Aniversario 125 de la caída en combate de José Martí

Al Héroe: Todavía me duele, es una herida que no sana; solo me conforta de que no muere, mientras que dure la vida, porque dejó la luz desde su estrella alumbrando el camino de la verdad…

La madre amorosa que añoró a su hijo al lado, y quien soportó la muerte del primogénito durante 12 años entrañando un pesar profundo, dejó también en su corazón un memorable orgullo, después de aquel 19 de mayo de 1895.

Ella ya enferma, ciega y con necesidades económicas no reprochó el sacrificio hecho, pues fue cómplice de su rebeldía desde la infancia en que juró en un poema lavar con su sangre los abusos sobre los negros esclavos, y en otro, declamar el odio eterno a quien oprimía a la Patria.

Martí sufrió desde casi niño y como ser humano enfermedades inducidas por los grilletes en las canteras de San Lázaro, cuyas cadenas provocaron lesiones en los tobillos y la cintura que afectaron su caminar, además de sobrellevar la sarcoidosis (enfermedad caracterizada por el crecimiento de pequeñas acumulaciones de células inflamatorias (granulomas) en cualquier parte del cuerpo) y soportó los dolores sin desmayar los otros: el sometimiento de la Patria y los oprobios de un régimen que esclavizó a seres humanos como una herida profunda.

Ya él había estado de frente a la muerte tres años antes de su caída en combate, exactamente el 16 de diciembre de 1892, cuando colaboraba con los clubes patrióticos de Tampa, pues dos de los hombres que trabajaban directamente con él insistieron en que bebiera una copa de vino Mariani envenenado. Él no soportaba el alcohol por padecer de sarcocele, además, por eso la única bebida que toleraba era esa, por ser un reconstituyente, muy contrario a lo que el vulgo piensa; pues no soportaba los olores fuertes.

Al ingerir el vino percibió el raro sabor y avisó al doctor cubano Miguel Barbarrosa. El médico le pidió que vomitara, y de inmediato le practicó un lavado de estómago. Su segunda madre, Paulina Pedroso, consolareña, lo cuidó con mucho desvelo y amor hasta salvarle la vida.

El Apóstol mucho tuvo que soportar como ser humano, pero siempre se creció ante fracasos, trampas y traidores.

A Martí le sobraba coraje para su entrega final por la Patria, por eso, sin vacilar ante el enemigo escondido entre yerbonales en Dos Ríos, salió a enfrentarlo. Varios fueron los impactos en su menudo cuerpo con alma de gigante, allí cayó el héroe de frente a las balas enemigas, de cara al sol, y bañó con su sangre la tierra que tanto amó. Más que destino, se interpuso la dignidad y la entrega a las ideas accionadas de valores.

Cayó el héroe, el genio intelectual, el revolucionario, el hijo de la Patria, quien levantó el espíritu de otras generaciones para alcanzar los sueños de libertad añorada, quien renace cada vez, para dar a los cubanos la dignidad eterna.