Aislamiento social, amor virtual

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Son las 12:30 de la noche y Dayana aún juguetea con su móvil. El sueño se perdió junto a la posibilidad de mañana levantarse sin ojeras, aunque eso no le preocupa pues vale la pena acortar vía online los 10 mil kilómetros de distancia que la separan de su esposo. Si mañana unas rodajas de pepino no ayudan a sus ojos cansados no se sentirá mal, pues la cuarentena impedirá que otros la vean así.

A esa misma hora en el apartamento del lado, Martha conversa con su hijo, nuera y nietos. Por su edad, el sueño y el cansancio sí intentan vencerla, pero hace un esfuerzo para mantenerse despierta. Hacía días no lograban comunicarse y quiere saber cómo están.

La fría pantalla de la computadora se torna cálida a ratos por el mucho amor que emana de ambos lados. Las miradas se nublan por las lágrimas que hacen de las suyas. Poder estar juntos, juntos de verdad, es un anhelo que los une a todos.

Al día siguiente una amiga de Dayana se levanta a las 8 en punto y se alista para comenzar a trabajar. Solo tarda cinco minutos, justo el tiempo que le toma ir del cuarto a la sala. Mientras enciende la laptop su imagen se refleja en ella: ojos somnolientos, cabello irreverente enemistado a muerte con el peine, pues en esta época de tanto pensamiento liberal y gritos de igualdad e independencia no permitirá jamás que lo dobleguen, pijama color pastel con frase motivadora (Haz más de eso que te hace feliz).

Solo se levanta del asiento para almorzar y atender la llamada de su papá, a quien no ve hace más de 25 días, no porque sea mala hija o vivan en lugares diferentes. Comparten la misma ciudad de residencia, el amor y la misma responsabilidad. Ambos saben que ahora es tiempo de quererse de lejos, aunque sientan que a veces el deseo de verse los mate.

Las enumeración de historias similares, y para nada extraídas de la ficción, se multiplican por día. Las familias de todo el mundo viven hoy una separación obligatoria, un aislamiento de cariño físico y tienen que suplirlo con los abrazos virtuales, el beso que viaja a miles de megas por segundo y las conversaciones por el chat o las videollamadas.

Un microorganismo nos obliga a distanciarnos. Ha puesto, cuando menos, dos metros de separación entre amigos, compañeros de trabajo, parejas. Ha dado un vuelco a la manera en que funcionaba el mundo. Nos fuerza a hacer “stop”, a repensar el tipo de vida que llevábamos, a poner todo en perspectiva y darle valor a lo verdaderamente importante.

El hogar y la familia se levantan hoy como el puerto más seguro. Y en el caso de aquellas con barreras físicas de por medio, deben buscar alternativas para la comunicación.

Aunque desde hace ya mucho tiempo son las generaciones más jóvenes las adictas a internet y buena parte de su vida transcurría en las redes sociales, ahora debemos introducirnos en ese mundo virtual como antídoto a la frialdad que puede generar el necesario aislamiento social.

Es por ello que Beatriz, una amiga de Martha, aprendió el funcionamiento de Whatsapp y Messenger, a pesar de que a sus más de 50 años no le llamaban la atención. Ahora todas las noches, ella junto a sus hijos y esposo se conectan a la red de Nauta-hogar para “reunirse” vía online con sus dos hermanos y sobrinos.

 Uno vive a tan solo 15 minutos caminando; el otro a la distancia de un viaje en avión, pero ello no impide celebrar la reunión familiar que incluye chistes, competencias para saber quién es el más lindo, challenges, recuerdos de cuando eran más jóvenes, compartir fotos. Se empeñan en que el distanciamiento sea solo físico y nunca espiritual.

La crisis generada por la Covid-19 es innegable. Sus efectos alcanzan cada sector de la sociedad, no solo la salud. Ha generado miedos, inseguridad, saturado a instituciones hospitalarias, ocasionado problemas económicos, cerrado aeropuertos de todo el planeta y confinado a las personas en sus casas, arrebatándoles su tan preciada libertad.

Pero un elemento en común es que también une a personas de diferentes razas, regiones, credos y posiciones políticas en un mismo sentir. Obligado a todos a tener tiempo para lo que el ritmo intenso de los horarios nunca permitió.

Más allá del tipo de cuarentena que esté llevando cada quien (ya sea trabajando desde casa, al tanto de cada tarea orientada por el profesor, al cuidado de los más pequeños o de un familiar de la tercera edad o simplemente descansando) todas las familias en algún momento se reúnen para desarrollar una actividad en común, para (re)conectarse, compartir, conversar. El vínculo más allá de afectarse, se ha fortalecido.

Lamentablemente el costo es, y a la larga lo será aún más, demasiado alto. La humanidad ha necesitado una terapia de choque para poner todo en su lugar y comprender que los detalles más simples de la vida, son los más valiosos; que ninguna cantidad de dinero compra lo más importante: la salud, y que no hay logro más satisfactorio que disfrutar de la familia unida.

Y ojalá cuando todo pase a Dayana sigan sin importarle sus ojeras, porque lo esencial solo se ve con el corazón, que el hijo de Martha no permita que su apretada agenda le robe los momentos de conversar con su mamá, para contarle de su día y las últimas ocurrencias de los nietos, que la amiga de Dayana continúe amando a su papá por encima de cualquiera cosa, y se den todos esos abrazos que se han guardado y las reuniones de la familia de Beatriz no cesen cuando todos retomen sus rutinas.

Ojalá las personas tomen conciencia de cuanto determinan sus acciones sobre el futuro de la humanidad. Ojalá la vacuna llegue, deje en cero el número de vidas que se cobra la pandemia y el planeta vuelva a sonreír. Y ojalá la cura llegue también en forma de almas reparadas, corazones más sensibles y mejores seres humanos.