.

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