| Arma
letal e ilegal
Por
Ramón Brizuela Roque
El
bloqueo norteamericano, más que un arma económica,
prohibida por la Organización de las Naciones Unidas, es
una ilegal y criminal política ejercida por 10 administraciones
estadounidenses por más de cuatro décadas.
En
época tan distante como el nueve de diciembre de 1948, el
consenso de naciones lo dispuso en el inciso C del Artículo
II de la Convención de Ginebra para la Prevención
y la Sanción del Delito de Genocidio, que impugna la pretensión
de matar por hambre, utilizando los bloqueos de un país por
otro.
Sin
embargo, los Estados Unidos, signatario de dicho documento, lo ha
venido utilizando contra Cuba –de forma fortalecida–
desde el gobierno de Dwight D. Eisenhower y más férreo
con George W Bush.
Durante
esos años le ha causado al país daños por 79
325 millones de dólares, según consta en el informe
que se presentará el próximo día 28 en el 58
período de sesiones de la ONU.
El
documento no incluye en la cifra el valor de los artículos
dejados de producir por las restricciones o las onerosas condiciones
que se imponen para la obtención de créditos de inversiones,
comercio, bancarios e internacionales.
Los
perjuicios no sólo afectan a los cubanos residentes en la
Isla, sino a todos, independientemente del lugar donde vivan, como
lo demuestran las recientes medidas electoreras de la actual administración.
Pinar
del Río
La provincia pinareña, como el resto del país, es
víctima de la irracional política que mayoritariamente
el mundo condena, pero para dolor del imperio, aún con el
férreo bloqueo hace muchos años dejó de ser
la Cenicienta.
En
la época prerrevolucionaria esta parte del país vivía
sumida en un secular atraso, con una economía agraria de
monocultivo, aunque con una apariencia industrial, que se circunscribía
al emporio Minas de Mata-hambre S.A, algunas industrias de conservas
de frutas y vegetales, de mariscos, pequeños centrales azucareros
y molinos arroceros; y un tabaco de bien ganada fama, que aunaba
las virtudes de un feraz suelo, un bondadoso clima y muchas experimentadas
manos campesinas.
No
se puede hablar de gran industria en la época, la educación
tenía más de una traba y la salud era tan precaria
como para necesitar una carta de un político para un ingreso
hospitalario.
La
única y mayor riqueza de Vueltabajo eran su dignidad y hospitalidad,
que los terratenientes, magnates y políticos nunca pudieron
capitalizar en beneficio propio.
Sin
embargo, como siempre en la historia hay un antes y un después,
es necesario hablar de ese después revolucionario, que aunque
lastrado por el bloqueo, cambió la vida del pinareño.
Es
probable que muchos se cuestionen el actual nivel de vida, que idealmente
debía ser mejor, porque no se detienen a comparar lo que
había con lo que hay, y tampoco sacan cuentas de lo que podría
haber… pero el bloqueo lo impide.
Razonemos
La provincia tiene suelos, capaces de ofrecer una variada gama de
hortalizas y vegetales, pero se hace difícil, no por lo que
argumentan algunos sobre la ineficiencia –táctica del
enemigo– sino porque hay que importar de Europa y Asia las
semillas, con gastos adicionales en fletes de más del 50
por ciento.
En
Pinar del Río hay extensas plantaciones citrícolas,
pero las frutas no pueden ser probadas por el consumidor norteamericano,
como en la década del 50, cuando Cuba era el principal suministrador
hacia ese país.
Algo
similar ocurre con el café, cacao y miel, producciones que
la provincia tiene capacidad de exportación, pero que hay
que poner en lejanos mercados europeos y asiáticos, en detrimento
de la ganancia por excesivo flete, cuando podía ser en América.
Con
el tabaco ocurre algo especial, no es un secreto que las hojas pinareñas
gozan de un lugar preferencial en el mundo y que los Estados Unidos
constituían un mercado importante y natural para Cuba, sin
embargo hace 40 años que eso no ocurre y las afectaciones
sólo en tabaco torcido se calculan en 106 millones de dólares.
Mientras
que en el caso del tabaco en rama, las afectaciones por concepto
de no participación en el mercado estadounidense se estima
serían del orden de los 12 millones de dólares anuales.
A
lo anterior se suman los daños por el bloqueo tecnológico,
que anda por los 8 625 millones de dólares, que no es ficticio,
porque por ejemplo, cuando Minas de Matahambre existía a
los compradores cubanos jamás les vendieron una pieza para
su reparación.
Estas
son sólo unas muestras de las muchas que están plasmadas
en la evaluación elaborada por el Instituto Nacional de Investigaciones
de la Economía.
El
odio no es económico
El odio de los últimos gobernantes no es por motivo económico,
al menos parece, sino porque la Revolución tronchó
una vieja y centenaria aspiración de los padres de la patria
americana, que siempre quisieron ver a Cuba como una estrella más
de su bandera.
Una
cronología breve y sencilla de esos apetitos es buena para
refrescar memorias. Benjamín Franklin, uno de los padres
de la independencia, recomendaba a Inglaterra, en época de
las 13 Colonias, la toma de la isla de Cuba.
En
1783, siete años después de su Declaración
de Independencia, John Adams propugnaba la anexión de Cuba
y Puerto Rico; lo mismo hacía Tomas Jefferson, cuando defendía
la idea de la confederación americana de Norte a Sur.
En
1823, John Quincy Adams, quien fuera presidente después,
enarboló la tesis de la “fruta madura”, en la
cual, Cuba por cercanía geográfica, como fruta desprendida
del árbol debía caer en el seno de los Estados Unidos.
El
presidente James Monroe, para referirse a la Isla, afirmaba que
“agregar Cuba era lo que necesitaban los Estados Unidos, para
que la nación americana alcanzara el mayor grado de interés...
Siempre la miré como la adquisición más interesante
para nuestro sistema de estado”.
En
1848, el presidente Polk trata de comprar Cuba a España por
100 millones de dólares de la época.
Intentos similares harían en 1853 y 1861 los presidentes
Pierce y Buchanan.
En
1869, terminada la Guerra de Secesión y cuando ya ha comenzado
en Cuba la primera Guerra de Independencia (“Guerra de los
10 Años”), el presidente Ulysses Grant hace un nuevo
intento de adquirir la Isla mediante compra.
Y
en fecha tan cercana a la intervención estadounidense como
1897, cuando los cubanos se enfrentaban victoriosamente a los españoles,
el presidente William McKinley hizo un nuevo intento de comprar
a Cuba.
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