Costumbres y supersticiones (I)

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El diccionario define las costumbres: «Hábito, uso. Cada país tiene sus costumbres. Práctica que ha adquirido fuerza de ley; regirse por la costumbre. Lo que se hace más comúnmente…». Continúa con otras acepciones; para nosotros basta. Puede el país tener sus costumbres, las provincias, municipios, ciudades, pueblos, barrios, edificios, vecinos y familias.

Los deportistas no hacen la excepción, mucho menos los peloteros. Pero no confundamos costumbre con superstición, aunque a veces se emparientan. Una es la base de la otra. ¿Qué dice usted amigo? ¿Le salen mejor las cosas cuando las hace de forma diferente? ¿Prefiere el mismo asiento? ¿Toma el idéntico camino cuando va al trabajo? Conozco las respuestas. ¿Adivino? No. Soy hombre de costumbres, muchas rayan en la superstición, igual que usted, aunque no quiera confesarlo.

Los peloteros no pueden salirse de ellas, pues caen en slump, un problema psicológico de marca mayor. No vea con malos ojos las costumbres. Las hay simpáticas, hasta bonitas; otras decoloran el espectáculo. Cuando Babe Ruth (aquel muchacho grande que llenó de jonrones y pasión al béisbol, cual fantasma que ronda por todos los estadios del mundo) invitaba al pitcher a lanzarle como quisiera; él la botaría. ¿Fanfarronerías del Gran Bebé? Más bien un rito psíquico espectacular. Claro, no siempre lo hizo ni la sacó del parque.

Ted Williams, quizás el mejor bateador de siempre, querido y respetado por muchos, odiado por otros, era enemigo de las entre-vistas, perdía la concentración; los periodistas lo atacaban por problemas familiares y personales, pero en el terreno era imposible hacerlo. Por respuesta, Williams adoptó una fea costumbre, grosera, carente de ética: escupía cuando llegaba a home para anotar, sobre todo si era jonrón; se vengaba de la prensa. Fue tan grande con los Medias Rojas de Boston, que su pueblo le perdonó aquella desfachatez. «¡Costumbres que matan!», diría el abuelo Pancho.      

Omar Linares y Antonio Muñoz se llevaban las mangas de la camisa hacia arriba, como si les molestaran para batear. Luis Giraldo Casanova, quien por derecho propio baila, canta y toca en ese trío, con una afinación envidiable, movía el bate con la mano izquierda para ambos lados, antes de entrar al cajón de bateo. ¿Necesidad? Dice que fue a raíz de una lesión y durante muchos años la incorporó a su perfecto sistema de bateo. 

En nuestras mentes están sus legendarios batazos y con ellos la costumbre de pararse en home con los brazos abiertos para ver volar la esférica sobre la cerca. ¿Costumbre o superstición?, usted sabrá; para mí es la primera. Inolvidables momentos, ¿verdad?

Tanto perfeccionó Alfonso Urquiola su juego –quizás como ningún otro–, que tiraba para primera sin mirar y lo hacía abrumadoramente bien. Lleno de costumbres y supersticiones desde la niñez, incorporó aquella característica que lo inmortalizó, no igualada, que yo conozca, por nadie.                                                               

Ese hombre de hierro que responde al nombre de Lázaro de la Torre, saltaba la línea de cal cuando iba al dugout, en un rito que inició Orlando (Duke) Hernández, quien después abandonó el país y llegó a destacarse en las Grandes Ligas. ¿Conoce usted la respuesta? Las cámaras de televisión los seguían con cierta complicidad.

Nuestro genuino y singular LázaroMadera, el bateador más indescifrable de la pelota cubana y mucho más allá, recio tole-tero e impulsor de carreras, cuando acudía al home plate con el aluminio –no usó el madero–, abría un hoyo, después hacía una lomita. Hasta le llamó la atención al recordado Apolinar, el mismo que atendió con amor el «San Luis», después tenía que arreglarlo. El fortísimo bateador no se sentía bien sin aquella ceremonia.                  

Hay de todo en la pelota. Si un lanzador como Jesús Guerra sacaba de paso a los bateadores con movimientos lentos, Pedro Luis Lazo no les daba tiempo para concentrarse. Parecía una máquina de lanzar, con ilimitadas pelotas dentro. Ambos, entre los mejores en cualquier época, guarda-ron para sí tal sistema.

Juan Carlos Oliva no pudo pichear tranquilo, se acostumbró a relevar en momentos cruciales. Donde muchos flaqueaban, él gozaba de lo lindo. Otro tanto hizo el flaco Maximiliano Gutiérrez, quien caminaba para arriba del gigante Muñoz como si también fuera un cíclope, y lograba dominarlo.

Las costumbres son parte del folclore y tienen la desgracia de cargar con malas culpas que no les pertenecen.