Alberto se sabe útil en la Península de Guanahacabibes en Pinar del Río

Quiso el destino que en días pasados mientras un grupo de periodistas de Pinar del Río visitábamos la Península de Guanahacabibes, en el extremo más occidental de Cuba, tres tuviéramos la dicha de conocer de cerca la humildad y entrega de quienes con su quehacer anónimo custodian los recursos naturales y velan por la seguridad de nuestras costas.

Animadas ante la rusticidad de una pequeña cabaña en la laguna Caleta Larga, dotada de cama y unos pocos objetos de uso personal, encontramos a Alberto Ramos Castro, uno de los encargados de construir la pasarela que en ese sitio servirá de punto para que los turistas nacionales y foráneos aprecien las aves migratorias y ejemplares de cocodrilo americano.

Alberto tiene poco material, pero sí una coraza para resistir el asedio constante de los mosquitos, incluso en las noches en las cuales se hace imposible dormir por esa causa; la soledad de esos parajes y la distancia que lo separará de su esposa durante dos meses.

Ella espera en el Consejo Popular Manuel Lazo a un hombre de 47 años, con sencillez envidiable sobre todo en estos tiempos, un ojo de menos y muchos deseos de trabajar para ganarse la vida honradamente, “sin robarle nada a nadie porque eso es sagrado para mí”.

Junto a otros tres obreros coloca la madera que cubrirá esa especie de puente y los ranchones. “Con el agua a la cintura trabajamos y los cocodrilos no se acercan adonde estamos nosotros. Yo he visto hasta ciento y pico y algunos han venido hasta aquí abajo”, nos explica mientras señala la casita rústica erigida para resguardarse de la noche y los insectos.

En época de turismo sí viene bastante gente, destaca quien desde el mes de agosto asumió su responsabilidad, a la par de que protege el entorno y sus riquezas.

Eso se nubla de pájaros, bonitos que son -dice al referirse a las aves migratorias-, y no se puede disparar ni cazar. Donde estoy yo no se puede hacer nada en contra de los animales, precisa con la convicción de quien apuesta su vida a ese empeño.

Y por las mañanas y a veces en la tarde custodio las costas por si aparece droga, acotó. Llevo más de 20 años en esa tarea, como  colaborador de los guardafronteras y me he encontrado hasta seis pacas de marihuana; enseguida lo informamos porque hay que tener mucho cuidado con eso, por la salud de la gente.

El humo de las llamas, avivadas por el petróleo dentro de un recipiente de aluminio, atenúa la amenaza de los mosquitos durante nuestra conversación de pocos minutos, suficientes para saber que Alberto heredó de su “vieja María Castro Izquierdo” el apego al trabajo digno y “toda una vida he dependido de él”.

Desde los 12 años estoy en el monte haciendo diferentes cosas y sepa que soy revolucionario hasta lo último, apunta. Y aquí cuido y apoyo hoy la Revolución.

Nos marchamos optimistas luego del diálogo con quien invierte la soledad de sus noches en la certeza de saberse útil en un lugar recóndito de la geografía de Pinar del Río, declarado Reserva de la Biosfera desde 1987 por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Porque de hombres como Alberto entendemos la frase del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, cuando en El Principito perpetuó que lo esencial es invisible a los ojos.